Le quitaron el estómago, el bazo y la vesícula; no las ganas de cantar: la historia del artista costarricense Michael Arley
Al recibir el diagnóstico de una enfermedad tan dura como el cáncer, hay quienes comenzarían a hacer cuentas. El cantante costarricense Michael Arley, en cambio, comenzó a hacer planes.
Los médicos le explicaron que había que quitarle el estómago y el bazo para vencer el cáncer gástrico. Mientras tanto, él lo que planeaba era ganar la batalla para seguir componiendo música, recuperarse para volver a cantar y estar bien para regresar a dar clases. En la cirugía, además, perdió también la vesícula.
A sus 33 años, en cuestión de meses, Arley se enfrentó a uno de los retos más grandes de su vida. Lo que en un principio pensó que era una gastritis cambió por completo su futuro cercano y el lejano.
Tras un ataque de dolor, Michael terminó en el servicio de emergencias de un hospital. Una gastroscopia de madrugada llegó acompañada por una noticia que nadie espera escuchar: una úlcera podría esconder un tumor maligno. Semanas después llegó la confirmación del cáncer y una carrera contra el tiempo entre estudios, quimioterapia y finalmente la cirugía, la misma en la que perdió varios órganos.
Pero, más allá de lo vivido, ¿cuál es la realidad de Michael ahora? ¿Cómo se vive sin estómago, sin bazo y sin vesícula? ¿Cómo recupera un cantante la potencia para volver al escenario? ¿Cómo se aprende a vivir de nuevo con un cuerpo que ya no es el mismo?
Esta es la historia de un hombre que, más allá de luchar, vive con esperanza; tanta que, todavía en el hospital, terminó de escribir una canción y la envió a un concurso con la ilusión de ganar e interpretarla en la gran final.
También escribió un poema. No quería publicar una fotografía desde la cama del hospital ni convertir el dolor en espectáculo. “No iba a decir: ‘¡Hola! Estoy bien...’ Ese no es mi estilo, entonces escribí un poema para contar cómo me sentía”, recordó.
Vida saludable, pero en desorden: Michael no sospechaba del cáncer
En enero del 2025, Michael contó que ya tenía varios meses de sufrir dolores de estómago, los cuales calmaba con medicamentos contra la gastritis. Nunca pensó que aquellos malestares fueran el preámbulo para algo peor.
Michael llevaba una vida sana. No fumaba, no tomaba licor y hacía ejercicio. Sin embargo, también cargaba con hábitos muy comunes entre quienes viven del arte entre escenarios y conciertos: comer a deshoras, saltarse tiempos de comida antes de un concierto, cenar frío o, del todo, no hacerlo.
“Uno dice: ‘Voy para el concierto, pero no puedo comer porque voy a cantar’. O llego a la casa sin comer, o me como la comida fría donde me la den... A los 20 años todo bien, pero después de los 30 el cuerpo empieza a cobrar factura”, analizó.
Terminó en emergencias y con un diagnóstico nada alentador al frente. Además, había que actuar pronto. Primero llegaron cuatro ciclos de quimioterapia. Después, el 13 de mayo, una operación que duró toda una mañana. Minutos antes de entrar al quirófano, cuando cualquiera pensaría en miedo o incertidumbre, Michael, fiel a su estilo, publicó en redes sociales que estaba listo para una cirugía en la que perdería el estómago y el bazo; así, sin dramas.
La operación fue todo un éxito. Sin estómago, sin bazo y, por prevención, sin vesícula, Michael comenzó con su recuperación... y su nueva vida.
“Usualmente, cuando a uno le dicen cáncer, ya uno se pone una cruz encima”, afirmó. Sin embargo, él decidió ir en el camino contrario, aunque hubo dudas y miedo. Su primera reacción no fue pensar en la enfermedad, sino en hacer preguntas: “¿Y ahora qué?, ¿para qué necesito esos órganos?, ¿cómo voy a complementar?”.
No conocía a ninguna persona que viviera sin estómago, no sabía cómo volvería a comer, si volvería a cantar o cuánto dolería la recuperación. Eso, admitió, terminó siendo lo más difícil del proceso.
“A lo que tenía más miedo era a la recuperación, porque la cirugía no la iba a sentir. Cuando entré al quirófano tenía tres órganos y cuando salí ya no estaban”, contó. Michael explicó que los médicos le dijeron que decidieron retirar la vesícula para evitar que se generaran piedras y tener que volver a intervenirlo una vez más. “Por experiencia decidieron quitarla”, contó.
Los días siguientes fueron una prueba física y emocional para él. Hubo momentos en que creyó que su cuerpo ya no aguantaría un día más. “Yo decía que mi cuerpo no soportaría a mañana. Pero ahí me di cuenta de que el cuerpo es algo increíble, que saca fuerzas de donde no tiene”, expresó.
Poco a poco, las respuestas a sus preguntas han llegado no solo de los consultorios y los especialistas; también ha recibido acompañamiento de personas que han pasado por el mismo camino y que, desde distintos lugares del mundo, han compartido con él consejos, experiencias y esperanza.
Reaprender a vivir sin tres órganos, pero con mucha esperanza
Cada día, sin caer en el romanticismo o en lo obvio, es un nuevo aprendizaje para Michael. Aprendió a comer desde cero, como un bebé. Incluso, confesó que al inicio comía similar a su hijo de un año: purés, jugos, porciones pequeñas. Los médicos conectaron de manera directa el esófago con el intestino. El alimento viaja de forma directa.
Michael sí siente hambre, pero se satisface con poco. Debe comer cada dos horas y no puede mezclar alimentos sólidos con líquidos porque, explicó, el intestino se llena rápido. Algunos días la quimioterapia le quita el apetito, otros le provoca mucha hambre.
Además, aprendió a escuchar a un cuerpo completamente distinto al que tuvo durante 33 años. “A veces he pecado, quiero comer bastante, pero me ha ido fatal”, confesó entre risas de picardía combinadas con algo de pena.
Aprendió también a respirar. Algo tan mecánico que hacemos a diario y sin pensarlo, para él ha sido toda una experiencia, más si le suma el hecho de que un cantante respira de forma diferente cuando está en escena. En su caso fue como reaprender a ejecutar el instrumento musical con el que ha vivido toda la vida.
No solo es que perdió órganos que “sostenían” su diafragma, sino que las gastroscopías y la quimioterapia también han afectado su garganta; así que, entre ejercicios de respiración y mucha obediencia, Arley espera volver pronto a pararse en una tarima a cantar. Eso sí, sabe que para lograr la estabilidad, habrá que esperar al menos uno o dos años.
Pero si algo se mantiene intacto es su manera de mirar la vida. Desde su infancia, Michael aprendió a convivir con los cambios; sus primeros años los vivió en situaciones poco estables, tanto económicas como sociales.
“Estoy acostumbrado al cambio, a asumir que hay cosas que se van y otras que se quedan; pero el que siempre está ahí soy yo. Yo soy quien toma la decisión de cómo afrontarlo”, dijo de forma tajante.
“El ‘pobrecito’ no es algo que considere. Creo que hay que aprovechar cualquier oportunidad para motivarse, para dejar de lado lo negativo y ponerse a actuar, a crear, todo desde un área positiva”, agregó.
Educación, música y ejemplo
Su historia de vida, la música y su lucha contra el cáncer no son la única arista destacable en la vida de Arley, pues la docencia ha sido parte importante de su historia. Es profesor de Matemáticas, pero también disfruta de enseñar ciencia, tecnología, robótica, arte y diseño con la misma naturalidad con la que habla de la salsa (su gran pasión) o de producción musical.
Es defensor de que aprender consiste en encontrar conexiones donde otros ven disciplinas separadas. La enseñanza es algo que pausó por temas de salud, pero que ansía retomar lo antes posible.
Artísticamente, Michael no solo extraña los escenarios y los micrófonos que lo han acompañado en su carrera, específicamente con la orquesta Fiebre Salsera, sino también su trabajo como productor e impulsor del proyecto Costa Rica Showcase, una plataforma que ha abierto espacio para nuevos artistas costarricenses. Para él, su mayor premio es la posibilidad de construir una comunidad alrededor del arte y la educación, y espera pronto seguir su misión.
Su lucha no terminó con la cirugía. Continúa con la quimioterapia y con la incertidumbre de que no ha podido recibir un medicamento de inmunoterapia que necesita. Sin embargo, más allá de quedarse atrapado en lo que no puede controlar, prefiere concentrarse en algo que sí depende de él y que también aprendió de la enfermedad: el acompañamiento a otras personas que enfrentan un diagnóstico similar al suyo.
Recibió apoyo de seres queridos, pero también de personas que no conoce, y eso, precisamente, es algo que tiene como meta: ser acompañamiento para quienes hoy recibieron un diagnóstico similar al suyo.
Su pareja Lady y su hijo Benjamín son su motor; pero también lo son el resto de su familia, amigos y colegas que lo han acompañado en el proceso. Michael no cuenta horas o días, habla del futuro: “Necesito ser fuerte para que el Michael de los próximos meses, de los próximos años, agradezca que el Michael que está luchando ahora lo dio todo”.