Camboya: una joya en un país que no encuentra su camino
Camboya es una gran desconocida, una cultura muy diferente, en la que la lógica occidental es una herramienta inservible, como se puede leer en “Veinte años entre camboyanos”, del español Daniel Souteyrant que dejó la dirección de un colegio en Barcelona para tratar de comprender la concepción camboyana de la vida. Tuvimos el honor de tenerlo como guía y fue toda una brújula para conocer la Camboya que palpita detrás de las monumentales construcciones del Imperio Jemer.
Camboya sigue siendo una comunidad agraria donde la industria no ha experimentado el crecimiento de Vietnam o Tailandia. El turismo era su as en la manga hasta que la pandemia la truncó. De las grandes colas para visitar los conjuntos monumentales de Siem Reap solo queda el recuerdo, el megalómano aeropuerto internacional es un recinto infrautilizado que solo gestiona una veintena de vuelos diarios y algunos hoteles de lujo como Le Meridien bajaron persiana y ahora viven un importante proceso de deterioro.
La economía no está en su mejor momento y la monarquía parlamentaria, con una más que dudosa democracia donde la oposición está en el exilio o arrinconada, no parece encontrar el camino del crecimiento económico y dar soluciones a los problemas cotidianos que suelen ser camuflados con la agitación del permanente conflicto fronterizo con Tailandia, herencia de aquella división de la dominación francesa de lo que entonces se conocía como Indochina. Ahora, la frontera terrestre está cerrada, pero en avión puede usted volar tranquilamente.
Siem Reap -nombre que se inspiró en la derrota del imperio de Siam en el siglo XVIII- que se podría traducir como Siam derrotado es el eje central del turismo camboyano porque alberga los grandes templos del Imperio Jemer. Angkor alberga los templos de Bayon, Baphuon, Phimeanakas, la Terraza de los Elefantes, el Templo de las mujeres o la Terraza del rey Leproso. Un total de más de cien templos con la joya de Angkor Wat presidiendo una inmersión en una historia profundamente desconocida en Occidente. Angelina Jolie rodó en este entorno Tomb Rider y se enamoró de Camboya. La actriz adoptó a niños camboyanos y popularizó los templos de Siem Reap. Su restaurante favorito Piano Red es destino para muchos turistas en Pub Street, el barrio más animado de la ciudad situado alrededor del mercado.
Los grabados de los templos son la única forma de adentrarnos en la historia de un pueblo que siempre ha sido víctima propiciatoria para invasiones de todos sus vecinos porque la tradición escrita ha desaparecido. Por acción de la naturaleza, la hoja de palmera no resiste como el papiro, o por acción del sinfín de guerras que han asolado el país sin olvidar el papel del régimen de los Jemer Rojos desde 1975 a 1979. Los templos de Angkor que habían superado el acoso de la selva, superaron también los intentos de los jemer rojos de destruirlos porque no tenían suficiente munición para acabar con los monumentales templos.
El pueblo camboyano no oculta su pasado y lo explica a su manera. Lo que vimos en “Los Gritos del Silencio” fue una realidad, un autogenocidio que acabó con la vida de unos tres millones de personas. En Camboya conviven víctimas con torturadores como se puede ver en un documental dirigido por la propia Jolie que se encuentra en Youtube. En Phom Penh, el Museo del Genocidio de Tiol Sieng, sito en la misma sede de la prisión secreta S-21, refleja lo sucedido en un país dónde el principal dirigente del partido en el Gobierno, y durante años presidente, tiene un pasado jemer rojo.
Los camboyanos se aferran a la tierra y son una sociedad eminentemente agrícola con una importante riqueza medioambiental y con sorpresas como el lago Tonle Sap que crece por la presión del río Mekong sobre el rio Tonle Sap que debe cambiar su cauce. El lago pasa de 2.000 kilómetros cuadrados a 20.000 en temporada de monzones. Allí viven en casas flotantes unas 8.000 personas formando pueblos con escuelas y también iglesias o templos budistas. Decenas de barcas que hacían recorridos turísticos permanecen ancladas en puerto porque los turistas no existen. El ingreso extra de los vecinos del Lago ha desaparecido y les ha hecho volver a mirar al lago y vivir de la pesca en un entorno con más de 200 especies.
Camboya es toda una experiencia. Su riqueza cultural y arquitectónica no tiene límites y el pueblo camboyano una forma de vivir sustancialmente diferente a la europea. Hacer el viaje de la mano de Dani fue un lujo para tratar de entender un país que, como decía nuestro guía, no es ni mejor ni peor que el nuestro: es diferente.