Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en julio de 2026 la población de Ceuta era de 84.435 habitantes. Entre el 30 y el 31 de julio, 80.000 inmigrantes provenientes de Marruecos ingresaron de forma irregular en la ciudad. La mayoría de ellos regresaron, pero varios miles continúan en Ceuta en lo que constituye una grave crisis multidimensional: de soberanía, de seguridad, humanitaria y de salud pública. Es decir, una crisis de Estado que el propio Estado –el Gobierno que habla en su nombre, esto es– minimizó llamándola «crisis migratoria». Los ceutíes, sin embargo, vivieron dicha crisis como una invasión . No se trató de un ejército invasor, pero ¿qué otra cosa podrían sentir con una marea humana recorriendo caóticamente la ciudad, acampando en las playas, pernoctando en las calles y, subráyese, duplicando su población en tan solo 24 horas? El Parlamento Europeo, a su vez, caracterizó los hechos como «invasión y ataque híbrido» en su resolución del pasado día 17. Resulta difícil imaginar que el desplazamiento de 80.000 personas en tan corto lapso haya ocurrido de manera espontánea. Más difícil aún si se tiene en cuenta el prolongado reclamo de Marruecos sobre la soberanía de Ceuta y Melilla. De hecho, el pasado 25 de agosto el ministro marroquí de Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, pronunció un discurso, ante el propio Mohammed VI, con ocasión de la conmemoración del nacimiento del profeta Mahoma. Reivindicó «la lucha sagrada» de los marroquíes para «liberar las ciudades ocupadas» de Ceuta y Melilla. Un acto religioso convertido en política exterior; politizar la religión es de manual en el mundo islámico. Con frecuencia, ello abre la puerta a la violencia fundamentalista. La magnitud de la incursión ha alterado el mismísimo paisaje social. El Gobierno local advirtió que la ciudad ya no tiene feria ni parques urbanos e infantiles en funcionamiento, espacios de sociabilidad perdidos. Quizá la estrategia haya sido esa, reducir la esfera pública y producir un cierto cambio demográfico para que Ceuta 'se vea' menos hispana, ello acompañado por el reclamo de asilo entre los supuestos nuevos inmigrantes. Solicitan protección internacional para iniciar sus trámites. Es curioso que los solicitantes de asilo marroquíes y el Estado marroquí, que presumiblemente los fuerza al exilio, estén alineados en reclamar derechos sobre ese espacio geográfico. Tiene toda la apariencia de un trasplante deliberado de población en un territorio usurpado. El discurso podría convertirse en una demanda por autodeterminación. Sería ilegítimo, precisamente por tratarse de población trasplantada, pero ha ocurrido y bajo diferentes formas, con y sin referendos. Piénsese en las Falklands/Malvinas, Kosovo y el Sahara Occidental . De hecho, en este último, Marruecos siempre ha alentado el asentamiento de población marroquí. Dada la inacción del Gobierno, la población ha tomado el problema en sus manos, intentando desalojar a los inmigrantes y desmantelar sus asentamientos. Pedro Sánchez no reaccionó con la carta de 22 líderes de países de la Unión criticando su política migratoria, ni ante el pronunciamiento de la Comisión Europea sobre la necesidad de retornar a Marruecos a todos los inmigrantes que ingresaron de forma ilegal. Hay un cambio de actitud en Europa respecto a la inmigración irrestricta, pero Moncloa no lo registra. La alerta del CNI previa a la incursión corrobora su ineptitud, la misma que se observó con ocasión de la dana de Valencia, el accidente ferroviario de Adamuz y los incendios forestales. La razón es simple: corroída por corrupción, toda organización, sea pública o privada, se vuelve incompetente. Nueva York vive una problemática similar. En sus cinco jurisdicciones ('boroughs') viven 960.000 judíos, más que en cualquier otra ciudad del mundo. Desde el siglo XIX ha sido el centro de la diáspora judía; una inmigración que alimentó la vida intelectual, científica y artística de todo Occidente. Sin embargo, la ciudad experimenta hoy un visible cambio demográfico. En 1970, menos de uno de cada cinco neoyorquinos había nacido en el exterior. Hoy es más de uno de cada tres. La población musulmana ha crecido de alrededor de 768.000 en 2016 a aproximadamente un millón en la actualidad. Según algunas estimaciones, los musulmanes en la ciudad ahora superan en número a los judíos. El problema no es el islam, sino el islamismo; o sea, la transformación de un credo en una ideología radical que proyecta pautas normativas y culturales incongruentes con la ley y la constitución de una democracia liberal. Inmigrar supone asimilación, pero la inmigración musulmana reciente la rechaza. Promueve un cierto hiperrelativismo cultural; o sea, derechos identitarios que colisionan con los derechos universales del Estado constitucional. Pues en Occidente ni el adulterio ni la homosexualidad son crímenes, el matrimonio infantil es ilegal, la educación es un derecho de toda mujer y proveerla es obligación de sus padres. El doble estándar es flagrante. El 7 de octubre lo hizo explícito. La tesis de la lucha palestina como movimiento descolonizador impulsó la llamada 'alianza verde-roja'. Transformada en una pretendida teoría de la dependencia, y narrada en jerga marxista, dicha operación ha fusionado en su antisemitismo a la izquierda con la rancia derecha antisemita. Ello ha permeado (e infiltrado) la vida intelectual y universitaria de la ciudad; «globalizar la intifada» y «desde el río hasta el mar» movilizó una nueva forma de radicalismo. Además, Nueva York tiene hoy un alcalde musulmán. Ello no sería un problema, la libertad religiosa es un derecho constitucional. El problema son las ambigüedades del alcalde Mamdani . Como legislador hablaba de «globalizar la intifada». Se distanció de esta expresión a partir de julio de 2025, próximo a la fecha de la elección. Nunca descalificó la frase «desde el río hasta el mar»; la caracterizó como una expresión del deseo de los derechos palestinos. O sea, ignorando que el lema completo –«from the (Jordan) river to the (Mediterranean) sea, Palestine will be free»– supone obliterar lo que queda en el medio, el Estado de Israel. Consigna de rigor de Hamás, implica el exterminio de su población. Los inmigrantes no naturalizados no pueden votar en elecciones locales, pero sí pueden cambiar el paisaje social, contribuir a articular la agenda de deliberación y, como tal, ser parte de la esfera pública. Es decir, votan aunque no voten. «Es la economía, estúpido» fue un popular eslogan utilizado en la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992. Al igual que en Ceuta, hoy tal vez diría «es la demografía, estúpido».