Diario de un jubilado en Nueva York (48): Arroz y frijoles de «caridad»
Puente sobre el lago del Central Park
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H.B.
Recorro parte del lago, llego hasta el mosaico «Imagine» y una mujer vestida de rosa, de la edad que hubiera tenido ahora el beatle asesinado, se sienta en el centro, como una sirena perdida en un redondo mar del pasado y despacio canta «Let it be…». Un joven pescador tira de la caña intentando sacar un pez que se ha tragado el anzuelo. Cuando vemos al pez cerca de orilla, una carpa enorme rosa y gris con la cola negra, logra escarparse dejando al joven pescador con la caña vacía. Un pájaro cardenal espera a su novia que llega, se miran y vuelan alto y desaparecen. Todo el mundo parece llevar un perro. Para uno Central Park es la llegada gloriosa y triunfal después de terminar medio muerto, cuatro maratones y sentir por un minuto el aguijón del triunfo y el peso de una medalla que el tiempo ha oxidado.
Nos encontramos a las puertas del Metropolitan Opera donde vamos a comprar entradas para ver «Semiramide» y decidimos ir a comer a «La Caridad», donde fuimos alguna vez recién llegados a Nueva York. Es un restaurante chino-cubano que lleva abierto desde 1968, lo que en Nueva York significa estar abierto desde el Siglo de Oro. Volvemos después de casi 40 años y todo está igual: los camareros hablan alto y son muy ásperos, tienen un acento cubano-chino-neoyorquino que se prestaría a ser objeto de una tesis doctoral; el pan sigue siendo correoso, los manteles de papel tienen el horóscopo chino que te dice a qué signo perteneces, a quién tienes que temer y cómo eres, los vasos de agua altos y ordinarios rebosantes de hielo, los precios asequibles, las paredes con las mismas fotos de famosos de hace 40 años, la clientela mixta y variopinta: yanquis, ejecutivos, artistas, obreros y jubilados. Al final pedimos un «doggie bag».
El camarero, corroborando su «amabilidad», nos pone encima de la mesa dos recipientes y una bolsa de plástico para que nosotros hagamos lo que él debería haber hecho. Sale uno con 40 años encima y la bolsa de plástico le pesa como si en vez de llevar frijoles negros y arroz llevara plomo y tiempo oxidado. Es sabido que el amor no pesa.