Giovanni Maria Vian: «El Apocalipsis es una revelación de nuestro tiempo»
Confiar en un especialista en filología de la Literatura Cristiana Antigua es apostar sobre seguro cuando se trata de bucear en la Sagrada Escritura. Es el tour que plantea Giovanni Maria Vian, el que fuera director de L’Osservatore Romano, a través de «Los libros de Dios» (Cristiandad), obra de carácter pedagógico que permite acercar y comprender la Biblia desde la tradición con la perspectiva de hoy.
Alguien que coge la Biblia por primera vez. ¿Tiene que empezar por el Génesis?
Por donde quiera. Que pase las hojas y empiece por el lugar que le llame la atención, incluso por los más complicados de leer. Es fascinante: la Biblia es como un gran conjunto en el que cada parte llama a la otra y se ilumina con la otra. En realidad, la Biblia recoge en cada uno de sus libros un relato diferente, pero con el mismo fin: explicar la historia de Dios que busca al hombre y del hombre que busca a Dios, y lo hace de mil maneras. Sobre todo lo hace la Biblia judía, lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento, porque el Nuevo Testamento es una relectura a la luz de Cristo y presupone la Biblia judía. Como escribió Joseph Ratzinger con mucha valentía, sin las raíces de los libros bíblicos judíos sería como una planta sin raíces, destinada a secarse. La Biblia judía se aclara a la luz de Cristo, pero sin esos libros el cristianismo estaría destinado a secarse. En el siglo II hubo una gran batalla, porque algunos radicales –los «progres» de la época– querían deshacerse del Antiguo Testamento. Por suerte, perdieron ellos y ganó la gran Iglesia, conservando el Antiguo Testamento.
Algunos espacios eclesiales permanecen anclados en el Dios juez y castigador del Antiguo Testamento, olvidándose del Jesús salvador…
Es una falsa perspectiva, porque Dios es único. El Dios de Jesús es el Dios del Antiguo Testamento. Contraponerlos es un error que también Ratzinger rechazó rotundamente cuando era prefecto del antiguo Santo Oficio. Creo que ahí el antijudaísmo cristiano ha sido muy importante y trágicamente desembocó en versiones neopaganas del nazismo y del antisemitismo racista. Hay que rechazarlo rotundamente. No es otro Dios: es el mismo Dios, el Dios de Jesús. Para los cristianos, Jesús es Dios, una de las tres personas de la Trinidad. No hay que olvidar que María, su madre, y los apóstoles eran judíos. Es algo en lo que no se piensa lo suficiente. Es verdad que con la llegada de Cristo cambia todo, pero no hay que contraponer ambas realidades, porque el riesgo es muy grave.
¿A qué libro de la Biblia vuelve recurrentemente cuando necesita reencontrarse?
Al Evangelio de mi santo: yo soy de Juan Evangelista. El cuarto Evangelio es el más impresionante, porque empieza con una visión que nos devuelve a un tiempo en el que no había tiempo: «En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». Eso produce vértigo. Ese comienzo hace un guiño al inicio de la Biblia: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». En Juan hay discursos de Jesús reelaborados, pero que ahondan en una raíz histórica profunda, antigua, confirmada incluso por la arqueología. Un ejemplo sencillo: cuando Jesús sana al paralítico en la piscina de los cinco pórticos, durante mucho tiempo se pensó que el número cinco era simbólico, porque una piscina normalmente tiene cuatro lados. Algunos veían una alusión al Pentateuco y otros interpretaban otra cosa. Es verdad que Juan permite lecturas de este tipo, más allá de la letra, pero las excavaciones y estudios arqueológicos en Jerusalén identificaron una piscina con una estructura que permite explicar esos cinco pórticos. Eso muestra hasta qué punto Juan está enraizado en la historia y en el judaísmo de su tiempo. Al mismo tiempo, ve mucho más allá. Desde antiguo, y así ha llegado hasta nosotros en la Sagrada Familia, el símbolo de Juan es el águila: el ave que vuela alto y puede sostener la mirada ante la luz del sol. Los griegos llaman a Juan «el teólogo», el que cuenta a Dios. Él escribe que a «Dios nadie lo ha visto», pero que Jesús nos lo ha explicado. La relación entre Jesús y el Padre atraviesa todo el cuarto Evangelio. Es un texto que ha dado muchísimo para comentar. La Biblia está tan llena de sorpresas que merece la pena tomársela en serio y llevarla también a estos pocos días de vacaciones, en medio del calor o acechados por noticias terribles. A veces contiene largos pasajes que son mejores que una novela.
Por ejemplo, ante la crisis de Ceuta, ¿qué pasaje le viene a la mente?
El Éxodo, la liberación de los judíos de Egipto. En muchas lecturas espirituales, Egipto se interpreta como símbolo de esclavitud o del mundo del mal. El pueblo atraviesa el mar de manera milagrosa y después entra en el desierto. Es lo primero que me viene a la mente. Pero la Biblia cuenta migraciones y peregrinaciones, porque la vida misma es una migración. Filón de Alejandría, un sabio judío fundamental también para el cristianismo antiguo –hasta el punto de que algunos pensaban que era cristiano–, interpreta la peregrinación del pueblo judío también como la peregrinación del alma humana. La metáfora del viaje es fundamental. Ahí está «La Odisea» de la que todos hablamos estos días. O el Camino de Santiago. Quienes hacen el Camino, aunque no lo sepan, están repensando su vida. La tragedia humanitaria de Ceuta también me lleva a pensar en el mal, que también está muy presente en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. El demonio está ahí. Es algo misterioso, como describió bien Pablo VI, no podemos reducirlo a una imagen simplista.
Entonces, ¿el demonio tiene cuernos y rabo?
Es más «fascinante» que eso. El demonio divide y acusa. Esa es la etimología en hebreo: el que acusa. Y también está la raíz griega de diablo: el que divide. Pero confiemos. Juan, tanto en su Evangelio como en el Apocalipsis, nos dice que el príncipe de este mundo ha sido vencido y será arrojado al lago de fuego. Apocalipsis significa revelación. No es tanto la revelación del futuro como la revelación del tiempo que estamos viviendo: el tiempo de Juan y su comunidad, pero también el tiempo presente, nuestro tiempo.
Entonces, ¿la inteligencia artificial se podría considerar un signo del apocalipsis?
No lo creo. La IA es un instrumento que puede usarse bien o mal, y eso depende del interior de cada uno. Si queremos usarla bien, será enormemente útil. Pero también puede servir para la guerra, para la manipulación de los jóvenes o para aplastar la capacidad crítica. El problema está en quien manipula la inteligencia artificial y quiere presentarla como una señal diabólica. También se equivoca quien presenta a quienes se oponen a ella como si fuera el anticristo. Somos nosotros los que en cada momento de nuestra jornada tenemos que elegir entre Cristo y el anticristo. La propia lectura de la Biblia puede ser manipulada. Hay que leerla con mirada crítica. Ahora bien, no hay que tomarla al pie de la letra de manera fundamentalista. Eso sería muy peligroso, como ocurre con algunos fundamentalismos judíos y cristianos.
Por último, ¿con qué personaje de la Biblia identifica al Papa León XIV, a la luz del repaso que hace en su libro? ¿A quién le recuerda o le evoca?
Si pienso en la Biblia, me resulta difícil escoger. Diría que uno de los doce apóstoles, y que él mismo elija cuál. Pero me viene antes a la mente alguien a quien cito constantemente en mi libro y que es su padre espiritual: san Agustín. Agustín dejó comentarios imponentes, sobre los Salmos y el Evangelio de Juan. Me parece que León está en esa línea de reflexión.