Conocemos las reglas desde hace siglos: los vampiros no se reflejan en los espejos, retroceden al ajo, la plata, y al agua bendita. No pueden cruzar un río de agua corriente y, si alguien les arroja un puñado de semillas, se detienen a contarlas una por una. Mueren con una estaca en el corazón o bajo el primer rayo de sol, y sobre todo, no pueden entrar en una casa sin que alguien los invite. Esta última desplaza la culpa del monstruo al anfitrión: la criatura solo espera a que alguien abra una puerta, nunca la derribaría por cuenta propia, por lo tanto, ¿quién tiene la responsabilidad de su muerte? En Vale Sangora, el lugar de los Cárpatos donde transcurre...
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