Arcadi Volodos: Maravillosa revelación
Volodos, nacido en San Petersburgo en 1972, es uno de los consecuentes de una ilustre línea de pianistas herederos de la gran tradición nacida de las manos, sensibilidad e intelecto del histórico Alexander Goldenweiser, de cuya discípula, Galina Egiazarova, siguió las enseñanzas en el Conservatorio de Moscú. Egiazarova, y no es anecdótico este hecho, ha colaborado igualmente, en calidad de profesora asistente, con otro discípulo de Goldenweiser, Dimitri Bashkirov, primero en Moscú y años más tarde en la escuela Reina Sofía de Madrid en la que acabó recalando nuestro protagonista. La naturalidad con la que se enfrenta al teclado, casi repanchingado en una silla normal, la infalibilidad de los ataques, la justeza de la presión sobre las notas, que alcanzan un insólito grado de precisión y una enorme variedad de reguladores; la habilidad para construir un discurso bien ligado, coherente, bien conformado y elocuente es asombrosa. Perfectos vehículos para explicarnos desde lo má profundo el significado de las frases y para llegar sin problemas, con toda naturalidad, al meollo de cada composición. A veces nos sorprende, pero nos llega con el sentido de una verdad profunda y expresiva.
Nada más empezar la Sonata D 894 op 78 de Schubert nos dimos cuenta de todo ello. Es obra que data de octubre de 1826. El compositor solamente había consignado en su manuscrito la leyenda Cuarta Sonata. El primer y fundamental tema es un complejo armónico de increíble belleza, inmóvil, estático, constituido en su célula inicial por la ligadura de negras y semicorcheas repetidas con una sola variación de un tono. Fue asombrosa la forma con la que el pianista inició la interpretación, a media voz, sigiloso, siempre cantando, ligando y modificando paulatinamente las dinámicas. El liederístico Andante, en Re mayor y 3/8, fue bello e intenso, adecuado en su simplicidad. Los Valses de 1825 son el directo antecedente del Menuetto, Allegretto moderato en 3/4. Varias ideas melódicas pululan con aire de improvisación por todo el Allegretto conclusivo (4/4, alla breve), que es, sin duda, un rondó. Ritmos claros y puntuados, melodías fragantes cargadas de ecos y perfumes de las regiones geográficas en que vivió el compositor. Todo un festival de alegría y color ofrecido por el pianista con todo detalle, sin aspavientos y con un sonido de radiante hermosura y máxima cordialidad. Nos esperaba una segunda mitad igual de expresiva, caleidoscópica, variada y muy personal, dedicada a Chopin, que se cerraba con la imponente Sonata nº 2 en Si bemol menor op. 35. Magnífico, majestuoso y dolorido segundo movimiento, Lento, en 4/4, Marcha fúnebre, servido por Volodos con una rara comcentración. La atmósfera funeral , que se dibuja desde el mismo comienzo, con esos lúgubres acordes, impulsados por un ritmo obsesivo, imponente, inevitable, quedó plasmada magistralmente. Sublime la manera de exponer la bellísima melodía de la segiunda sección.
Ese fugaz ramalazo, ese torbellino –de nada fácil ejecución: un exceso de pedal puede ser fatídico- que es el brevísimo Finale-Presto, supone un contraste expresivo formidable. Fue ejecutado con gran limpieza y poco uso del pedal. Antes de la Sonata Volodos nos obsequió con hermosas versiones de tres Mazurkas y el Preludio op. 45 del propio Chopin. Éxito inenarrable y aplausos y barvos de un público que ocupaba una buena parte del Auditorio.