La palabra designa, por un lado, aquello que nos pertenece: nuestras posesiones, en el sentido de las más cercanas, las más pegadas al cuerpo. Como las que le quitan a un recluso cuando ingresa y le devuelven cuando sale. Son pocas, o ninguna: no hay nada, fuera de nuestro propio organismo y la conciencia que lo habita, de lo que no puedan despojarnos. Lo olvidamos y nos distraemos con facilidad, gracias a los objetos, cada vez más sofisticados, con que nos embrollan y engatusan. Y así algunos, absortos en ellos, no caen en que a un aula se va a adquirir un saber, por ejemplo. Por otro lado, la palabra alude a aquello de lo que sentimos formar parte. También...
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