De las croquetas de nivel a la tortilla "regulera": una española pone nota al restaurante de José Andrés en Chicago
Exportar la esencia de nuestra gastronomía se ha convertido en un negocio de prestigio, pero también en un desafío para el bolsillo de quien busca el sabor de casa lejos de nuestras fronteras. José Andrés, el cocinero asturiano que ha conquistado los paladares de la élite estadounidense, es el máximo exponente de esta «diplomacia del plato». Sin embargo, su propuesta en Chicago ha reabierto un debate recurrente sobre el coste de la marca España en el extranjero y la realidad de los precios que se manejan al otro lado del Atlántico.
El precio de la marca España
Una cena reciente en su emblemático restaurante Jaleo ha servido para ilustrar esta brecha económica. Con una factura que alcanzó los 150 dólares (aproximadamente 140 euros al cambio) por una velada para dos personas, la experiencia pone de manifiesto el estatus de lujo que adquieren productos que en España consideramos cotidianos. Según su TikTok, Marta se vio obligada a renunciar a una ración de jamón al comprobar que su precio ascendía a 40 dólares, una cifra que choca frontalmente con la accesibilidad del producto en cualquier mercado de nuestra geografía.
La cena incluyó una selección de platos que intentan sintetizar el recetario nacional: desde croquetas de pollo hasta una fideuá negra con marisco, pasando por el omnipresente pulpo a la gallega. Todo ello regado con sangría, el eterno cliché que sigue funcionando como motor de ventas fuera de nuestras fronteras. No obstante, el elevado coste no siempre es sinónimo de perfección técnica, y las críticas surgen cuando se tocan los pilares fundamentales de nuestra cocina más tradicional.
Claroscuros en el recetario
A pesar de la solvencia del equipo de José Andrés, no todos los platos superaron el examen del paladar español. Mientras que el crujiente de sobrasada con queso de cabra y miel fue celebrado como un acierto rotundo, la tortilla de patatas —verdadera piedra de toque de cualquier cocinero nacional— fue calificada de "regulera", quedando lejos de las expectativas que genera un embajador de tal calibre. Este contraste evidencia la dificultad de replicar la sencillez de nuestra cocina popular bajo los estándares de una metrópoli como Chicago, donde la logística y el producto local imponen sus propias reglas.
Lo más sorprendente de este fenómeno es que, pese a las quejas puntuales por el precio del jamón o la ejecución de la tortilla, el sentimiento de pertenencia termina por imponerse a la lógica financiera. El veredicto final es de un éxito rotundo, hasta el punto de que los protagonistas aseguran que la experiencia compensa el desembolso. El sello del chef asturiano ha logrado consolidar el peaje de la nostalgia como un valor seguro en el mercado global, demostrando que el comensal español está dispuesto a pagar por su identidad incluso cuando el precio cuadruplica el de cualquier taberna de nuestro país.