Ni las ocho horas de recorrido procesional, ni el exorno albiceleste de las más de mil casas que se engalanan a lo largo y ancho del pueblo, ni las veintisiete marchas propias interpretadas dedicadas a esta devoción, ni la veintena de castillos artificiales, ni los arcos efímeros construidos para la ocasión pueden acercarse a una definición aproximada de lo que aquí se vive. A Cantillana un 15 de agosto hay que venir diría que al menos una vez en la vida. Pero creo que ese sentimiento que te embriaga en este multitudinario acontecimiento mariano hace que vuelvas. Y son muchos quienes lo hacen para quedarse. Entre ellos el capataz de la cuadrilla de hermanos costaleros que porta el paso de...
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