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Pedro Delgado: "A Miguel Indurain le veían como intocable y a mí como al hijo al que le pasan todas las desgracias»

Pedro Delgado echa de menos una cosa cuando habla de Miguel Indurain: la posibilidad de volver a compartir carretera con él. No porque entonces fueran iguales, sino precisamente porque eran distintos. El segoviano, comentarista en Televisión española de la Vuelta, ha contado varias veces cómo éra el: necesitaba que pasaran cosas. El navarro parecía especialista en conseguir que no pasara nada que estuviera fuera de su control. Entre uno y otro se explica buena parte de la edad de oro del ciclismo español.

Perico e Indurain, vidas paralelas

Hoy sus vidas discurren por caminos diferentes. Delgado sigue instalado en el paisaje de la Vuelta. Cada septiembre vuelve a ponerse delante de un micrófono, interpreta las etapas y cuenta desde la televisión aquello que durante años vivió desde el pelotón. Indurain, en cambio, ha escogido una existencia mucho menos expuesta. Aparece de vez en cuando, pero no necesita estar presente para que se le siga reconociendo como el gran dominador español del Tour.

Perico fue el primero en convertirse en un fenómeno. Ganó el Tour de 1988 y dos Vueltas, pero su importancia no cabe solamente en esas victorias. Tenía una manera de correr que conectaba con el público porque nunca parecía completamente previsible. Podía atacar, sufrir, recuperarse o complicarse una carrera que parecía controlada. Él mismo se define como «rebelde, carismático y cabezón», tres palabras que ayudan a entender al corredor que fue.

Indurain llegó detrás y terminó ocupando el lugar que había dejado Perico. La transición no se produjo de golpe. Durante años compartieron equipo y el navarro ejerció como compañero de quien era entonces el líder. Delgado ha contado que aquel proceso fue natural y que entregar los galones a Miguel no le supuso una pelea interna. «Fue una liberación», explicó al recordar el Tour de 1991.

Distintas personalidades

La diferencia entre ambos también estaba en la percepción que tenían los aficionados. Perico lo resumió de una forma especialmente gráfica: «A Miguel le veían como intocable y a mí como al hijo al que le pasan todas las desgracias». Después completó el retrato: «Miguel era el tío que salía en hora, ganaba las cronos, aguantaba en la montaña», aseguró en El Confidencial.

Indurain no necesitó construir un personaje. Cinco Tours consecutivos y dos Giros bastaron para convertirle en una referencia mundial. Su dominio tenía además una particularidad: parecía sencillo. No hacía demasiado ruido antes de una victoria ni necesitaba grandes gestos después. Cuando estaba en condiciones, las contrarrelojes ampliaban su ventaja y la montaña terminaba de confirmar una superioridad que sus rivales conocían antes de llegar a París.

Ángel Arroyo, compañero de ambos en Reynolds, lleva esa comparación al extremo. En una entrevista publicada este mismo mes sostiene que Indurain era «tan superior a Pedro Delgado» que, si hubiera querido, «le ganaba con una sola pierna». Arroyo considera incluso que Miguel podría haber asumido antes el liderazgo del equipo. Pero el propio Delgado ofrece una lectura diferente y probablemente más interesante. Recuerda que en el Tour de 1990 Indurain ya tenía capacidad para aspirar a la victoria, pero siguió trabajando para él. «Indurain era un caballero», explica. En una etapa llegó a marcharse con los favoritos mientras Perico se quedaba atrás y decidió esperarle. «Se entregaba por el compañero por delante de sus intereses», recuerda.

Amigos, no rivales

Aquello ayuda a entender por qué el relevo no dejó una historia de rivalidad entre ambos. Cuando llegó el momento de que Miguel pasara a ser el jefe de filas, Perico no se sintió desplazado. Había comprobado desde dentro qué clase de corredor tenía al lado. El propio Indurain tampoco parece haber vivido aquella transformación como una ruptura con su antiguo líder. Años después explicó que en 1990 no se veía preparado mentalmente para asumir la responsabilidad de ganar el Tour. Trabajar para Delgado le daba tranquilidad y le permitía correr sin esa presión.

El resultado fue una sucesión extraordinaria. Indurain ganó su primer Tour en 1991 y después volvió a hacerlo cuatro veces más. Perico había conseguido que España mirara al Tour con una expectativa nueva; Miguel convirtió esa expectativa en una rutina ganadora. El propio Indurain lo expresó al hablar del triunfo de su compañero en 1988: «Pedro remató el camino, un camino que muchos habían iniciado desde Bahamontes».

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