Como cualquier sevillanito de andar por casa cuando llega junio y malvive asfixiado de rutina, horarios y secano, uno buscó hace varios días escapar durante unas horas en busca de la costa gaditana y esa engañosa pero reconfortante sensación de libertad que ofrece el primer golpe de mar en el pecho. Y el camino dio para pensar, más allá de la saludable expectativa de los rayos de sol en la cara y el teléfono móvil inhabilitado en la bolsa, en cuánta inutilidad de la clase política y las correspondientes administraciones públicas nos rodea. Cuánta incompetencia que se ha naturalizado de tal manera que ya casi no llama la atención ni genera reacción cívica alguna. A pesar de que sobran los...
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