Esparta: anatomía de una potencia imposible
En «Esparta» (traducción de Gonzalo Torralba), el historiador Andrew Bayliss se enfrenta a un objeto histórico cuya imagen ha sido fijada durante siglos por la repetición de unos pocos episodios y consignas, pues no en balde este lugar ha devenido a veces más un símbolo que una realidad; ya conocen sus tópicos: modelo de disciplina, arquetipo de valor, referencia de austeridad política... El libro interviene precisamente ahí, en ese territorio saturado de interpretaciones heredadas, para reconstruir la «polis» desde sus fundamentos y mostrar hasta qué punto esa imagen simplificada oculta una estructura mucho más compleja, eficaz en determinados aspectos, pero atravesada por tensiones que acabarían por desestabilizarla.
Esparta fue el resultado de un proceso gradual de agregación de aldeas en el valle del Eurotas. Su entorno geográfico, fértil y relativamente protegido favoreció una base agrícola sólida, pero su desarrollo urbano no respondió a los patrones monumentales de otras ciudades griegas. La ausencia de murallas y de grandes construcciones no era una carencia accidental, sino una consecuencia de una concepción distinta de la defensa y de la vida política, de tal modo que la seguridad dependía de los ciudadanos y, por así decirlo, no de las piedras; de ahí que este ambiente de cohesión diera la imagen de disciplina compartida. Esa disciplina se articula a través de una institución que el libro sitúa en el centro del sistema: la «agogé». Definida como «el primer sistema educativo estatal obligatorio del mundo», su función excedía con mucho la formación militar. A partir de los siete años, los niños eran separados de sus familias e integrados en un régimen colectivo que regulaba cada aspecto de su vida, en un clima en que la austeridad era extrema: una sola prenda al año, alimentación insuficiente y exposición constante al frío y al dolor. La obligación de robar comida –sin ser castigados por el robo en sí, sino por ser descubiertos– revela la lógica del sistema: más allá de inculcar normas abstractas, se trataba de desarrollar habilidades útiles para la supervivencia y la guerra. El objetivo aparece formulado sin ambigüedad: «Despojarlos de su individualidad para entregarlos a un destino de gloria colectiva».
Este proceso de formación, explica Bayliss, encontraba su complemento en una estructura política cuidadosamente equilibrada y que es sumamente interesante. La «diarquía», con dos reyes de casas distintas, limitaba la concentración del poder y garantizaba una supervisión mutua. A su lado, la «gerusía» –un consejo de ancianos– preparaba las decisiones fundamentales, mientras que los éforos, elegidos anualmente, ejercían un control efectivo sobre todos los niveles del gobierno, incluidos los propios reyes. La asamblea ciudadana participaba en la ratificación de las propuestas, aunque su capacidad de intervención estaba restringida. El conjunto, así las cosas, producía un sistema estable, capaz de evitar las luchas internas que debilitaban a otras polis. Esa estabilidad, más que la mera fuerza militar, explica en buena medida la duración de la hegemonía espartana.
La solidez institucional, sin embargo, descansaba sobre una base social profundamente desigual, dado que los ciudadanos espartanos podían dedicarse exclusivamente al entrenamiento y a la vida política porque el trabajo recaía en otros. Asimismo, los ilotas, poblaciones sometidas tras las conquistas de Laconia y Mesenia, constituían la base productiva del sistema. Su condición no era equiparable a la de otros esclavos del mundo griego: vivían en comunidades propias, pero estaban obligados a entregar una parte sustancial de su producción y sometidos a un control constante. El libro subraya que esta relación no puede entenderse sin tener en cuenta la violencia estructural que la sostenía. La «krypteia», en la que jóvenes espartanos eran enviados a asesinar ilotas, fue en este sentido un mecanismo institucionalizado de control y de formación. En conclusión, la dominación, lejos de ocultarse, se ejercía como parte del aprendizaje.
En ese contexto de rigidez y violencia, la posición de las mujeres introduce un elemento que obliga a reconsiderar cualquier prejuicio que nos podamos construir de tinte social misógino. Y es que las espartanas disfrutaban de una autonomía notable en comparación con otras sociedades griegas: podían poseer tierras, heredar, gestionar bienes y participar en la vida pública. Recibían una educación física orientada a fortalecer el cuerpo y tenían una presencia visible en la sociedad. Hacia el siglo IV a. C., incluso controlaban «hasta dos quintas partes del territorio de Laconia», apunta el autor. Este dato revela una distribución del poder económico que desafía los esquemas habituales y que nos ofrece una asombrosa paradoja, esto es, la coexistencia de una estructura profundamente opresiva con espacios de autonomía femenina.
Con las fuentes antiguas
El recorrido histórico de «Esparta» alcanza uno de sus puntos más conocidos en la batalla de las Termópilas. Bayliss reconstruye el episodio a partir de las fuentes antiguas, prestando atención tanto a los hechos como a su interpretación posterior. Leónidas, informado del avance persa, «decidió quedarse y luchar hasta la muerte para obtener la “gloria”», permitiendo la retirada de gran parte de las fuerzas aliadas. Los espartanos combatieron «con gran ímpetu», y algunos continuaron la lucha «con las manos y los dientes» cuando perdieron sus armas. Sin embargo, la derrota fue rápida y total, si bien su recuerdo se transformó en una referencia moral, pues no en balde Esparta convirtió ese fracaso en una «victoria del alma» que integró en un relato que reforzaba su identidad colectiva.
Esa capacidad para dotar de sentido a la experiencia bélica forma parte de la lógica interna del sistema espartano que se concreta en la idea de la «muerte bella» y la búsqueda del «kleos», la gloria que trasciende la vida individual. La profesionalización del ejército, resultado de esta cultura, permitió a Esparta imponerse en numerosos enfrentamientos; incluso en el ámbito naval, donde su presencia era más débil, logró éxitos decisivos, como, por ejemplo, en Egospótamos, gracias a la combinación de estrategia y recursos externos. Con todo, y como cualquier otro gran imperio, a Esparta le llegaría su declive, que queda explicado a partir del análisis de diversos factores y entre los que la oligantropía (literalmente, «escasez de hombres») ocupa un lugar central.
En efecto, las exigencias económicas para mantener la ciudadanía redujeron progresivamente el número de espartiatas, un fenómeno que funcionaba «como un cáncer en expansión que estaba envenenando Esparta desde dentro». La disminución del cuerpo ciudadano afectó tanto a la capacidad militar como a la cohesión social, ya que los ejércitos comenzaron a depender cada vez más de periecos, ilotas liberados y aliados, lo que alteró la estructura original. En suma, el sistema impidió dar una respuesta eficaz a este problema, en parte porque Esparta mantuvo una política de exclusión que limitaba la integración de nuevos miembros en la comunidad política.
A diferencia de otras potencias, no desarrolló mecanismos para incorporar a los territorios bajo su control en condiciones de relativa igualdad. Esta falta de flexibilidad, como aduce Bayliss, generó tensiones constantes con aliados y subordinados, que percibían la hegemonía espartana como una imposición distante. Las decisiones en política exterior, incluidas las alianzas con Persia, evidenciaron un pragmatismo que contrastaba con el discurso de defensa de la libertad griega.
El desenlace se produce cuando estas tensiones convergen. La derrota en Leuctra, la pérdida de Mesenia y la reducción drástica del número de ciudadanos desarticularon la base del poder espartano. Con menos de mil espartiatas, el sistema ya no podía sostenerse. La misma estructura que había garantizado su eficacia durante siglos se convirtió en un obstáculo insalvable en un contexto que exigía adaptación.