Atravesamos el acueducto de Segovia todavía embelesados tras escuchar un vibrante concierto de música napolitana en el Palacio de Quintanar (una institución por cierto a la que 'acosa' la Diputación para reconvertirla en un 'museo' con querencias ovejeras) cuando decidimos comprar unos helados. El momento patético surgió súbitamente: resulta que no teníamos ni un euro ni tarjeta de crédito a mano. Lo malo es que ya comenzaban a derretirse los 'conos'. Parecíamos un par de estafadores que habíamos encontrado el modo de endulzar nuestra noche con la treta más sórdida. En definitiva, unos jetas penosos. La dependienta se encogió de hombros como si estuviera preparándose para opositar a política en alguno de los chiringuitos acreditados. Regresé, corriendo con la lengua...
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