La presidenta sí tiene quien le avise
¡Quién iba a decirlo! Que en las réplicas del sismo de la destitución del canciller Manuel Tovar iban a figurar mi tocayo, el apóstol Juan; don Javier Motosierra Milei y don Freddy González, quien ya debe andar más sereno, con el calzoncillo seco.
Suave, que el asunto es morrocotudo. Devolvamos el casete al 24 de setiembre: doña Laura Virginia Fernández Delgado cesa poco diplomáticamente al jefe de la diplomacia costarricense, por no haberle transmitido la invitación que recibió para una reunión del Escudo de las Américas, celebrada dos días antes.
“Él se autodesignó como el representante de Costa Rica en ese encuentro”, añadió la mandataria.
Pero vayamos primero a la invitación en sí, que no es un detalle menor. ¿Cuán formal fue? ¿La imaginaba doña Laura en papel opalina, con su nombre en tipografía Edwardian Script ITC, y ahora olvidada y arrugada en algún traje del hoy excanciller?
O, sabiendo lo pragmático que es don Marco Rubio, anfitrión del evento, quizá la convocatoria no pasó de un golpecito en el hombro y un amigable “óyeme, chico, como tu presidenta no quiso viajar a la ONU, vente tú a la reunión, que es también para cancilleres”.
En este escenario y sin confirmación alguna en ese momento de que el presidente Trump asistiría, el presunto error de don Manuel empieza a decantarse por un pecado venial. Don Javier Milei, escudero de toda confianza del mandatario estadounidense, lo explicó con claridad: los asistentes supieron de su asistencia cuando Donald Trump ya casi entraba al salón.
Quitémosle ahora el beneficio de la duda al señor Tovar. Pensemos que olvidó comunicarlo. Que no le pareció procedente. Que no quiso hacerlo. ¿No había otra forma de que nuestra presidenta se enterara?
¿Es que en el Ministerio de Comunicación (ahora con mayor presupuesto) nadie ojea al menos el Miami Herald, que informó de la reunión varios días antes? Dadas las buenas relaciones entre ambos países, ¿no hay algún grado de comunicación permanente con la Embajada de Estados Unidos que hubiera subsanado la omisión?
¿Nuestra pomposa Dirección de Inteligencia y Seguridad no está al tanto de lo que organiza el Escudo de las Américas, una iniciativa de la que el país es miembro fundador?
¿La Cancillería colombiana y, sobre todo, la jefatura de gabinete de don Abelardo de la Espriella no mencionaron incidentalmente la reunión con las contrapartes costarricenses durante los preparativos de la reunión bilateral en Barranquilla?
¿Los embajadores Douglas Soto y Boris Marchegiani, más cercanos a la presidente Fernández que al señor Tovar, y cercanos también a las esferas de poder en Washington y Nueva York, no supieron nada tampoco?
Todo lo anterior para reafirmar que es altamente improbable que doña Laura no se hubiera enterado del dichoso evento con anterioridad al 22 de setiembre.
Y, si ya conocía de la reunión y se sabía participante por ser Costa Rica país fundador del Escudo de las Américas, ¿por qué tanta importancia a la invitación en sí?
La hipótesis lleva a concluir que lo procedente era que reorganizara su agenda en Colombia, viajara a Nueva York y evitara el “gran daño de carácter estratégico para los intereses del país”, que afirma haberse causado con su no presencia. El ajuste de cuentas con el “negligente” mensajero podía posponerse.
Pero démosle ahora el beneficio de la duda a la señora presidenta, con más razón en virtud de su alta investidura.
Partamos de que no supo nada con anterioridad al encuentro, lo que evidencia que algo anda muy mal en las redes de información y comunicación de Zapote. Nada ella y nada el Ejecutivo en pleno. Todos behind the tree, con excepción del señor Tovar.
De haber sido así, la pregunta acuciante es por qué, ante una falta considerada muy grave, el despido se produce 48 horas después de cometida.
Y hay otras consecuencias. El estridente cese del canciller dudosamente consolidó o fortaleció la firmeza e independencia que la mandataria busca con afán. Y sí afectó la imagen internacional de Costa Rica por los términos en que se produjo y la vitrina mundial ante la que se dio.
No olvidemos, además, la fuerte advertencia de doña Laura a los miembros del gabinete. Fueran o no de su riñón (suponemos que el de la derecha, porque los allegados de su riñón de la izquierda quedaron en el pretil de la UCR): no se tolerará ninguna decisión ministerial que invada su jurisdicción, sin previo consentimiento.
Ni más ni menos, eso minará la confianza e incidirá en la toma de decisiones de un gabinete ya proclive a delegar hacia arriba. Con excepción del ministro “más igual” que los otros, quien, al conocer dicha advertencia, entre dientes debe haber murmurado: “¡Rechazo!”.
Por supuesto, no se me olvida don Freddy, quien muy a menudo llega “de forma orgánica” (¿?) y se mueve a sus anchas en los predios de doña Laura.
En esas interacciones con ella, tras los agradecimientos por los buses y las capas y las menciones a arroces con pollo y arroces con leche, es posible que el diálogo haya escalado a la cumbre de la paella, el jamón pata negra y la crema catalana.
Y ahí, presuntamente, radica en buena medida la causa real del cese del canciller: su supuesta oposición a un nombramiento diplomático en particular.
Solo don Manuel Tovar, si decide ahondar en su reciente publicación sobre el versículo 8:32 del apóstol Juan, nos haría conocer la verdad y nos libraría de elucubraciones y conjeturas.
De momento, resta reiterar la plena facultad de la presidenta de la República para nombrar a los representantes en el exterior que considere más capacitados y le inspiren la mayor confianza.
Pero, a la vez, hay que lamentar la pérdida para Costa Rica de un profesional de sólida formación académica y amplia experiencia en el sector público, como la propia doña Laura lo reconoce. Sobre todo si han mediado en su salida las clásicas intrigas de palacio y razones indirectas y ocultas que no justificaban su despido.
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Juan Fernando Cordero Arias es periodista y empresario turístico.