Centenares de bondadosas marionetas se arracimaron en torno a Maricarmen cuando la desahuciaron. Una célebre cantante y actriz reconvertida en ocasional rapsoda incluso desempolvó, desde su concienciado corazón, un poema de Rafael Albertí titulado, precisamente, 'Desahucio'. Muy oportuno. Oportunísimo. Albertí, en efecto, genial poeta y formidable chivato, vivió durante la guerra civil en el incautado palacio de Zabálburu porque antes desahuciaron a sus legítimos propietarios. Vamos, que conocía el paño. Tantas juergas se corrieron en ese marco incomparable (mi tópico favorito es 'marco incomparable') que el pobre Miguel Hernández, en un alarde de genuina honradez, se desesperó y huyó apesadumbrado de aquellas zapatiestas. Por supuesto que lo de Maricarmen nos conmueve. Pero cuidado con esto de fabricar juguetes rotos. ¿Cuánto...
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