Junto a las murallas discurría, como una lengua de lava roja, amarilla, blanca y negra, de descrédito y de enfado, de tristeza, cansancio y desesperación, la mayor manifestación que se recuerde en Ceuta. Hablamos de una exteriorización del enfado, dela rabia, de la desesperación de una tierra que se duele porque se siente abandonada, pero algo más. Y lo que se palpaba allí vivía entre niños con banderitas y esos tipos curtidos como troncos de encina, entre pañuelos y rosarios, trompetas, sirenas, gorras de regulares, algo que iba más allá y que sonaba a una unión que en este país no se veía desde hacía mucho tiempo. «¡Invasores, expulsión!», gritaba la gente, además de pedir la expulsión de los invasores...
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