Me humilla una vez al mes... y siempre vuelvo
Decidimos vernos cada mes, lo cual me pareció un alivio porque ella es una buena amiga, pero es de esas que te dicen las cosas como son: al pan, pan y al vino, vino.
Sin tapujos ni apariencias. Descarnada como la verdad.
Yo, que siempre la busco con recelo, que la trato con respeto y consideración y le ando de larguito, procuro no tenerla muy presente. No la evoco, no la pienso, no la recuerdo.
Aunque ella, fiel a sus principios, cuantos más años tengo, más presente está en mi vida; me observa silenciosa con una ceja levantada, esperando mi llamada.
Yo sé que, en cuanto estemos frente a frente, su sonrisita sarcástica será todo un discurso de “te lo dije”; “te lo advertí”. Por eso, evito nuestras citas y las alargo lo más que puedo.
La verdad, llevamos una relación un poco fría porque, como les digo, es bueno tener una amiga franca y honesta, pero a veces sus verdades son pedradas al corazón, al hígado, al sistema nervioso y al digestivo.
En cada encuentro, yo casi siempre llevo la peor parte. Es que no se puede con amigos tan drásticos y contundentes.
Dicen –dicen– que la verdad no peca, pero incomoda; que no todas las verdades se pueden decir y que, a veces, es mejor pensar lo que se dice que decir lo que se piensa, pero a ella nada de eso le mortifica.
Así como un balde de agua fría, me tira lo que debo saber y luego se queda tan tranquila, sin preocuparse de herir mis sentimientos, sin escuchar mis pretextos o explicaciones.
Por eso, últimamente no le digo mucho; no le digo nada.
Vivo mis días recordando sus verdades y trato de cumplir mi parte, con la esperanza de que la siguiente vez que nos veamos la sesión sea más llevadera, más equilibrada, más edificante.
Ah... porque todo es mi culpa.
Ella tiene la filosofía de que esta vida es como un plato de huevos con jamón: la gallina solo pone los huevos, pero... ¿el chancho? ¡El chancho tiene que poner el pellejo! Y en esta analogía, el chancho siempre soy yo.
Eso está muy claro. Por más que yo le pida misericordia, ella, impávida, inconmovible, se limita a decir su verdad y a mí me queda ver qué hago con ella.
Ahí veré si tomo medidas o sigo literalmente, a lo “chancho chingo”.
Tampoco es que ella esté pendiente de que yo la cite.
Siempre está disponible, no hay agenda que le impida verme ni lugar especial para nuestros careos.
Yo, por mi parte, sabiendo lo que me espera, trato, obviamente, de no verla en fechas especiales como fines de año o tiempos de descanso.
Se pone especialmente dura cuando he cometido el error de vernos luego de estas épocas.
Eso no resuelve nada. Aunque no nos veamos, es como si la tuviera mentalmente repitiéndome sus verdades, aun cuando no quiero ni verla.
Pero aquello de “al mal paso dale prisa” y “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” taladra mi conciencia y, para no procrastinar, como se le dice ahora a la bendita manía de no hacer lo que toca, decidí convocarla esta mañana.
Llegamos puntuales.
Ella, con su proverbial actitud de estatua de mármol.
Yo, ligera de haber sido valiente y enfrentármele.
Nos miramos.
Ella meditó un momento.
Yo cerré los ojos, porque me esperaba lo peor.
Pero, dubitativa y generosa, me dijo lo que tenía entre pecho y espalda.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, quise abrazarla, darle las gracias por su honestidad y renovar mi promesa de seguir cumpliendo con lo pactado.
La báscula, sí, la maldita báscula, en su pantalla digital, me dijo que en un mes de no comer dulces, harinas y antojos, helados, tortas chilenas y tacos, finalmente mi cansado cuerpo había rebajado cuatro kilos.
Mi gratitud y emoción no se pueden describir con palabras.
Ella, aunque fue generosa, me advirtió severa de que no me confiara.
Que de mí dependía que siguiéramos siendo queridas aliadas o adoradas enemigas.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.