Mamá, no tengo ganas de volver al colegio. Me quedaría en el pueblo al menos un par de meses más. Quiero seguir siendo libre». El lamento se repite a final de cada verano. Eso sí, con variaciones conforme a una vida que va creciendo y cumpliendo etapas. Atrás quedó el año de soltarse a andar, de abandonar los ruedines de la bicicleta o de aquella primera salida solo con los amigos y el balón a la plaza de aquel pueblo donde todos se conocen y los niños se sienten protegidos en cada esquina. Nada que ver con la ciudad, donde nunca se sale sin compañía adulta y mucho menos sobre dos ruedas desafiando cuestas. Este verano ha sido el del...
Ver Más