Los epicúreos son para el verano
Sube la temperatura y las cigarras empiezan a atronar con su sonido hipnótico bajo los olivos y sólo se está bien a la hora sexta debajo de una frondosa parra, en un jardín veraniego. Pero, incluso si nos coge el calor en medio del asfalto y de las ocupaciones cotidianas, siempre es posible refugiarse en un frondoso huerto para refrescar nuestra mente: el de la filosofía de Epicuro. Para quienes desprecien el epicureísmo por creer erróneamente que es materialista y hedonista, amoral y frívolo, que sepan que para Epicuro el bienestar es la bondad y viceversa. Recordemos la máxima nº 5 de las llamadas “Sentencias vaticanas”: "No es posible vivir dulcemente sin hacerlo sabia, bella y justamente; cuando no se da así, no resulta posible vivir placenteramente".
El calor también es vida. Ya sé que puede agobiarnos, pero no es mal momento para parar y refrescarnos, reparando en que es un tanto exagerado obsesionarse con las altas temperaturas. Estas pueden llegar a ser nocivas, claro, pero lo más terrorífico sigue siendo la ausencia de calor, el frío, y la ausencia de bienestar físico, el dolor, la sed y el hambre, que para Epicuro sí que nos imposibilitan ser felices: la aponía, el estado ideal sin dolor que preconiza, es esencial para evitar estas privaciones. Otra máxima de las sentencias, la nº 33, afirma que una voz en el cuerpo nos recomienda un bienestar básico: “La voz de la carne es no pasar hambre, ni sed, ni frío …o pues quien tenga esas cosas y espere tenerlas en lo sucesivo rivalizaría en felicidad incluso con Zeus”. Lo peliagudo le parece a Epicuro el frío en invierno mientras que, en su Grecia natal, parece capear relativamente bien el calor.
Una vida alejada del castigo divino
Sí, creo que Epicuro vería el verano con la misma perspectiva ética que el resto de la vida. En lugar de temer al clima sofocante como castigo divino, adoptaría en su “Jardín" una filosofía de moderación para mantenerse calmado, fresco y cómodo, maximizar el placer y eliminar la ansiedad, tanto física como mental: la una con la aponía (la ausencia de dolor físico), la otra con la ataraxia (la ausencia de turbación en el alma). En su física atomista, además, el calor no era para nada un fenómeno sobrenatural, castigo del dios de la fragua o de una estrella que en la Canícula nos quiere achicharrar, sino simplemente el movimiento de átomos diminutos, lisos e indivisibles. El calor es parte de un proceso natural y debemos estar tranquilos y tratar de seguir viviendo cómoda y correctamente.
No nos olvidemos del bien que hemos tenido en el pasado, para no ser injustos y envejecer prematuramente. Incluso el dolor, y los tormentos de la canícula, duran poco para Epicuro: de lo más grave a lo más leve, el mal solo está presente cierto tiempo y se puede soportar. Ahí está una de sus reglas en el Tetrafármaco, las cuatro máximas de su medicina filosófica para las preocupaciones. Esta famosa receta para la felicidad afirma que no hay que temer a los dioses ni a la muerte, que el bien es fácil de conseguir y el dolor es fácil de soportar.
El placer más sencillo
Epicuro es, pues, ideal para el verano, tratando de recordar estas cuatro reglas, apagando las notificaciones del trabajo, mandando a paseo el estrés y recordando que para vivir bien se necesita poco. Uno se puede incluso prestar, según su filosofía, a los placeres del reposo en ese presente eterno que cantan los poetas epicúreos, como Lucrecio y Horacio, sin ansiosas preocupaciones. Si somos conscientes del límite de la vida podremos ver también el disfrute en esos momentos intensos, que son la auténtica inmortalidad. Ningún placer será por sí mismo un mal, la muerte no representará nada para nosotros y viviremos de forma placentera por hacerlo de forma justa. Algunos consejos clave del filósofo de Samos. Para él, por cierto, el placer más sencillo –pan ante el hambre, agua ante la sed– es el que nos hace casi dioses autosuficientes. Si a eso le sumamos amistad y conocimiento, tendremos la plenitud del Jardín. Y ya digo que, aunque aún no podamos ir de vacaciones, siempre podemos echar mano a sus obras y fragmentos: aquí me baso en las llamadas “Sentencias vaticanas”, ese manuscrito perdido y reencontrado en la Biblioteca Vaticana que rescató una mínima porción de su obra, tan cancelada en la antigüedad (acabo de traducirlo en la compilación que publica Ariel con el título “El jardín de la felicidad”).
En suma, recordemos que el tetrafármaco epicúreo afirma que el verdadero confort es sencillo y fácil de conseguir: ante el calor, en vez de un carísimo aire acondicionado, remedios simples y naturales, como vestimenta ligera, sombra y agua fresca en un botijo. Lo que nuestros padres han hecho siempre en el Mediterráneo, desde Grecia al sur de Italia o de España. Igualmente, en cuanto a la dieta, un almuerzo ligero y fresco, pan, queso, aceitunas y fruta, vino combinado con abundante agua. Casi podemos imaginarnos a Epicuro y Metrodoro brindando entre parras por la amistad. En verano, los placeres más puros y sencillos se combinan con los deseos naturales y necesarios: si una siesta a la sombra o el agua fresca nos sabe a gloria, el Jardín siempre incluye amigos, amigas, familia y demás seres queridos que se reúnen a charlar tranquilos cuando cae el sol. ¿Hay algo más filosófico que sacar las sillas a la calle entonces, o a la terraza, y conversar? Los epicúreos sí que son para el verano.