Triana esconde en una de sus plazas, concretamente la plaza de los Mártires, un hogar digno de Nazaret, cuyo topónimo significa «rama», «retoño» o «vástago». En esta suerte de pesebre donde no falta de nada, cohabitan de forma silenciosa y prudente, junto a otros proyectos en otras viviendas, un grupo de católicos convencidos de que entregar su vida por los demás es la mejor misión que el Señor puede encomendarles. Es lo que hacen cada día en este lugar, un verdadero refugio destinado a cobijar, asear y atender almas tan precoces como perdidas, algunas recién nacidas que no han conocido otra cosa en la vida que la orfandad, la enfermedad o la guerra. Algunas de ellas todas juntas. Por eso y por tantas razones más, son benditos merecedores de la Medalla de Sevilla que se les otorgará el 30 de mayo por su labor social. No lo dicen, pero ellos cambiarían el reconocimiento y la foto por tener una furgoneta adaptada para quienes peor lo pasan, porque la normal no les da. Se la llegaron a pedir humildemente a Amancio Ortega, cuyas donaciones suelen ir más orientadas a causas más generales. Pasa que Juanito, nombre ficticio de un niño de cuatro años, de los ocho que están ahí, sufre de la enfermedad de huesos de cristal, lo cual le provoca una fragilidad extrema, causándole fracturas frecuentes, y les cuesta un horror más poder trasladarlo sin recibir un rasguño. Así, los casos se cuentan a pares de quienes se ven con grandes dificultades para poder valerse por sí mismos. Para todos ellos está en pie el Hogar de Nazaret. Allí abre la puerta uno de los 'ángeles' que custodia este sitio. Responde al nombre de Consuelo, una malagueña de madre inglesa y padre húngaro a quien conocer a la fundadora, María del Prado, le cambió sus planes. «Esto es una obra de la Iglesia que está formada por consagrados, sacerdotes y laicos comprometidos», sintetiza. Hoy son dos los proyectos conveniados con la administración para que niños tutelados tengan su hogar. Tal es la sensación de sentirse en casa que, con echarle un ojo al pulcro salón, se divisan cuadros de todos los que han formado y forman parte de la gran familia, muchos de ellos procedentes de padres de otros países, y que, por malditos azares de la vida, se han quedado solos. «Tenemos un proyecto de bebés recién nacidos con sus mamás», prosigue Consuelo, hasta que los niños se hacen mayores de edad. «Luego está el proyecto de emancipación», reseña la coordinadora. Cada niño es un mundo y cada mundo tiene mil complejidades. El de varios niños que están en este espacio tutelado pasa en parte por el padecimiento. «Aquí hay niños con síndrome de Down, con parálisis cerebral, niños con enfermedades raras, con autismo o con espina bífida», dice de corrido. Por lo que los tratamientos y la estimulación sensorial y cognitiva están a la orden del día. «Luego tenemos otro hogar de madres inmigrantes con hijos pequeños a cargo», refleja. De Perú, Argelia y Nicaragua. Son mujeres sin red alguna que en muchos casos han sido abandonadas por sus maridos. «Tenemos otro convenio con Cáritas diocesana, que nos ayuda muchísimo», establece Consuelo, que le cambia hasta la luz de la cara cuando se acuerda del apoyo sin fisuras que le muestran las hermandades sevillanas. Pasión, San Esteban, la Estrella, el Silencio o las Cigarreras se vuelcan con el Hogar de Nazaret, merced a la donación de recursos de todo tipo, especialmente al principio del curso escolar, donde a los niños no les falta ni un lápiz ni un uniforme gracias a la caridad de las cofradías. Una que mueven vocaciones como la suya, con toda intención de ayudar a quienes por juventud no tienen ni la conciencia de que están saliendo adelante gracias a ellos. «Yo lo hago porque me consagré al Señor, porque mi vida está orientada a la entrega. Mi reconocimiento es para Dios», indica. Ella revela que ver al misionero español Pedro Manuel salvar la vida de siete niños en Ecuador le cambió para siempre su concepción sobre la fe. Empezó en otra casa en la calle Campoamor, y de ahí se mudó a Evangelista, con la mediación de San Esteban, para después pasar a San Joaquín. Lo que ayer fueron bebés del vientre del Hogar de Nazaret son ya casi adultos en Evangelista. «Gracias a Dios muchos se independizan, pero luego hay otros que no lo consiguen», lamenta. «Ayer una de las mayores nos enseñó sus notas y entrará en la universidad». Para ella, Belén y todos los que componen Hogar de Nazaret no hay mayor satisfacción que ver cómo los niños se hacen hombres y mujeres y acaban prosperando. Esa es la auténtica medalla, por más que Sevilla reconozca su labor en las condecoraciones del Día de San Fernando. «Este premio es para todos», concede Consuelo. Y para todos esos niños que se perdieron alguna vez en Sevilla.