A eso de las dos de la tarde, algo cambió en Urda. Se produjo un acontecimiento invisible, discreto, silencioso, como todos los malos augurios. Caímos en la cuenta de que habían dejado de sonar las sirenas y las hélices de los helicópteros, porque habían dejado de trasladar heridos. La urgencia había dado paso a otra cosa. A las ambulancias les ordenaban que fueran al pueblo y los helicópteros se habían marchado. Ya no gritaban los guardias civiles. Al fondo, un raíl atravesaba un vagón desde el suelo y salía por el techo, como una guadaña de metal. La esperanza de encontrar a alguien con vida se había deshecho con el paso de las horas, entre la masa de hierros en...
Ver Más