«Cristo es una figura fascinante, trasciende por completo el ámbito de la religión»
Un brujo hablando de Dios. En otros tiempos se le habría condenado a la hoguera. Hoy no. Llenazo y más que ovación este viernes para Rafael Álvarez en el Teatro Soho CaixaBank de Málaga en el estreno absoluto de «La segunda venida de Cristo o el yoga de Jesús». Ayer la respuesta del público no se quedó atrás. Hoy remata en Málaga, pero continúa con su «apostolado» por toda España.
¿Qué se siente en el escenario durante los primeros minutos cuando no sabe si funcionará o no una obra creada de cero?
Es muy difícil describirlo, o al menos yo no soy capaz. Con los años hay menos nervios, acaba transformándose en una especie de estado de alerta. Uno está muy despierto, con una ligera tensión, pero al mismo tiempo experimenta una enorme tranquilidad. Disfruto muchísimo del momento porque percibo toda la atención que me rodea: el público, los técnicos... Es un instante irrepetible.
Con el prestigio que tiene adosado como aval: ¿Por qué adentrarse en un texto nuevo, en lugar de recurrir a un clásico con éxito garantizado?
La segunda venida de Cristo, también subtitulada «El yoga de Jesús» nace, en cierto modo, como una continuación de «Autobiografía de un yogui». El espectáculo está inspirado en las obras de Paramahansa Yogananda, un gran maestro de la meditación al que sigo desde hace muchos años. Yogananda fue una figura extraordinaria. Abrió un puente entre la espiritualidad de la India y el mundo occidental porque realiza un estudio comparado entre las enseñanzas de Jesucristo y las grandes tradiciones espirituales de la India, especialmente las de Krishna recogidas en el Mahabharata. Su conclusión es que ambas transmiten, en esencia, un mismo mensaje. Me parece algo profundamente esperanzador, sobre todo en un mundo globalizado pero, al mismo tiempo, dividido por conflictos, prejuicios y enfrentamientos. Descubrir que Oriente y Occidente comparten una raíz espiritual común ayuda a comprender que las diferencias son, muchas veces, culturales o rituales, mientras que la esencia permanece intacta.
Pablo d’Ors siempre deja caer que se ha occidentalizado Jesús de Nazaret...
Jesús nació en Oriente Próximo y los estudios subrayan precisamente el carácter profundamente contemplativo de sus enseñanzas. Jesús invita constantemente a mirar hacia el interior. No propone una religión basada en las formas externas, sino un camino de transformación interior. Basta leer los Evangelios para comprobar que insiste una y otra vez en ello: «El Reino de Dios está dentro de vosotros».
¿Qué es lo que más le ha atraído de la figura de Cristo?
Me parece absolutamente fascinante. Los cuatro Evangelios ofrecen un retrato extraordinario, pero el de san Juan me ha interesado especialmente porque posee una dimensión profundamente mística y, si se quiere, también artística. Jesús trasciende por completo el ámbito de la religión cristiana entendida como institución. Su figura es mucho más amplia. Basta pensar que entre el mensaje de Jesucristo y episodios como la Inquisición existe una distancia inmensa, aunque ambos hayan quedado vinculados históricamente. Hoy ocurre algo parecido. Existen numerosos movimientos cristianos y evangélicos que apelan a Jesucristo desde posiciones completamente distintas. En Estados Unidos hay sectores evangélicos que apoyan decididamente a Donald Trump, bendiciendo sus guerras. Más allá de cualquier valoración política, su manera de situarse ante la realidad y los valores que transmite están muy lejos de Jesús.
En su «segunda venida» Donald Trump se ha llegado a presentar como otro mesías…
Eso demuestra hasta qué punto existe una enorme confusión. Conocemos muy poco a Jesucristo. Su figura nos ha llegado condicionada por la forma en que ha sido transmitida a lo largo de los siglos. Ahora bien, no me gusta caer una crítica simplista de la Iglesia, no es mi objetivo. Dentro de la Iglesia ha habido episodios profundamente contrarios al Evangelio, pero también han existido y existen grandes santos y grandes místicos que han encarnado de forma ejemplar las enseñanzas de Jesús. Ahí están san Francisco de Asís, santa Teresa de Calcuta y tantos otros. Las instituciones, por sí mismas, no son buenas ni malas: son las personas quienes les dan su verdadero rostro. Lo mismo sucede con la política. En todos los partidos puede haber corrupción. El problema no está tanto en las siglas como en la condición humana. Por eso echo de menos una reflexión más profunda. Con demasiada frecuencia nos dejamos arrastrar por la propaganda, por los eslóganes, por la repetición de consignas o por las reacciones viscerales, en lugar de detenernos a pensar.
Hablando de tanta corrupción, reinante, ¿ha perdido la fe en el ser humano?
No, en absoluto. Creo que el ser humano posee una naturaleza profundamente divina. Esa es la enseñanza de Jesucristo. Todos llevamos dentro un enorme potencial. Tenemos inteligencia, libertad y voluntad. Esas tres facultades nos permiten desarrollarnos y superar nuestros propios límites. Basta contemplar la vida de personas como san Francisco de Asís, que era divino, para comprender hasta dónde puede llegar un ser humano cuando despliega plenamente esa dimensión espiritual.Cuando digo que el ser humano es divino no quiero decir que cada uno sea Dios en un sentido egocéntrico o narcisista. Hablo de un potencial divino que habita en cada persona. Jesucristo lo expresa con enorme claridad cuando afirma que somos hijos de Dios.Hay un pasaje del Evangelio de san Juan en el que, acusado de blasfemia por proclamarse uno con el Padre, responde recordando las Escrituras: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”». Es un texto extraordinario sobre el que apenas se ha insistido. En cambio, sí se ha puesto mucho énfasis en la idea del pecado y de la culpabilidad. Y, por supuesto, existe el pecado, porque somos libres y podemos elegir entre el bien y el mal. Pero durante siglos se ha insistido más en recordar al ser humano sus caídas que en mostrarle la grandeza de aquello a lo que está llamado. Sería como acudir a un psicólogo para superar un trauma y que, en lugar de ayudarle a descubrir sus capacidades, le recordara constantemente sus errores. Ese enfoque difícilmente libera a nadie.