León XIV enseña sus cartas: la era del poder compartido
Dos días de encierro fuera de la Capilla Sixtina y sin fumata. De reflexión y debate. Pero, sobre todo, de marcar las reglas del juego para los próximos años. Los del pontificado de León XIV. El Papa agustino ha reunido durante 48 horas a los miembros del Colegio Cardenalicio en lo que se conoce en la jerga eclesial como consistorio. Hasta la fecha, estas reuniones eran meramente informativas, pero en enero, cuando convocó el primer consistorio de su pontificado, Robert Prevost ya anunció que los convocaría anualmente a modo de órgano consultivo. O lo que es lo mismo, apostar por un gobierno colegiado que asesore al ‘número 1’. Y, de alguna manera, como ya dejó caer León XIV en su discurso de apertura del viernes: para que le digan a la cara las críticas a sus futuribles reformas y diluir así las conspiraciones y corralas mediáticas de algunos cardenales díscolos que buscaron cuestionar por esta vía la autoridad del fallecido papa Francisco.
De los 241 purpurados vivos, han asistido 178, un número más que significativo. Sobre todo, porque de ellos, 117 son electores y el resto tienen más de 80 años, por lo que se presupone que los ausentes lo son por cuestiones de salud.
Ante ellos, en el discurso de clausura, León XIV reivindicó este foro en el que busca promover «la escucha mutua» y el «discernimiento común»: «No un parlamento, no un congreso en el que prevalecen opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión».
Desde el Aula Nueva del Sínodo, compartió con quienes le eligieron Papa hace más de un año que esta manera de organizarse «es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, para que cada bautizado, según la propia vocación y responsabilidad, participe en la construcción de la civilización del amor y al servicio del bien común».
Y es ahí donde volvió a reivindicar uno de los principales legados abiertos de Francisco: la llamada sinodalidad. «La cuestión de la sinodalidad no es ante todo quién tiene el poder de decidir», dijo ante los purpurados, consciente de que algunos de ellos se resisten a que cualquier cristiano de a pie, por ejemplo, una mujer, pueda asumir roles de liderazgo. «La sinodalidad no es un conjunto de reuniones ni un método de trabajo, es un estilo espiritual, nace del encuentro», aclaró. A la vez, dejó un encargo a quienes le escuchaban en el auditorio: «Deseo confiarles una vez más el camino de la aplicación del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las Iglesias a las que sirven, favoreciendo una comprensión auténtica, incentivando a todos a participar en él. Se trata de ayudar a nuestras iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico».
Justo antes de la intervención papal de clausura, intervino el cardenal Mario Gregh, una figura clave en el ‘staff’ vaticano. Es el secretario general del Sínodo de los Obispos, esto es, el encargado de tutelar el modelo de Iglesia más participativa y horizontal, menos jerárquica y clerical, que esbozó Francisco. Su intervención, con el aval de León XIV, vino a certificar que esta puesta es imparable.
Es más, argumentó que, lejos de ser una ocurrencia del Papa argentino, «la fase de implementación se convierte en una nueva etapa en la recepción del Concilio Vaticano II y en la renovación misionera de la Iglesia dentro de las realidades concretas de la vida eclesial». «Esta es la responsabilidad que el Santo Padre, el Papa León XIV, nos anima a asumir juntos: no solo conservar una herencia recibida, sino hacerla fructificar en la vida de las Iglesias y en la misión confiada a la Iglesia en nuestro tiempo», comentó, sabedor de que sus palabras estaban supervisadas por su ‘jefe’.
Con estas coordenadas, Grech instó a los cardenales a convertirse en los principales promotores de este proceso. «Todos compartimos la responsabilidad de custodiar la comunión eclesial y de hacer avanzar la misión de la Iglesia», aseveró. Y les hizo responsables de «alentar procesos de recepción, ayudar a superar malentendidos y temores, y favorecer un clima de confianza y comunión».
El cardenal maltés expuso que ahora es el momento de que las parroquias, las congregaciones, los movimientos, las diócesis y las Conferencias Episcopales aterricen este «deseo extendido de participación, escucha mutua y discernimiento comunitario». Aún así, admitió que la acogida de este nuevo modelo de organizarse como Iglesia no ha sido «uniforme». «En algunos lugares, el camino fue acogido con entusiasmo; en otros, encontró resistencias, dificultades y preguntas», admitió el purpurado en su alocución.
En este contexto, Grech subrayó que el obispo «desempeña un papel insustituible», puesto que «es responsable de favorecer el discernimiento, custodiar la comunión, alentar la participación y guiar el proceso de recepción».
A la par, recordó que a partir de ahora se llevarán a cabo diferentes reuniones nacionales, regionales y continentales que no buscan ser una auditoría, sino un intercambio de experiencias. La meta estaría en 2028. Es entonces cuando se celebrará una asamblea eclesial en Roma y que presidirá el Papa. «Deberá ser precisada ulteriormente a la luz del camino que las Iglesias emprenderán en los próximos años», comentó. Eso sí, aclaró que «no está concebida como una nueva asamblea sinodal».
Con todos estos ingredientes, Grech insistió en que la sinodalidad no es un modelo de gestión, sino que está orientado a que la Iglesia pueda resituarse para ser fiel a su misión evangelizadora en un mundo en guerra.