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Así esquivó la muerte Carmen Angoloti, la aristócrata que fue dama enfermera de la Cruz Roja y colega de la Reina Victoria Eugenia

Abc.es 
Miseria, heroicidad, picardía y crudeza forman parte de un suceso muy poco explorado por los historiadores: el de los nobles españoles que fueron perseguidos durante la Segunda República y luego masacrados en la Guerra Civil. Más de un centenar de titulados desaparecieron, unos asesinados y otros caídos en combate, en lo que supuso la mayor persecución que ha sufrido la aristocracia patria en toda su historia. En el libro 'El holocausto de la aristocracia', el historiador Alejandro Espejo Fernández intenta ahondar en cuestiones tales como «cuáles fueron las diferentes motivaciones de la represión ejercida en la retaguardia republicana y hacia qué colectividades se dirigió, qué motivó a las clases conservadoras a apoyar desde distintos ámbitos el golpe del 18 de julio, qué esperanzas y proyectos albergaban estas para la España que surgiera tras la victoria de los nacionales o los conflictos que surgieron dentro del propio bando sublevado». La tragedia que aborda su ensayo se llevó por delante a aristócratas tan señeros como el hermano del duque de Alba, el marqués de San Fernando o el de Squilache, primo este último de Alfonso XIII. Sin embargo, como apunta Espejo, dentro de esta espiral de sangre no faltaron ejemplos de humanidad y coraje frente a la sinrazón de la barbarie. «En este aspecto, destacó especialmente la labor desarrollada por el cuerpo diplomático, que puso embajadas y consulados a disposición de quienes se consideraban en riesgo de ser perseguidos por sus ideas o por su posición social». El de la duquesa de la Victoria es quizás uno de los ejemplos más señalados que pueden mencionarse. Nacida María del Carmen Angoloti y Mesa en 1875, su matrimonio con Pablo Montesino y Fernández-Espartero (sobrino nieto del general Espartero) la convirtió en duquesa. En el libro se cuenta que la reina Victoria Eugenia encontró en ella a una de sus grandes aliadas dentro de la Corte española, como prueba el hecho de que, el 15 de abril de 1931, la susodicha formara parte de la comitiva que acompañó a la reina y a sus hijos camino del exilio, estableciéndose en Francia con la familia real durante los primeros momentos del destierro. Además, la soberana encomendó a la aristócrata (que había cursado los estudios de enfermería) coordinar junto con la Cruz Roja la atención sanitaria que recibían los soldados heridos en la Guerra de Marruecos. «La implicación de Carmen Angoloti fue plena y pronto estableció una completa red de centros para atender a los soldados españoles que luchaban en el norte de África [...]. Su dedicación y entrega a la Cruz Roja le valió innumerables reconocimientos, tanto en nuestro país como fuera de él». Estos méritos, sin embargo, no evitaron que, desde el momento en que tuvo lugar el golpe de Estado y el inicio de la guerra, los duques de la Victoria se viesen en peligro. De hecho, a mediados de agosto del 36, un grupo de milicianos anarquistas se presentó en su casa, en el 29 de la calle Goya, en un edificio de su propiedad, para detenerlos. A partir de ese momento, los duques se separaron para siempre. Mientras que el duque de la Victoria ingresó en la Cárcel de Ventas, Carmen fue encerrada en un convento situado en la plaza del Conde de Toreno que había sido transformada en prisión de mujeres. «Carmen pronto se convirtió en una de las líderes de las reclusas gracias a su fuerte carácter, al que no le faltaba cierta dosis de descaro», cuenta el autor. «Un hecho ilustrativo de su firme determinación de no flaquear mientras durase su encierro es que estuvo más de una semana durmiendo en el suelo sobre una manta porque, al ingresar en la cárcel, no le entregaron el colchón que sí le habían dado a las demás. Resuelta a no mostrar ninguna debilidad, decidió no pedirlo y continuar durmiendo en el suelo para así no tener que interactuar con sus carceleras». Cuando se corrió la voz de que Carmen y un pequeño grupo de presas de señalada posición política iban a ser trasladadas a la cárcel de San Rafael para asesinarlas, el resto de sus compañeras iniciaron una auténtica revuelta para evitarlo. Al parecer, las presas se amotinaron negándose a salir de allí si no les acompañaba el cónsul noruego, Felix Schlayer, gracias a cuya intervención se pudo efectuar el cambio sin que se produjeran víctimas por el camino. «Los temores de las presas no eran infundados, ya que contaban con los antecedentes de las 'sacas' que en esos momentos estaban produciéndose en las cárceles de hombres. Aunque Carmen no lo supo hasta que terminó la guerra, su marido fue asesinado en una de ellas, concretamente en la que tuvo lugar el 3 de noviembre bajo el pretexto de trasladarlo a la prisión de Chinchilla». Un golpe de suerte hizo posible que Carmen fuera puesta en libertad. Sucedió cuando un anarquista llamado Melchor Rodríguez García fue nombrado responsable de las prisiones de Madrid. Una de las medidas que adoptó fue la puesta en libertad de las mujeres mayores de 60 años, siempre y cuando no tuvieran una relevancia social o política destacable. «Este no era el caso de Carmen, puesto que si bien tenía la edad requerida —concretamente, 61 años—, su señalada notoriedad no la hacía susceptible de beneficiarse de esta medida», cuenta Espejo. «Pero un despiste de las autoridades posibilitó su salida de la cárcel de San Rafael. Cuando se confeccionó el listado de aquellas reclusas que cumplían ambas condiciones, nadie reparó, dado que en prisión todos conocían a Carmen como la Duquesa, en que Carmen Angoloti y la duquesa de la Victoria eran la misma persona». En ese lío tuvo mucho que ver Anunciación Casas Cerezo, la jefa de las milicianas que custodiaban la prisión, puesto que fue ella quien avisó al diplomático argentino Edgardo Pérez Quesada para que se apresurara a presentarse en la cárcel y se llevara con él a Carmen antes de que las autoridades penitenciarias descubrieran el error y revocaran la orden. Así fue como en diciembre, tras cuatro meses de reclusión, nuestra protagonista recobró su libertad. En 1937 llegó a Marsella, desde donde pudo entrar en la España nacional y reincorporarse a la Cruz Roja, a la que estuvo dedicada hasta el final de la guerra. «La contienda supuso para Carmen un elevado coste personal por la pérdida de su marido, de su hermano y de un sobrino, pero también un renovado reconocimiento a su labor en la Cruz Roja, a la que desde hacía tantos años había consagrado sus esfuerzos», apostilla el autor sobre una mujer que siguió presidiendo hospitales de la conocida organización humanitaria en nuestro país hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido en 1959.

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