El Parque La Libertad cambió sus vidas: tres historias que demuestran el poder de las oportunidades
En los cantones de Desamparados, La Unión y Curridabat, la Fundación Parque Metropolitano La Libertad no se concibe como un simple espacio de recreación ni como una partida presupuestaria más dentro del Gobierno; es descrita por sus usuarios como vida, aprendizaje y un amplio semillero de oportunidades.
Enclavado entre comunidades de alta vulnerabilidad social como Río Azul, Los Guidos, Dos Cercas, Guatuso y Linda Vista, el parque ha funcionado durante casi dos décadas como un verdadero escudo social. Solo en el año 2025 impactó a más de 60.000 personas.
Sin embargo, en días recientes, La Libertad ha sido noticia luego de que 15 personas de la organización perdieran su empleo y otros 30 funcionarios tuvieran un reajuste salarial, debido a los recortes presupuestarios aplicados por el Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ).
Es por ello que tres usuarios del Parque, de distintas generaciones y casos de éxito de sus programas educativos, alzan la voz en defensa de la organización. Además de repasar su historia personal de vida, advierten las consecuencias que, según su criterio, tendría la comunidad si este espacio se debilita.
Un ejemplo de superación en la adversidad
Isabel Osegueda, de 29 años, recuerda que creció en el sector de Río Azul y vivió de cerca la época en que el terreno del parque era una cementera y colindaba con el antiguo relleno sanitario. Al graduarse del colegio, las dificultades económicas de su hogar y la falta de becas en las universidades públicas amenazaron con frenar su desarrollo.
“Mi situación económica siempre ha sido la de cualquier persona pobre de una zona de riesgo. En las universidades públicas no me dieron la beca y, aunque me la hubieran dado, me hubiera costado mucho asimilar los costos de transporte desde Río Azul hasta San Pedro o el TEC en Cartago. Entonces empecé a buscar opciones”, recordó.
Fue así como descubrió el Centro de Tecnología y Artes Visuales (CETAV), del Parque La Libertad, y obtuvo una beca del programa Empléate para estudiar el técnico en Diseño y Desarrollo Web.
“Yo dije: ‘Este lugar es genial’, porque iba a poder estudiar una carrera y es un lugar hermoso para despejarse. El parque me abrió las puertas a tener una profesión y un salario bastante competitivo. El CETAV fue un impulso”, dijo la joven.
Esa oportunidad le permitió insertarse en el mercado laboral y cumplir ocho años de estabilidad continua en una empresa de tecnología.
Además, durante cinco años formó parte del programa de Circo Social, participando en eventos como el Festival de la Luz y llevando talleres artísticos a cárceles y barrios vulnerables.
“No es solo que te dan la carrera, te dan muchas herramientas de habilidades blandas. De parte de Circo Social nos dieron herramientas para la vida, la parte psicológica y mental, como subir nuestra autoestima y salir adelante. Con esas herramientas dábamos talleres en comunidades de riesgo. Para mí, el Parque La Libertad significa vida, paz y educación”, finalizó.
Actualmente, Isabel vive en Cartago, continúa sus estudios universitarios en ingeniería y cursa un nuevo técnico en Análisis de Datos en el CETAV.
El arte de servir a la comunidad
José Andrés Alfaro tiene 40 años y es vecino de Dos Cercas de Desamparados; él conoce la institución desde sus cimientos. Tras graduarse del colegio, participaba en la organización de festivales artísticos juveniles cuando el equipo gestor del parque lo invitó a ser parte de los primeros talleres de liderazgo juvenil, que fueron impulsados junto a la Unesco.
“Para mí fue una plataforma sobre la cual fui construyendo esta pasión por servir y trabajar con la gente y la comunidad”, relata Alfaro, quien se formó en enseñanza musical y producción cultural.
A lo largo de los años ha mantenido un vínculo constante con el parque: en 2012 participó como coproductor del Festival Internacional de las Artes (FIA), realizado en la sede de la institución, y ha producido sus propios festivales independientes.
Su vínculo se profundizó hace dos años cuando la incubadora de emprendimientos del parque seleccionó su proyecto familiar de círculos de tambores, iniciativa que desarrolla junto a su esposa e hijas.
“Ellos incubaron nuestro proyecto. El día de hoy visitamos cárceles, centros educativos, empresas, centros de rehabilitación y hogares de ancianos, y por medio de la música damos la posibilidad de que la gente se conecte, cree comunidad y libere estrés”, dijo.
Actualmente, Alfaro y su familia acuden al parque con frecuencia y lo describe desde la vivencia cotidiana de un vecino del cantón: “Yo siempre digo que el Parque La Libertad es como la casa de mis papás: esa casa donde uno vivía cuando era niño y que ahora va a visitar con sus propios hijos. Es un espacio donde me siento feliz, donde mis hijas pueden correr, disfrutar de la naturaleza y van a cursos de arte y música”, añadió.
El refugio que sanó la salud mental
A finales de 2019 y principios de 2020, golpeada por el confinamiento de la pandemia y la pérdida repentina de sus espacios cotidianos, doña Ana Yancy Brenes Soto, una ama de casa de 59 años, enfrentó una crisis de salud mental que nunca antes había experimentado en su vida.
“En enero del 2020 me da un ataque de ansiedad y pánico muy fuerte, nunca en la vida había sentido yo eso. Llegué al hospital y empiezan a darme tratamiento. Pasaba atontada, aunque no dormía. La ansiedad es un proceso que usted tiene que llevar”, recuerda Brenes, quien es vecina de San Lorenzo de Desamparados.
Su camino de recuperación dio un giro cuando una amiga le habló de los cursos virtuales de Hogares Sostenibles de Bandera Azul, en el Parque La Libertad. Tras incorporarse y ganar el galardón en dos ocasiones, sintió la necesidad de dar un paso más y solicitó hacer un voluntariado presencial en Gestión Ambiental.
“Empecé de jardinera. Yo llegaba y lo que hacía era respirar y estirar mis brazos... Solo agradecía porque yo ahí me sentía cómoda, libre. Había una energía extra que yo sentía en esta naturaleza. Trabajaba con las manos, ni siquiera con guantes, me picaron muchas veces las hormigas y las avispas, pero yo estaba feliz. Para mí eso era el inicio de un mejoramiento en mi proceso”, contó.
Con el tiempo se capacitó en abonos orgánicos, lombricultura y cultivo de hortalizas. Participó en el programa Sembrando Buenos Hábitos y el aprendizaje trascendió a su hogar: involucró a sus tres hijos en el reciclaje y compostaje. Incluso, su hijo mayor ya vive independizado y mantiene el hábito de compostar en su propia casa.
Además, emprendió con una amiga confeccionando cajas composteras caseras (hechas con huacales de madera de tomate o fruta, forradas con geotextil y con su tapa) para dictar talleres comunitarios tanto dentro como fuera del parque.
Actualmente, forma parte activa del proyecto Bosques Comestibles junto a la UCR y la UNA.
“El Parque La Libertad me hizo una mujer que empezó a conocer que podía hacer algo para mí. Para mí significó aprender y entender que yo soy una persona que puede dar mucho todavía a la comunidad”, explicó.
La voz frente a los recortes: ‘Lo que está bien no se debe tocar’
Al evaluar la situación actual de la Fundación, marcada por despidos y reducciones presupuestarias, los tres entrevistados coinciden en que los ajustes responden a decisiones políticas distantes de la realidad que se vive en los barrios aledaños.
Doña Ana Yancy no dudó en expresar su angustia ante el impacto que esto tendrá en las familias de la zona: “Me da mucho pesar y tristeza. He visto cuánta gente muy humilde se beneficia, que llevan a sus hijos... gente a la que el parque les ha dado vida. Siento que las cosas no se hacen mal. Si a mí, que estoy en una clase media, el parque me da tanto, ¿cuánto más no puede afectar a una persona que día con día tiene que lucharla?”, dijo la mujer.
Ana Yancy asegura que quitar este recurso, o que se debilite, afectará directamente a la comunidad.
“Quitárselo es ir a ver cómo se la juegan y la criminalidad volverá a subir en mayores escalas. Nos dejaría como cuando usted tiene una fiesta con muchas cosas y de un momento a otro le dicen que la fiesta se suspendió”.
Por su parte, Isabel cuestiona el discurso del MCJ que exige “mayores ajustes” a una institución que, según ella, siempre se ha destacado por su transparencia.
“A mí me molesta mucho que se esté diciendo que el Parque La Libertad se tiene que ‘socar la faja’... pero desde que yo lo conozco, el parque siempre se ha socado la faja. El aporte del Ministerio de Cultura no es enorme y el parque siempre ha sido sumamente transparente con gastos y costos.
”Me duele mucho... Es un daño muy grave el que se les estaría haciendo a las comunidades, porque la única opción que lograron para tener una profesión, un aprendizaje o despejar su mente fue gracias al parque. Todo eso se perdería”, añadió.
Por otro lado, José Andrés dijo que considera grave desmantelar un modelo de gestión que, según su criterio, ha sido referente en la región durante casi 20 años.
“Me entristece y me preocupa por las familias de ellos (personas despedidas). El equipo del parque siempre ha sido muy cercano y disponible para la comunidad. El recorte de personal perjudica esa posibilidad de tener gente dispuesta a emprender proyectos donde los beneficiados somos los vecinos. Yo creo que lo que está bien no se debe tocar”, dijo.
Finalmente, lanzó una advertencia sobre la función preventiva del parque frente al crimen organizado: “Yo vivo en Dos Cercas de Desamparados, una comunidad que lamentablemente tiene problemas de violencia, de sicariato y narcotráfico. Y yo te lo digo así directo: si nosotros no ponemos el arte en las manos de los chicos hoy en día, las bandas van a poner armas en esas mismas manos”.
Ante las críticas que los entrevistados hacen al Ministerio de Cultura, y a las cuales se suman otros usuarios del Parque La Libertad, La Nación consultó al ente, pero aún no ha recibido respuesta.
Sin embargo, el 25 de agosto, el Ministerio de Cultura emitió un comunicado refiriéndose al caso. En el mismo, la cartera estatal aseguró “garantizar la continuidad de los servicios del Parque La Libertad”.
“La revisión de la relación con la Fundación no significa el cierre del Parque ni la desaparición o suspensión de los servicios que reciben las comunidades”, agregó.
Además, el MCJ argumentó que, al existir “prestación de servicios públicos” destinados al parque, el Ministerio tiene la responsabilidad “de garantizar que sean administrados con eficiencia, austeridad y transparencia”.
“La revisión realizada por el MCJ permitió identificar desorden administrativo y una estructura de costos que requiere ajustes, particularmente en gastos administrativos y remuneraciones”, detalló.