Crítica de lo excepcional, por Mirko Lauer
Es llamativa la manera cómo lo escandaloso y lo siniestro interrumpen la vida nacional en la forma de un acontecimiento único. Se podría atribuirle la estructura de ciertas bombas: lo inesperado, lo destructivo, lo que deja despojos que rápido pasan al olvido. Todo eso produce algo llamable una conciencia de primera plana. Como dice el periodismo inglés, si sangra, entonces manda. Al menos por un breve tiempo. ¿Cuánto se gana con eso?
Ese acontecimiento único al que nos hemos referido es lo que se llama un caso. A menudo es algo así como lo habitual disfrazado de excepción. En esta quincena hemos tenido tres casos: un secuestro sangriento en Trujillo, un escolar violado por sus compañeros en Lima, una candidata asesinada en Áncash. Lo primero es un asunto de todos los días, como los secuestros; lo segundo es parte de algo poco difundido, y menos comentado; lo tercero es un asunto de sicarios.
Los delitos definidos como casos tienen, pues, algo de negación de la realidad. La violación del Liceo Naval, tratada como excepción, disimula la fea idea de un país de violadores. Lo mismo pasa en el secuestro con cuádruple asesinato, o el delito electoral. No son casos individuales, sino fenómenos sociales. Una vez olvidados, el problema que encarnan se va al olvido con ellos, hasta nuevo aviso.
Policías y fiscales pueden llegar a resolver un caso particular, y a menudo lo hacen. Pero los políticos no pueden resolver el drama humano que subyace a la criminalidad. Se resuelve lo ocasional que aflora, pero de ninguna manera se cura lo permanente. Capturar una banda de hampones termina siendo, sobre todo, hacerle lugar a otra. Pero el hecho suele ser cacareado como una solución.
El acceso a la publicidad es un activo para el hampa. El caso como género periodístico muestra el lado heroico, por así llamarlo, del crimen, y oculta otros aspectos, como la familia, la salud mental, los complejos, la mitología. Facetas indispensables para el trabajo de inteligencia, frente a cualquier tipo de organización hostil.
¿Qué conviene? No tocar los casos es imposible. Pero se les puede tratar desde el inicio como parte de una realidad más amplia, que los explica y donde está la raíz de un evitamiento de lo excepcional como apariencia. Podríamos parafrasear un dicho chino según el cual hay que socavar los cimientos para derribar la torre.