Andrés Cadavid: «El azúcar no alimenta el cáncer ni la dieta lo cura»
No, el azúcar no alimenta el cáncer. No, la quimioterapia no mata más que la enfermedad. Y no, no existe una cura secreta que las farmacéuticas estén ocultando. En tiempos de TikTok, gurús de la salud y pseudoterapias virales, el oncólogo Andrés Cadavid desmonta con rotundidad mitos en su libro «Cáncer, ni milagros ni cuentos» porque, tal y como asegura, la desinformación puede ser casi tan peligrosa como la propia enfermedad.
Cuando alguien escucha la palabra “cáncer”, suele aparecer inmediatamente el miedo. Sin embargo, usted insiste mucho en que necesitamos información clara y realista.
El miedo es probablemente la reacción más humana cuando escuchamos la palabra cáncer, porque automáticamente la asociamos con sufrimiento, incertidumbre y, sobre todo, con una amenaza directa a la supervivencia. Pero también hay otro factor importante: el desconocimiento. Muchas personas siguen teniendo una imagen del cáncer basada en lo que ocurría hace veinte o treinta años y no son conscientes de los enormes avances que hemos logrado en diagnóstico precoz, curación y cronificación de muchos tumores. La medicina no puede prometer certezas absolutas, pero sí puede ofrecer algo muy valioso: contexto, evidencia y honestidad. Y muchas veces, la información correcta también forma parte del tratamiento.
¿Puede llegar esta desinformación a ser tan peligrosa como la propia enfermedad?
Sí, y lo vemos más de lo que la gente imagina. La desinformación puede retrasar diagnósticos, hacer que un paciente abandone tratamientos eficaces o generar falsas expectativas que terminan en frustración y sufrimiento. Hay personas que llegan tarde al hospital porque primero probaron “curas naturales” que encontraron en redes sociales o porque alguien les prometió soluciones milagrosas. Internet ha democratizado el acceso a la información, pero también la confusión. Y el problema es que, en salud, no toda opinión tiene el mismo peso. Hoy convivimos en un entorno donde un premio Nobel, un oncólogo, un influencer o alguien con millones de seguidores pueden ocupar exactamente el mismo espacio en la pantalla del móvil. El algoritmo no diferencia evidencia científica de convicción personal. El cáncer no solo se combate en hospitales, sino también aprendiendo a distinguir información fiable de ruido.
El título de su libro es muy directo: “ni milagros ni cuentos”. ¿Qué “cuentos” sobre el cáncer son los más extendidos?
Hay muchísimos, y además van cambiando con las modas sociales. Uno de los más conocidos es que “el azúcar alimenta el cáncer”. La realidad es bastante más compleja porque todas las células de nuestro cuerpo utilizan glucosa como fuente de energía, no solo las cancerosas. El problema real no es comer una fruta o un carbohidrato puntual, sino patrones metabólicos más amplios como la obesidad, el sedentarismo o determinados hábitos poco saludables. También están muy extendidos los mitos relacionados con dietas extremas y ayunos prolongados como supuestas “curas” del cáncer.
La marihuana suele presentarse como una posible terapia contra el cáncer. ¿Qué dice realmente la evidencia científica?
Aquí hay mucha confusión. Algunos derivados del cannabis pueden ayudar a controlar síntomas concretos, como dolor, ansiedad o náuseas en determinados pacientes, pero eso es muy diferente a afirmar que “cura el cáncer”. En laboratorio, vemos resultados prometedores constantemente con muchísimas sustancias, pero trasladar eso a pacientes reales es muchísimo más complejo. Y después cada tumor es un mundo completamente diferente. No podemos hablar del cáncer como si fuera una única enfermedad con una única solución universal.
¿Cuál es el mito más peligroso?
Cualquiera que retrase un diagnóstico o haga que una persona abandone un tratamiento eficaz. En oncología, el tiempo importa muchísimo. Hay pacientes que no empeoran por haber probado algo alternativo, sino por haber dejado de hacer aquello que sí tenía evidencia científica y posibilidades reales de ayudarles.
Más allá de retrasar los tratamientos, ¿hay pseudoterapias que puedan causar daños directos?
Sí. Algunas no solo carecen de evidencia científica, sino que pueden resultar perjudiciales por sí mismas. Una de ellas es la del dióxido de cloro o MMS, que se ha vendido como “cura” para múltiples enfermedades, incluido el cáncer, cuando en realidad puede provocar toxicidades graves, problemas digestivos severos e incluso situaciones potencialmente mortales. Otro ejemplo es la idea de “alcalinizar el cuerpo”. Suena convincente en internet porque simplifica muchísimo la biología, pero nuestro organismo regula el pH de forma extremadamente precisa. Si realmente cambiáramos el pH de la sangre de manera importante, el problema más urgente ya no sería el cáncer, sino que probablemente estaríamos en una UCI.
Además del riesgo para la salud, ¿estas falsas terapias tienen también un coste económico importante?
Sin duda. Existe una consecuencia de la que se habla menos: la toxicidad económica. Hay familias que terminan gastando cantidades enormes de dinero en tratamientos sin evidencia, movidas muchas veces por la desesperación.
¿Qué hay de cierto en las dietas anticáncer?
La alimentación sí influye en la salud y en el riesgo de desarrollar determinados tumores, pero eso es muy diferente a afirmar que existe una dieta capaz de curar el cáncer. Hoy sabemos que patrones de alimentación saludables, como la dieta mediterránea, se asocian con beneficios cardiovasculares, metabólicos y probablemente con menor riesgo de algunos tumores. También sabemos que la obesidad está claramente relacionada con varios tipos de cáncer, como mama postmenopáusico, colon, endometrio, hígado o esófago, entre otros. Es decir, mantener hábitos saludables sí importa, pero una cosa es prevención y otra muy distinta prometer curaciones milagrosas. El problema aparece cuando internet convierte conceptos reales en mensajes absolutos: eliminar azúcar, ayunar durante días o seguir dietas extremas como si fueran sustitutos de la medicina. Y ahí es donde muchas personas terminan confundidas o culpabilizadas. La ciencia suele ser menos espectacular que los titulares virales, pero también mucho más honesta.
¿Internet y las redes se han convertido en un problema sanitario?
Creo que se han convertido en uno de los grandes retos actuales de la salud pública. Precisamente por eso quise incluir el último capítulo del libro, para enseñar herramientas básicas que ayuden a distinguir mejor lo verdadero de lo falso. Hoy cualquiera puede buscar algo en Google, ChatGPT o redes sociales y sentir que ya domina un tema complejo. Pero quienes trabajamos investigando o leyendo literatura científica todos los días solemos tener la sensación contraria, es decir, cuanto más aprendemos, más conscientes somos de todo lo que todavía no entendemos. Y eso nos vuelve mucho más cautelosos a la hora de hacer recomendaciones.
¿Qué riesgos hay cuando figuras públicas hablan con seguridad sobre temas de salud?
Hablar con convicción no significa necesariamente tener razón. Hace poco vimos un ejemplo muy comentado en televisión, cuando el futbolista Marcos Llorente habló en "prime time" sobre medidas relacionadas con la exposición solar con una seguridad que podía resultar peligrosa para mucha gente. El algoritmo premia lo emocional, lo sorprendente y lo contundente. La ciencia, en cambio, suele avanzar con más matices, más dudas y más prudencia.
Quizá tenemos tantas ganas de curar el cáncer que nos agarramos a estas “soluciones milagro”.
Exactamente. El cáncer toca algo muy profundo, como es el miedo a perder el control, el miedo al sufrimiento y a la muerte. Y cuando alguien tiene miedo, es mucho más vulnerable a cualquier mensaje que prometa esperanza inmediata. No creo que la mayoría de las personas que buscan estas soluciones sean ingenuas. Pienso que son personas desesperadas intentando encontrar una salida. El problema aparece cuando alguien aprovecha esa vulnerabilidad para vender falsas promesas disfrazadas de medicina.
¿Conseguiremos esta ansiada cura?
El cáncer engloba más de doscientas enfermedades diferentes, por lo que es muy difícil hablar de una única cura universal. Pero sí estamos viendo algo muy importante: los avances recientes están cambiando la historia natural de muchos tumores. En fases tempranas buscamos curación. Y en enfermedad metastásica, cada vez hablamos más de cronificación, es decir, de convertir algunos cánceres en enfermedades controlables durante años. Hace apenas dos décadas había tumores con muy pocas opciones terapéuticas y hoy vemos pacientes viviendo mucho más tiempo y con mejor calidad de vida gracias a la inmunoterapia, las terapias dirigidas o los nuevos tratamientos moleculares. La oncología probablemente está viviendo una de las etapas de mayor revolución científica de su historia.
¿Cuáles son las principales líneas de investigación para lograrlo?
Ahora mismo, hay varias áreas apasionantes. Una de ellas es la medicina de precisión, que busca identificar alteraciones concretas de cada tumor para desarrollar tratamientos dirigidos específicamente contra esas “dianas” moleculares. También estamos viendo avances enormes con los llamados ADCs o conjugados anticuerpo-fármaco, que funcionan casi como “misiles inteligentes”: reconocen células tumorales y liberan la quimioterapia de forma mucho más selectiva. Otra revolución es la inmunoterapia, que intenta enseñar al propio sistema inmune a reconocer y atacar el cáncer. Y en algunos tumores hematológicos, terapias como los CAR-T han conseguido resultados que hace años parecían ciencia ficción, modificando células inmunes del propio paciente para que ataquen el tumor. Y algo fundamental: el diagnóstico precoz. Cuanto antes detectamos un cáncer, más opciones de tratamiento y curación tenemos. Por eso áreas como la biopsia líquida y el diagnóstico molecular precoz están despertando tantísimo interés.
¿Cuál es la mejor lucha contra el cáncer?
La mejor lucha combina prevención, diagnóstico precoz, investigación científica y acceso equitativo a tratamientos de calidad. Pero añadiría algo más: educación. Una sociedad informada toma mejores decisiones. Vacunarse frente al VPH, dejar de fumar, participar en programas de cribado o consultar síntomas a tiempo salva muchísimas más vidas de las que imaginamos. La ciencia salva vidas, pero la información correcta también.