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Donald Trump y el MOU de Irán

El texto completo del MOU muestra que la condicionalidad mantiene la iniciativa en manos de Donald Trump y desmonta la propaganda que lo presenta como una rendición ante Teherán. Un memorando de entendimiento con Irán no equivale a una capitulación ni a un acuerdo definitivo. Su función es establecer el marco de negociación y fijar las condiciones previas que deberán cumplirse antes de cualquier pacto vinculante. La lectura detallada del MOU apunta en un sentido muy distinto al difundido por la propaganda anti-Trump o los conservadores que confunden un MOU con un acuerdo final. El memorando no otorga ninguna concesión automática, sino que establece un sistema de condiciones que mantiene la capacidad de presión de Estados Unidos.

Algunos amigos afirman que no se ha conseguido un cambio de régimen. Tal vez ellos deberían apuntar a la sociedad civil y la oposición que no ha presentado un programa de cambio, un equipo de sustitución y no ha podido moverse para llevar a cabo el cambio radical ante la represión creciente del régimen. Y, sin embargo, como hemos visto en Venezuela, lo que hace Estados Unidos es garantizar el cambio monitorizando todo el proceso. Si no entiendes que en Irán hay varios “Delcy”, es que prefieres no mirar.

Vayamos al texto del MOU. La primera manipulación que conviene desmontar es la más básica: confundir un memorando de entendimiento con un acuerdo final. Un MOU ordena una negociación, delimita marcos de discusión y define los pasos de un proceso, pero no activa por sí mismo ninguna contraprestación prevista en un eventual pacto final posterior. Por eso resulta tan importante el lenguaje del documento. Expresiones como “sujeto a” o “como parte del acuerdo final” no son adornos diplomáticos; son cláusulas de condicionalidad. Indican que nada se concede por adelantado. Cada movimiento queda subordinado al cumplimiento verificable de las exigencias impuestas a Teherán en cuanto a la apertura sin condiciones ni límites de Ormuz, la entrega del uranio enriquecido, el programa nuclear y el cese total de hostilidades. Por supuesto, esto incluye a todos los proxys.

Ahí reside precisamente la fortaleza política del texto. Donald Trump mantiene el control porque conserva la palanca decisiva: el levantamiento o la flexibilización de las sanciones no se produce en el momento de la firma del memorando ni durante los primeros sesenta días, sino cuando Irán cumpla todos los hitos concretos. Eso implica un esquema de incentivos medible, reversible y monitorizado. Irán no recibe confianza ni un as en la manga; debe ganársela. Y, sobre todo, debe hacerlo bajo la amenaza creíble de que cualquier incumplimiento devuelve la presión económica y estratégica a su máxima intensidad.

Esta arquitectura de condicionalidad es incompatible con la idea de “rendición” que algunos han querido vender. Quien presenta el MOU como un regalo de dinero no entiende, o actúa como si no entendiera, que la discusión no es sobre dar nuevos fondos, sino sobre la posible devolución limitada de algunos activos iraníes que estaban congelados, y solo si se cumplen ciertas condiciones.La diferencia no es semántica, sino política. Una cosa es transferir recursos sin contrapartidas; otra muy distinta es liberar de forma gradual y condicionada fondos del propio Irán, convertidos precisamente en mecanismo de presión por las sanciones. Lo mismo ocurre con la sandez repetida sobre “regalar 300.000 millones de dólares” a Irán. Estados Unidos no regala nada, no transfiere nada y, lo más importante, es un fondo de inversión externo y condicionado. Este conllevaría el control real de la economía iraní por los inversores del Golfo si se llevase a cabo. Solo va a darse con la apertura económica total de Irán.El que no entienda esta última parte simplemente está ignorando la evidencia de casos similares.

La segunda gran clave del MOU es que la presión no desaparece en los tres frentes estratégicos centrales, sino que se concentra sobre ellos: Ormuz, el uranio y las hostilidades. En el estrecho de Ormuz, el texto no normaliza la situación sin más. La reapertura y estabilización del tránsito marítimo aparece vinculada a un cese efectivo de las agresiones y a un marco verificable de desescalada sin contrapartida alguna. Los que dicen que Irán va a recibir millones sin sanciones simplemente mienten. No se levanta ninguna sanción hasta que se verifique el cumplimiento total. Mantener la presión sobre ese punto obliga a Irán a elegir entre seguir sufriendo, ya que sus exportaciones dependen en un 80% del estrecho de Ormuz, que supone el 65% de los ingresos fiscales de Irán y el 25% de su PIB, o avanzar hacia un alivio condicionado.

En el terreno nuclear, el MOU no sugiere una cesión de Estados Unidos, sino inmovilizar la principal baza negociadora del régimen: su capacidad de enriquecer y acumular uranio. Las referencias al control del stock enriquecido y a los límites operativos del programa muestran que Washington busca algo muy concreto: que Irán pierda su único arma de chantaje estratégico mientras se negocia el acuerdo final. Sin esa capacidad de presión, el régimen llega a la mesa en una posición notablemente más débil, lo que refuerza la utilidad del memorando como instrumento previo de contención.

Lo mismo sucede con las hostilidades. El alto el fuego o la pausa operativa que pueda derivarse del MOU no representa una amnistía estratégica para Teherán. Al contrario, funciona como un test de comportamiento bajo vigilancia. Si Irán incumple, la responsabilidad del fracaso recae sobre el régimen y legitima la reactivación de la presión militar y económica. Esa lógica convierte el memorando en una herramienta de exposición: obliga a Teherán a demostrar si realmente desea lo mejor para su población o si solo busca tiempo, oxígeno financiero y espacio para recomponer fuerzas. Por eso estos sesenta días no le dan tiempo, se lo quita.

Irán y Estados Unidos saben que las infraestructuras en marcha de Irak, Emiratos y Arabia Saudí hacen que Ormuz importe cada vez menos y, como dice un amigo del sector petrolero, “en dos meses no servirá ni para hacer surf”. No entender la importancia vital de estos sesenta días es simplemente entregarse al TDS (Trump Derangement Syndrome).

Por eso la propaganda proiraní y anti-Trump ha reaccionado intentando colonizar el relato antes de que se leyera el texto completo, y los que lo han hecho ignoran, a sabiendas, frases tan esenciales como “sujeto al acuerdo final” y “como parte del acuerdo final”. Sus mensajes se apoyan en tres distorsiones repetidas: presentar una hoja de ruta como si fuera un compromiso final, describir la posible liberación condicionada de activos como si fuera un regalo masivo de fondos del contribuyente estadounidense y vender cualquier pausa táctica como una victoria del régimen. Esas tesis no resisten un análisis riguroso del lenguaje del MOU ni de la secuencia de incentivos que articula.

Los críticos dicen que no hay que fiarse del régimen. El MOU es la evidencia de esa falta de confianza. Dicen que se facilita a Irán acceso a millones sin condiciones, y es completamente falso. Y dicen que tendría que haberse acabado con el régimen. Muy bien, las quejas sobre eso las deben enviar a la oposición que se ha quedado silbando en Irak, a Macron, Merz y el resto de los socios de la OTAN que han jugado al avestruz y no apoyaron en nada. Estados Unidos no juega a aspiraciones de liberales de salón y estrategas de televisión; negocia con realidades, y sabe que hoy una solución venezolana es factible, pero la fantasía de ciencia ficción de cierta derecha estadounidense y española, no.

La importancia del memorando, por tanto, no está en lo que entrega, porque no entrega nada, sino en lo que retiene. Retiene la capacidad de condicionar, verificar, revertir y escalar presión. Retiene el control estadounidense sobre el calendario y sobre la apertura. Y retiene, además, la posibilidad de que cualquier acuerdo final se construya desde una posición de control económico (ahí es clave entender el fondo de inversión sin caer en sectarismos), no desde una lógica de apaciguamiento. Ese es el punto central que desmiente tanto el discurso de la rendición como la propaganda interesada de Teherán: el MOU no cierra la negociación, la abre bajo términos que dejan a Irán sometido a prueba.

Irán no gana nada y el tiempo juega en su contra. Estados Unidos no regala nada y el tiempo juega a su favor. Todos los países del golfo lo entienden. No apuestes contra América.

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