Hay pocas escritoras norteamericanas en actividad más interesantes –en todo sentido y dirección– que Catherine Lacey . Ella y lo suyo han venido demostrando tanto una total constancia absoluta en su calidad como una absoluta imprevisibilidad en sus manifestaciones. Resumen de lo escrito y publicado y leído: Lacey (Tupelo, 1985) debutó por todo lo alto en 2014 con esa suerte de fusión entre Don DeLillo y Joan Didion y J. G. Ballard que fueron las novelas 'Nunca falta nadie' y 'Las respuestas' (con sus entre hipnóticas e hipnotizadas heroínas funcionando casi como contrapartes apolíneas a las dionisíacas descarriladas de Ottessa Moshfegh, su colega y opuesta complementaria); continuó su camino con los relatos reunidos en 'Certain American States' (demostrando cabal y formalmente que se puede hacer algo más con el género más allá de la tan de moda e inexplicablemente funcional anécdota rara); sorprendió con esa suerte de variación Flannery O'Connor-Jane Bowles-Djuna Barnes-Ursula K. Le Guin que fue 'Altar', y ascendió a cielos muy altos con la formidable reflexión-flexión sobre la figura de la artista difusa y el arte de la biografía esquiva en la novela histórica-alternativa 'Biografía de X' . Y, claro, no podía sino pensarse y anticipar nueva sorpresa mientras uno se preguntaba –luego de semejante hito, tan panorámico y expansivo, narrando la Gran Desunión de todo un país– por dónde iría y qué sería lo por llegar en la carrera de Lacey . La respuesta ha resultado ser tan sorprendente como inquietante. Porque con 'El libro moebius' , Lacey parece haberse rebajado o, mejor dicho, descendido a las profundidades de un territorio demasiado común y frecuentado por sus contemporáneas: la autoficción -entonación de blues amorosos. Una pequeña desunión casi acatando aquel mandato a obedecer que ella misma había postulado en 'The Art of the Affair': simpático-astuto libro-objeto-ensayo-ilustrado por Forsyth Harmon sobre la infidelidad y el cruce de parejas como fuerza regidora y feroz y graciosa «historia del amor, sexo y la influencia artística ». Allí, Lacey dictaminaba que «las personalidades creativas se atraen para amarse o para volverse locas». Y exacta e imprecisamente de eso va y viene –entre el amor y la locura, entre la furia y la autocompasión– 'El libro moebius'. Aquí (más allá de sus dos partes opuestas y complementarias invertidas; maniobra gráfica no del todo necesaria y que resulta poco novedosa si se la compara con las, por ejemplo, gracias estructurales que suele hacer alguien como Ali Smith y ahí está esa obra maestra suya que es 'How to Be Both'), lo que Lacey propone y dispone es un híbrido-rayuela de 'journal' y 'memoir' y 'novella'. Dos secciones seccionadas pueden leerse en el orden en que el lector lo decida (si se las lee en versión electrónica lo primero es la historia en tercera persona de las amigas respectiva y recientemente separadas Marie y Edie, seguida del testimonio en primerísima voz de la propia Lacey paseándose con cadencia casi sebaldiana-gornickera por las ruinas de su larga relación tóxica con alguien a quien se bautiza La Razón pero, se supo y se sabe, no es otro que el escritor Jesse Ball: aquí un verdadero maestro de la luz-de-gas quien rompe con Lacey vía 'email', pero, atención, enviado y recibido a casi un tiempo desde y en habitaciones continuas de una misma casa, con la pareja dispareja allí y entonces y lista para desparejarse). Así, una parte funcionando como teoría a partir de lo real y experimentado por el personaje y otra como la puesta en práctica ficcional a partir de lo vivido por su autora. O viceversa. Da igual. Una y otra sección monologando pero conversando entre ellas y, por momentos, confundiéndose para reconocerse en un todo por momentos un tanto inasible y con los perfiles de quienes lo habitan un tanto más momentáneos que permanentes. De lo que se trata aquí –mientras se explora el territorio sin mapa ni brújula del abandónico abandono casi como poseída por el fantasma de esa gran dejada-de-lado para pasar al frente Jean Rhys – no es del corazón roto pero sí 'partío': deconstruido. Y de cómo el dolor amoroso –y el desconcierto e insensibilidad que lo sucede– puede resultar en motivador motivo no sólo para inventar sino, también, para reinventarse con la ayuda de la escritura, mística animal-cristiana , recuerdo de un surfer en una tsunámica Samoa, sexo más o menos consolador, exorcismos varios y martirologio existencial y perturbaciones alimentarias, contemplación de cuadros en museos, romanticismo religioso, múltiples elipsis-epifanías cuasi proustianas, cameos de las escritoras Sarah Manguso y Heidi Julavits, y una ayudita de los amigos. Todo esto y mucho más mientras, por momento, acecha la tentación de –en palabras del personaje Lacey– dejar de escribir ficción. Porque de pronto la vida suena y resuena tan ficcional y ficticia y la escritura es algo que siempre se amó y se odió y entendió como la más estúpida y maravillosa manera de desperdiciar la propia vida. ('Spoiler': Lacey luego conocerá al escritor Daniel Saldaña París y, por lo que se sabe, es hoy muy feliz viviendo y escribiendo a su lado). Y está más que claro que en 'El libro moebius' Lacey no ha malgastado nada de lo suyo y, mucho menos, de quien la sigue y la admira desde su primer libro. Porque, más allá de lo anecdótico, se impone y reafirma la prosa tan delicada como invulnerable de una gran autora pero, esta vez, puesta al servicio de una historia, verdadera o falsa, demasiado pequeña.