Hace 44 años yo estaba en la plaza de Lima de Madrid en la Misa para las familias que presidió San Juan Pablo II. España estaba culminando la transición a la democracia, Felipe González acababa de arrasar en las urnas y la Iglesia venía de una compleja digestión del Concilio Vaticano II y de una etapa de cierta introspección. La marea humana en torno al Papa fue inconmensurable y provocó que un diario titulase al día siguiente a toda plana: «Huracán Wojtyla». La palabra «huracán» no es, quizás, la que mejor cuadra al «Papa tranquilo» que es Robert Prevost, pero de nuevo un viento de fe y de razón, un viento de unidad en torno al Evangelio que ha fecundado...
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