La conexión entre León XIV y los Juegos del 92 o cuando todo el mundo hace lo que debe
La visita de León XIV a Barcelona es la tercera que un Papa realiza a la Ciudad Condal. Sus predecesores fueron Juan Pablo II y Benedicto XVI. El primero llegó en 1982 después del Mundial de Naranjito y la victoria del PSOE en las generales. Su paso por el Camp Nou todavía hay quien lo recuerda. Maradona, Ronaldinho, Messi... nadie en el santoral azulgrana fue capaz de congregar a 130.000 personas en el estadio. Juan Pablo II sí. Ni cuando el Spotify Camp Nou esté concluido albergará un número así de aficionados. El paso de Benedicto XVI fue menos impactante. Apenas 24 horas en la capital catalana.
León XIV llega después de haber triunfado en todos los escenarios que ha pisado en la capital. Del Bernabéu y alrededores a la Cibeles, su «tour» ha sido impactante. En Barcelona ha tenido como uno de los momentos culminantes la vigilia en el Estadio Olímpico de Montjuïc. Es el único escenario en España que justifica su nombre de olímpico y acogió alguno de los momentos más memorables que se vivieron en los Juegos de Barcelona’92.
El exconsejero delegado del Comité Organizador, Josep Miquel Abad, fue uno de los padres de todo lo que sucedió hace casi 34 años allí. Su resumen de los Juegos es el soñado por cualquier comité organizador de un gran evento: «Todo el mundo hizo lo que tenía que hacer». La implicación de todas las administraciones sin excepción –Estado, Generalitat, Ayuntamiento y Comité Olímpico Español– fue fundamental para que los Juegos se bautizaran como los mejores de la historia. Y no sólo lo pensó Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional. El legado situó a la capital catalana como indiscutible referente de lo que todavía no se conocía como «marca España» y que surgió 20 años después.
El estadio situado en la montaña olímpica fue un ejemplo de unos Juegos al servicio de la ciudad y no al revés. No hubo derroches sonrojantes, no se dilapidaron recursos y no se construyeron infraestructuras faraónicas, pero inútiles. «Se hizo lo necesario y estratégico para el presente y el futuro del territorio. Se supo contagiar el entusiasmo al conjunto de la población, haciéndola sentir que los Juegos eran suyos y toda la gente respondió masivamente, de forma admirable, ejemplar. Miles de voluntarios dieron lo mejor de sí mismos en un gigantesco ejemplo de generosidad. Además, la representación deportiva española hizo su contribución al éxito como tocaba, forrándose a medallas. Fue redondo», recuerda Abad.
El Estadio Olímpico se convirtió en un referente desde la ceremonia inaugural parida por la Fura dels Baus. Freddy Mercury y Montserrat Caballé interpretaron el himno sentimental de los Juegos con «Barcelona», el principio de una bella amistad que desgraciadamente no duró mucho. El actual Rey de España, Felipe VI, ejerció de abanderado. Su sonrisa, su emoción y la de toda la Familia Real fueron el sentimiento de un país entero. Pero si hubo algo especial en el escenario en que el Papa ha protagonizado la vigilia en Barcelona fue el encendido de la antorcha olímpica. Epi fue el último relevista, el encargado de encender con la antorcha la flecha que iba a lanzar Antonio Rebollo al pebetero. Todo en su sitio. Rebollo se giró, tensó el arcó, apuntó, lanzó la flecha y la parábola que trazó acabó con el fuego olímpico en lo más alto del estadio. El resumen de que todo el mundo hizo lo que debía. Como en la vigilia con León XIV.