La fiesta del Corpus Christi, que cumple este domingo 762 años, se celebra acompañando por las calles a la Eucaristía, el pan y el vino que en la consagración de la misa se transforman para la fe católica en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Su origen se remonta a las visiones de una mística belga y al milagro eucarístico que protagonizó un sacerdote con serias dudas de fe. La historia arranca en Lieja (Bélgica) en el año 1209, cuando una monja agustina de 16 años, la futura santa Juliana de Lieja, tuvo unas visiones místicas: vio repetidamente la imagen de una luna llena dividida por una franja negra que la atravesaba de lado a lado. En una aparición de Jesús comprendió que la luna simbolizaba la vida de la Iglesia y la sombra, la falta de una fiesta para rendir homenaje a la Eucaristía, cultivar la fe y desagraviar blasfemias. Juliana no lo tuvo fácil pero tras varios exilios, persecuciones y resistencias logró que en 1247 su obispo instituyera la fiesta local del Corpus Christi. Uno de los religiosos que la ayudaron fue el francés Jacques Pantaleón de Court-Palais, futuro Papa Urbano IV. Como Pontífice, dispuso que la fiesta se extendiera a toda la Iglesia tras conocer un milagro eucarístico en Italia. El milagro eucarístico tuvo lugar en junio del año 1263 en Bolsena (Italia), no lejos de Orvieto, donde residía el Papa. Un sacerdote estaba celebrando misa y en el momento de la consagración sintió la duda de si la Eucaristía era verdaderamente el Cuerpo de Cristo. Entonces, la hostia se transformó en carne, excepto la porción que tenía entre sus dedos, y unas gotas de sangre mancharon el altar y el corporal de lino sobre el que estaba la hostia. Todavía hoy, en la iglesia de Santa Cristina de Bolsena, una lápida recuerda lo ocurrido: «De repente, aquella hostia se hizo visible, como carne verdadera y salpicada de sangre roja». Urbano IV pidió que trasladaran esos linos a Orvieto, para verlos personalmente. Como señal de respeto, los llevaron en procesión, acompañados por habitantes de la zona. Fue la primera procesión del Corpus Christi de la historia de la Iglesia católica. El Papa los examinó con algunos teólogos, entre ellos el dominico Tomás de Aquino, y confirmó el milagro. Luego, decidió instituir la fiesta del Corpus Christi, que se celebraría 60 días después de la Pascua, y solicitó a Tomás de Aquino que compusiera los himnos y oraciones para la fiesta. Así nació el «Pange Lingua» que aún repiten los católicos este día. En tiempos más recientes, Benedicto XVI convirtió la devoción a la Eucaristía en uno de los ejes de su pontificado. Convocó la procesión todos los años para dar la ocasión a los católicos de interrogarse sobre su fe en la Eucaristía: no quería reducir esta devoción por las calles a un encuentro místico de corte intimista, sino invitar a que la fe se refleje en la vida concreta de las personas. Dispuso que el acto central de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) incluyera una adoración en silencio ante la Hostia consagrada. (Durante la JMJ en Cuatro Vientos en 2011, se alzó una tormenta que estuvo a punto de derribar la Custodia utilizada en el Corpus de Toledo). Pocos meses después de su elección, en 2005, convocó en San Pedro un encuentro de preguntas y respuestas con niños y niñas que se preparaban para la Primera Comunión. «Mi catequista dice que Jesús está presente en la Eucaristía. Pero yo no lo veo», le interpeló con franqueza uno de los pequeños. «Sí, no lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que existen y son esenciales», respondió con una sonrisa el Papa. «No vemos nuestra inteligencia ni la razón. Tampoco vemos la corriente eléctrica. No vemos la electricidad, pero vemos la luz. Tampoco vemos con nuestros ojos a Jesús, pero vemos que donde está, los hombres cambian, se hacen mejores. No vemos al Señor mismo, pero vemos sus efectos», explicó a los pequeños. La tradición de celebrar el Corpus Christi en el Vaticano se remonta a mediados del siglo XV. Asistían embajadores, peregrinos y toda la corte papal, se engalanaba la basílica con tapices y flores, y acudían viajeros desde lejos para verla. «No hay en todo el mundo nada más santo, más augusto ni más espléndido que aquella famosísima pompa que cada año se celebra en el Vaticano, cuando el sumo pontífice lo lleva en señal de veneración», recoge siglos más tarde una crónica del año 1837. Con el tiempo, y ya regularmente en el siglo XX, los Papas la trasladaron a las calles de Roma. Juan Pablo II y Benedicto XVI solían recorrerla de rodillas sobre una especie de peana motorizada que iba desde la catedral de San Juan de Letrán hasta la basílica de Santa María la Mayor. También el Papa Francisco hizo ese recorrido varios años, pero caminando tras la Eucaristía. Más adelante, decidió no participar y esperarla en la puerta de la basílica, pues consideraba que muchos iban solo para verle a él y no para rezar. León XIV sí participó el año pasado, un mes después de ser elegido, y hizo a pie el trayecto de aproximadamente un kilómetro, cargando con la pesada custodia en las manos. Hasta ahora, sólo en dos ocasiones los Pontífices la habían celebrado fuera de Roma. En 1968 Pablo VI la hizo en Ostia, y en ese mismo lugar la celebró Francisco en 2018. Con motivo de su viaje apostólico a España, este domingo será la tercera y la primera fuera de Italia.