La primera huelga contra un robot: ya no automatiza tareas, imita al trabajador
En 1811, los luditas ingleses destrozaban telares mecánicos convencidos de que la máquina les robaría el sustento. La economía lleva dos siglos repitiéndoles que se equivocaban: la tecnología destruye empleos, cierto, pero crea otros nuevos y más productivos. Siglo y medio después de aquellos telares, Isaac Asimov imaginó en «Yo, robot» tres leyes para impedir que el autómata dañara al ser humano. Ninguna previó, sin embargo, el daño que se debate esta semana en Ulsan.
Los 35.000 trabajadores de Hyundai en Corea del Sur han protagonizado el primer paro de la industria del automóvil motivado por un robot humanoide. El detonante es Atlas, el androide de 1,88 metros de Boston Dynamics —filial que Hyundai acaba de comprar por completo—, del que la compañía planea desplegar más de 25.000 unidades. El sindicato no exige impedir su llegada, sino algo más sutil: que ninguna máquina entre en la fábrica sin acuerdo previo, en el que se repartan los beneficios de la automatización.
No es un caso aislado. Tesla ha desplegado más de mil robots Optimus y reconvierte Fremont para fabricarlos en masa a 20.000 dólares la unidad; BMW ha firmado el primer contrato comercial del sector —cuarenta humanoides Figure a 25 dólares la hora— y Mercedes ensaya los suyos en Berlín. La diferencia con el telar de 1811 es cualitativa: el humanoide no automatiza una tarea, imita al trabajador entero.
Corea del Sur es el escenario perfecto. Tiene la mayor densidad de robots industriales del planeta y una falta de mano de obra creciente por la crisis demográfica. Y ahí asoma la paradoja: se proyecta una escasez de casi ocho millones de operarios industriales en 2030, de modo que el robot llega tanto para cubrir un hueco como para desalojar a quien lo ocupa. El problema no es producir, sino repartir: los beneficios fluyen hacia el capital —quien fabrica y quien instala el robot—, no hacia quien pierde el trabajo.
En Ulsan no se dirime si habrá robots —los habrá—, sino quién se queda con su renta. Los luditas rompían máquinas; los coreanos negocian su plusvalía. Al progreso no se le detiene: se le pone precio.
Álvaro Hidalgo Vega. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la UCLM y Presidente de la Fundación Weber