El homérico Matt Damon: un Ulises marcado por la guerra en "La Odisea" de Nolan
La pantalla permanece en negro. Resuena el golpe de un báculo contra un suelo de piedra y una voz profunda recita una historia. Así comienza Christopher Nolan su adaptación de la "Odisea": con un aedo. Una invocación inteligente que advierte al espectador de que, a partir de ese momento, entra en un territorio mítico y que es al narrador, y solo a él, a quien corresponde describir ese mundo. Una manera elegante de señalar que ahí empiezan y también acaban las polémicas. Los espectadores entran en un mundo legendario y, a partir de ese momento, solo a ellos les corresponde aceptar o no las reglas que este propone. Es su única responsabilidad: entrar o no en lo que se les va a contar.
De Homero no se sabe mucho, pero sí conocemos que su nombre real era Melesígenes y que su apodo significa "ceguera", aunque "homeros" también significa "rehén" y "el que hace que las cosas se acompañen entre sí". Esta última acepción es muy plausible y aludiría a su habilidad para componer himnos y rimar versos. También sabemos que no siempre fue ciego (si es que lo fue alguna vez) y que, con toda probabilidad, visitó las ruinas de Troya (argumentos que defiende, entre otros historiadores, Robin Lane Fox, uno de los mayores especialistas en el tema). Entre las obras que dejó hay dos poemas épicos: "Ilíada" y "Odisea". Dos obras que condensan grandes temas de la literatura universal: la muerte, la pérdida, el dolor, la guerra, la piedad, la soberbia, la extranjería y la hospitalidad, el poder, la traición, la lujuria y el honor, la ambición, el orgullo, la riqueza, el respeto por las leyes –humanas o divinas, aunque a lo mejor no exista diferencia alguna entre ellas– y la imposibilidad de regresar a casa siendo el mismo hombre después de una prolongada ausencia.
Celebración del relato
Nolan homenajea a Homero. A través del filme, los personajes se cuentan entre ellos los relatos sobre lo que ha acontecido en Troya, la semilla de sus desgracias, y lo que ha sido de los hombres y las mujeres envueltos en esa guerra. A través de esos relatos conocemos qué fue de Agamenón, Sinón, Helena de Troya, Ifigenia y Clitemnestra. Incluso oímos hablar de Orestes y de su venganza. Toda la cinta es una celebración del arte de transmitir relatos (Nolan participa de esa tradición como director de cine) y contiene una reflexión sobre la importancia de las narraciones, el rasgo más humano de nuestra naturaleza.
El director, sin renunciar a su particular manera de rodar, donde el tiempo y el espacio se convierten en protagonistas indiscutibles –"Dunkerque" (2017) o "Interstellar" (2014) son buenos ejemplos de ello–, aborda con fidelidad las desventuras de Odiseo (Matt Damon) durante su largo viaje, aunque excluye en esta ocasión su encuentro con Nausícaa y los feacios. Con un ritmo reposado, alejado de toda precipitación (esto no es la trilogía de Batman ni tampoco "Gladiator", de Ridley Scott), imprime la viva sensación de las largas travesías y dota a cada capítulo de su propia tragedia y su heroísmo. Un periplo que comienza en la soleada luz del Mediterráneo y que se interna paulatinamente en horizontes de tono ceniciento y paisajes inhóspitos poblados por cíclopes, brujas –Circe (Samantha Norton)–, sirenas o ninfas como Calipso (Charlize Theron), que, con su belleza y la ayuda del loto, es capaz de retener a Ulises. Nolan sabe que el recorrido de Odiseo no es solo geográfico y legendario, sino también psicológico.
La lectura que hace de Ulises no es nueva, ni siquiera para el cine –ahí está "El regreso" (2024), de Uberto Pasolini, con Ralph Finnes y Juliette Binoche–. Lo que hace es profundizar más en su drama que en su valentía y su astucia, y deja de lado su soberbia y su picardía, aspectos que no elude la interpretación que hizo Kirk Douglas del personaje en "Ulises" (1954). Esta mirada –que siempre ha estado ahí– resulta más apropiada para nuestros días y le procura a Nolan la posibilidad de convertirlo en un hombre cargado de remordimientos, como otros personajes de su cine.
Vemos así a un Odiseo marcado por las atrocidades cometidas en el asalto de Troya (la tradición dice que él mató al hijo de Héctor arrojándolo desde las murallas), la pérdida de sus compañeros en el camino de vuelta y el pesimismo que le provoca haber sido el ingenio que concibió el caballo de madera. Porque es en medio de las violaciones y los asesinatos de la población troyana donde contempla lo que ha hecho: por eso la repetida mención a los pueblos del mar. Es ahí también donde Nolan cuela una sutil y pesimista advertencia para nosotros, convirtiendo la caída de Troya y de su civilización en una metáfora de lo que amenaza nuestro mundo.