Orelli-Rinderknecht, prohibido el alcohol
Subir a la montaña de Zúrich («Zürichberg») en pleno mayo, con 28 grados, ofrece una panorámica que confunde hasta a las estaciones. Desde la terraza del hotel Sorell se ven a la vez las nieves perpetuas de los Alpes, el lago de Zúrich extendido como un mar interior, la ciudad creciendo hacia el llano y los bosques bajos de un verde recién abierto. Invierno, primavera y verano caben en una sola mirada. Si desciende a pie por el bosque encontrará una fuente modesta con una inscripción en alemán: «En el bien reside la fuerza vital eterna» («Im Guten liegt Ewige Lebenskraft»). La fuente, en honor a Susanna Orelli-Rinderknecht, se levantó en 1949 en este rincón tan alejado de la ciudad, y fue, hasta 2004, el único monumento de todo Zúrich dedicado a una mujer. Rinderknecht nació en Oberstrass el 27 de diciembre de 1845 en el seno de una familia acomodada. Las hijas de aquel estrato seguían un itinerario privilegiado y previsible, a saber, un curso de economía doméstica para formarse como buenas esposas y madres. A continuación, Rinderknecht realizó el «año de Welschland», una estancia en la Suiza francófona donde las jóvenes alemanas servían como niñeras o ayudantes domésticas para aprender el idioma, una versión temprana del actual «au-pair». Se casó tarde para la época, a los treinta y cinco años, con el matemático Johannes Orelli. Cambió su apellido a Orelli-Rinderknecht. Cuatro después era viuda, y nada en su biografía hasta entonces permitía adivinar lo que vendría después.
Una ciudad no apta para abstemios
La viudez la empujó hacia el trabajo social. Empezó en la Cruz Azul, donde trató a pacientes alcohólicos, y entendió lo que su entorno no quería ver, que beber en exceso era una adicción con consecuencias devastadoras. Además, en Zúrich no existía un lugar respetable donde reunirse sin alcohol. Los cafés, que la moda vienesa de la época había convertido en espacios sociales y culturales por excelencia, resultaban poco seguros para las mujeres, expuestas con frecuencia al acoso y abuso de clientes ebrios. El diagnóstico era doble al tratarse de un problema sanitario y un problema de sociabilidad, así que Orelli-Rinderknecht decidió responder a ambos a la vez.El 27 de septiembre de 1894, una década después de enviudar, fundó junto con otras catorce jóvenes la «Asociación de Mujeres de Zúrich para la Moderación y el Bienestar Popular» con el objetivo, pocas semanas después, de abrir el Kleiner Marthahof, una cafetería sin alcohol abierta desde las cinco y media de la mañana hasta las diez de la noche. En el local ofrecía bebidas, comida fría a precios asequibles y sin obligación alguna de consumir. Pocos habrían apostado por una alternativa como un café que no ofreciese alcohol. Y, sin embargo, la directora inicial se vio desbordada por la clientela y Orelli-Rinderknecht asumió la gestión a las dos semanas a petición de la junta. En noviembre de 1895 abrieron dos locales más. En abril de 1898 inauguraron el Karl der Grosse, junto a la catedral Grossmünster, con doscientas cincuenta plazas. Un espacio enorme que se llenaba a diario. En 1904, diez restaurantes de la asociación recibían en conjunto seis mil visitantes diarios, un total éxito.
El negocio era también un experimento laboral. La asociación ofrecía jornadas entre ocho y diez horas según el puesto, daba un día y medio libre a la semana, financiaba un seguro de enfermedad y accidentes para todo el personal, ofrecía alojamiento y actividades de ocio y pagaba un salario mensual fijo. Eran condiciones notables en una Suiza donde el servicio doméstico y la hostelería se regían por reglas mucho más duras. El 1 de enero de 1901 abrió el Kurhaus del Zürichberg, una casa de reposo en lo alto del monte que, tras varias reformas, terminaría convertida en el actual hotel Sorell.
Orelli-Rinderknecht siguió ampliando su radio de acción. Así, formó parte del consejo de la Casa del Pueblo de Zúrich hasta el año 1922 y, en otoño de 1914, con la Primera Guerra Mundial ya empezada, fundó una asociación para sustentar sin alcohol a las tropas movilizadas. En 1919, la Universidad de Zúrich le concedió el doctorado «honoris causa» en medicina en reconocimiento expreso a su labor en salud pública (los restaurantes sin alcohol, las condiciones laborales del personal y el trabajo con los soldados durante la guerra).
La empresaria y activista murió en 1939 ya nonagenaria. Diez años después, el escultor Emil Schäfer, del que apenas se conserva información, talló su fuente en Fluntern. Resulta difícil pasar por allí sin reparar en la asimetría. Zúrich está poblada de fuentes preciosas llenas de nombres masculinos de pintores, militares o galanes locales. La única que durante más de medio siglo recordó a una mujer es esta discreta fuente de agua, sencilla y sin pretensiones, junto al bosque, con una frase sobre el bien y la vida eterna.