Durante demasiado tiempo, Andalucía vivió instalada en una sospecha: la de no ser capaz de sostener en el tiempo los avances que, a golpe de esfuerzo colectivo, iba alcanzando. Cada ciclo de prosperidad parecía provisional; cada mejora, reversible. No faltaban energía ni talento, pero sí constancia institucional, esa virtud silenciosa que solo se echa de menos cuando desaparece. Hoy, sin embargo, el paisaje es distinto. No por épica, ni por propaganda, sino por resultados. Andalucía ha alcanzado las mayores cifras de empleo de su historia, ha reducido el paro a cotas que no se veían desde antes de la gran recesión y crece económicamente a un ritmo superior a la media nacional, incluso en un contexto internacional marcado por la...
Ver Más