Las pensiones, bajo la lupa de Alemania
Frederic Ogden Nash (1902–1971), poeta satírico norteamericano, decía, con su sarcasmo habitual que tanto éxito tenía, que «las deudas son divertidas cuando las contraes, pero ninguna es divertida cuando empiezas a pagarla».
España vive en un teórico «mundo feliz» y «próspero», según predican con monotonía Pedro Sánchez y algunos de sus ministros. Es la felicidad de quien, entre otras cosas, ha logrado que le presten cantidades ingentes de dinero que gasta con alegría. Los problemas surgen cuando hay que devolver lo prestado y cuando los acreedores se quejan de que su dinero se dedica a cosas distintas de lo previsto.
La denuncia del Tribunal de Cuentas, que preside Enriqueta Chicano pero impulsada por el consejero Javier Morillas–con voto particular incluido por primera vez en la historia del organismo– Javier Morillas, de que España había dedicado parte de los fondos Next Generation concedidos por la Unión Europea a pagar pensiones, ha desatado «la furia en el frugal norte de la Unión», como apunta Politico, el periódico digital más influyente en el entorno de la Comisión Europea, que preside Ursula von der Leyen.
Alemanes y holandeses han sido, por ahora, los más críticos con España, aunque la Comisión Europea aún respalda la utilización del dinero por parte del gobierno español. Politico cita al eurodiputado conservador holandés Dirk Götink, que afirma que «esto subraya que el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia es un apoyo presupuestario».
La líder ultraderechista alemana Alice Weidel asegura que «el dinero de los contribuyentes alemanes está financiando la mala gestión socialista en Europa. ¡Hay que acabar con la locura de la deuda conjunta europea!». Algo parecido indica el economista conservador alemán Lars Feld, muy influyente, que espera que «el público en general tome suficiente nota de estas deficiencias para que no haya una emisión de deuda conjunta en la Unión Europea».
Eurointelligence, la también influyente plataforma de análisis geopolítico fundada y dirigida por Wolfgang Munchau, autor de «Kaput: el fin del milagro alemán», hablaba de «la anatomía de un truco financiero», un recurso que evoca el libro de Javier Cercas, «Anatomía de un instante».
El truco, para Eurointelligence, es pasar dinero «del fondo de reconstrucción al fondo de las pensiones». Luego explica que «para comprender la incursión de España en la financiación que proporciona la UE, hay que comprender la profunda crisis estructural del sistema de pensiones español».
«El sistema de la Seguridad Social español —añade— tiene un valor neto negativo de 106.000 millones de euros, cifra que, en términos contables corporativos, equivaldría a una insolvencia técnica.» Mientras tanto, en la Alemania del canciller Merz, cada vez más impopular por sus ajustes, surgen voces que se quejan de tener que hacer sacrificios mientras su dinero financia pensiones españolas.
La utilización, en el mejor de los casos heterodoxa, de los fondos Next Generation por parte de España reabre el debate sobre las ayudas intraeuropeas y la mutualización de la deuda.
España no tendrá problemas a corto plazo, pero vuelve a estar en el centro de la diana como «sospechosa habitual» de gastar con alegría. Es otra vez la historia de los países «frutales», los del sur de Europa, frente a los «frugales», los del norte.
El problema es que el horizonte global se nubla y mientras el sector privado español goza de una relativa buena salud, el sector público –como reconoce incluso el Banco de España, que gobierna José Luis Escrivá, en su último Informe de Estabilidad Financiera– afronta riesgos por el alto endeudamiento, la ausencia de planes de consolidación fiscal y la tendencia al alza del gasto público.
El gran elefante en la habitación española es la ingente deuda pública, que ya supera los 1,7 billones de euros y que también contribuye a pagar las pensiones, la educación y la sanidad. Es cierto que se ha reducido en proporción al PIB, pero la cantidad es descomunal.
El problema, no obstante, no está en la cifra total, sino en que España necesita refinanciar —volver a endeudarse— unos 300.000 millones cada año para pagar la deuda que vence y para obtener nueva financiación.
Ahí entra el factor internacional y, sobre todo, europeo. Los inversores extranjeros tienen el 50% de la deuda pública española y el Banco Central Europeo (BCE) otro 23%. El BCE estará ahí, pero los inversores, si no les convencen los artificios del Gobierno, podrían volverse más exigentes a la hora de financiar a España. Ha ocurrido en el pasado y puede volver a ocurrir. Alemania ya ha puesto la lupa sobre las pensiones españolas, y las deudas dejan de ser divertidas cuando hay que pagarlas, como decía Nash.