El canterano que debuta crea un vínculo de consanguinidad con el aficionado sevillano. Es como un orgullo paternal que surge en la grada, que comienza a denominarlo como «el niño»; que aplaude sus carreras, su descaro, sus ganas de triunfar. Que ve en el niño el mismo orgullo por el escudo que compartimos desde que nos regalaron la primera equipación quienes aspiramos a cumplir ese sueño y nos quedamos embarcando balones en el patio del colegio. Por eso nos duelen tanto las lágrimas de Pablo, un producto utilizado como palanca injusta por el club en este fútbol sin ética ni memoria. Porque enseñar la puerta de salida a una perla que se ha criado en la casa para que regrese...
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