San Neill, as de la pantalla
La primera vez que fui consciente de la existencia de un actor llamado Sam Neill no fue en los cines ni en la gran pantalla. Fue en la televisión de comienzos de los ochenta, que en mi casa era en blanco y negro y no muy grande. Lo cuento, porque eso demuestra que aquel entonces poco conocido actor nacido en Irlanda en 1947 pero desde muy temprano afincado en Nueva Zelanda, poseía unas cualidades carismáticas capaces de sobreponerse a cualquier formato, por pequeño y apagado que fuera. Fue en la serie británica "Reilly, As de espías" (1983), que dirigían ni más ni menos que Martin Campbell y Jim Goddard. Una miniserie basada en el “auténtico” James Bond o, al menos, uno de los espías reales que sirvieron a Ian Fleming para crear a 007: Sidney Reilly, capaz de infiltrarse en el estado mayor alemán en plena Primera Guerra Mundial y entre los bolcheviques en 1918. Un maestro de espías y un seductor nato. Quedé fascinado por la elegancia, porte y estilo de aquel Sam Neill, que sabía aprovechar cierto parecido con Sean Connery para encarnar al personaje con ironía, sofisticación y magnetismo. Había nacido una estrella.
Pero no una estrella típica de Hollywood, de esas que arrasan con físicos y rostros espectaculares, además de con sus escándalos fuera de las pantallas. Una estrella de las Antípodas en las antípodas, por ejemplo, del australiano Mel Gibson. Bien curtido en los escenarios teatrales, aparte de algún film de culto como el distópico "Perros de pres"a (1977), Neill haría su gran entrada en 1981, protagonizando el mismo año "El final de Damien", tercera parte de "La profecía", como el diabólico Damien Thorn adulto, al tiempo que con la legendaria Posesión de Zulawski, frente a una Isabelle Adjani desatada.
Su consagración llegaría con "Calma total" (1989), estupenda adaptación del thriller de Charles Williams. A partir de entonces, Neill se convirtió en esa clase de profesional de raigambre británica que sirve lo mismo para un roto que para un descosido y todo lo hace igual de bien. Cine comercial —"La caza del Octubre Rojo" (1990), "Parque jurásico" (1993), "El hombre que susurraba a los caballos" (1998)… hasta el Odín de "Thor: Ragnarok" (2017)—, de terror —inolvidable en "La boca del miedo" (1994) o en "Horizonte final" (1997)—, series de televisión —el mejor "Merlín" (1998) y un estupendo Komarovsky en "Dr. Zhivago" (2002)— o películas independientes y de autor —"Sirenas" (1994), "La luna en directo" (2000), "Sweet Country" (2017) y tantas otras—, sin perder nunca el contacto con el cine australiano y neozelandés. Director a ratos, trabajador incansable, Sam Neill nos ha dejado… Y aún así le veremos el año que viene en al menos dos títulos, si no más. El actor que un día pudo ser 007, papel que perdió frente a Timothy Dalton, nunca lo necesitó realmente. Fue una estrella por derecho propio, un actor incombustible. Y mejor que Bond: fue nuestro Reilly, As de espías.