El “éxito” de Trump en América Latina, por Óscar Vidarte
La política exterior de EE.UU. en América Latina, en este segundo mandato de Donald Trump, es un “éxito” para la potencia mundial. Si bien esta se ha construido en gran medida sobre la base de la amenaza y el uso de la fuerza, ha logrado que gran parte de los países de la región se alineen a los intereses de EE.UU. Los dos casos más resaltantes han sido Panamá y Venezuela.
EE.UU. amenazó a Panamá con recuperar por la fuerza el Canal por el supuesto control que China tenía sobre el mismo. Al poco tiempo, el gobierno de Panamá, irónicamente un aliado cercano de Washington, no solo utilizó canales judiciales para cancelar la concesión que una empresa china tenía de los puertos de Balboa y Cristóbal, sino que también se retiró de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, a la cual se había incorporado el año 2017.
Tratándose de Venezuela, el gobierno de EE.UU. violentó su soberanía para secuestrar a su presidente Nicolás Maduro. A pesar de la crítica inicial de Caracas, Trump ha logrado que el gobierno de dicho país se convierta en un aliado en lo que más le interesaba: que China no se siga beneficiando del petróleo venezolano. Su prioridad no estaba en defender la democracia o los derechos humanos en el país caribeño, sino en evitar que China acceda a un importante recurso energético. En la actualidad, EE.UU. controla el negocio del petróleo en Venezuela.
Según el Pew Research Center, EE.UU. genera cada vez mayor desconfianza en el mundo (y en América Latina). No obstante, Trump ha logrado que en la región sean electos políticos que mantienen vínculos ideológicos con su gobierno. El discurso del orden y la seguridad, tan presente en la narrativa de Trump, ha calado bastante hondo en las sociedades de los países latinoamericanos. Su apoyo (directo o indirecto) ha posibilitado recientemente la llegada al poder de políticos como Abelardo de la Espriella (Colombia) o Keiko Fujimori (Perú). Aunque en otros casos, tal como sucedió en Honduras, tuvo que intervenir burdamente en el proceso electoral mismo para lograr la victoria de Nasry Asfura.
Trump no diferencia entre amigos y enemigos; puede perjudicar (como sucede con los aranceles que impone) incluso a países aliados de EE.UU. Violenta el derecho internacional y principios que nos ha costado tanto defender, como la no intervención en los asuntos internos. Pero igual, por miedo o convicción, la región se acerca cada vez más a la potencia mundial.