Noches del botánico: dos promotores en el jardín del edén
Ramón Martín va de un lado a otro. Interrumpe la entrevista para atender una llamada, también para hablar con una responsable del Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Quedan apenas diez días para que arranque (el 3 de junio) el Festival Noches del Botánico y, aunque el recinto parece preparado, aquí las cosas no son sencillas. «Este es un elemento vivo. Trabajamos con artistas y en un mercado muy cambiante. Además, esto no es como la Caja Mágica, que alquilas, pagas y lo llenas de camiones. No, aquí contamos con un arquitecto en plantilla para las gradas y todo está a la medida, pero al año siguiente una rama ha crecido y no podemos ni queremos tocarla, porque resulta que es de una “pinotecus nosecuantis” –bromea–. Este trabajo es muy complicado. Nuestra primera semana coincide con las pruebas de acceso a la universidad... pero la clave es cooperar con la universidad, sin eso es imposible», resopla uno de los dos impulsores de una marca que se ha convertido en símbolo cultural de la ciudad y que ha ganado fama internacional. En un mercado salvaje, este festival ha resistido ante los gigantes de la industria manteniéndose firme en sus principios: «Jamás entramos en subastas por artistas. Jamás», proclama Julio Martí. El décimo aniversario del festival llega con figuras como Van Morrison, ZZ Top, Jean Michel Jarre y Tom Jones, entre otros.
Serán 55 conciertos, casi sin descanso, durante los meses de junio y julio, cuando más falta hace escapar de la ciudad. Y a estas alturas casi todos los madrileños saben que, como allí, no se está en ningún lado. Es muy difícil mejorar lo que ya es casi perfecto. «Hemos llegado a un punto en que tenemos una situación ideal, fruto del trabajo. Ya no necesitamos más calificativos, nos han dado todos los premios que nos tenían que dar y ahora tenemos que mantener eso con sentido y sostenibilidad. Que sea bueno para todos: el público, los artistas, la ciudad, nosotros...», dice Martí sobre la fama del evento. «Pero no podemos vivir de experiencias pasadas –tercia Martín–. No te puedes relajar, los problemas acechan y la exigencia es máxima». Todo cambia a una enorme velocidad. Una fórmula de éxito que habría sido imposible sin la colaboración del festival con la Universidad Complutense, con quienes han desarrollado una relación de confianza mutua: Noches del Botánico ha costeado mejoras permanentes en el Jardín, que cuidan y conservan como ningún festival se preocupa de su entorno.
Los precios
La fórmula funciona, pero equivocarse en cualquier parte del proceso puede resultar fatal. «Hacer conciertos es una profesión de riesgo, bien lo sabes», envida el codirector del evento, que en el pasado se colocó al frente de festivales como el Dcode, por ejemplo. «Aquí hay muchísimo más de lo que se cuenta», añade Julio Martí como una invitación a pasar a la trastienda de este apasionante negocio. Diez años después de su arranque, el festival es quien recibe peticiones por venir a actuar en lugar de suceder al revés, el proceso habitual. «Por ejemplo, nos han ofrecido algunos nombres buenísimos para los primeros días de agosto, que habríamos hecho encantados, pero no puede ser. El jardín cierra», zanja Martí. La primera pregunta de un mánager cuando alguien quiere contratar a su representado suele ser cuánto se paga. La segunda, quién ha tocado allí. «Eso ya no nos lo preguntan», confirma el encargado de la contratación. Ni siquiera Van Morrison, que pasó de ignorar los correos electrónicos del Botánico o a contestarlos con obsceno retraso a actuar dos veces el año pasado. «Cuando terminó, nos dijo su agente: ¿queréis que venga otra vez?». Hará otras dos noches este año. Con él, el festival ha sido inflexible en su política. «Pusimos las entradas hasta lo máximo que consideramos que se puede cobrar por ver un concierto [unos 90 euros] pero no íbamos a subir más los precios. Y se lo llevó todo: lo que se sacó, se le pagó». Unos días después de su actuación en Madrid, se presentó en Barcelona por más de 200 euros por ticket. No llenó. Algo similar sucedió con Queens Of The Stone Age en 2024. «Vinieron porque querían hacer aforos pequeños. Se plantaron con ocho camiones y metieron un sonido increíble. Pero nosotros no íbamos a cobrar 200 pavos a nadie», dice categórico. En esta bolsa de grandes de la música con ganas de disfrutar del público se mueven los sueños del futuro de un festival que ha traído ya a las primeras figuras «alcanzables». «Hemos tenido conversaciones con artistas de estadio que no se llegaron a concretar pero que querían hacer algo disfrutando del público, algo cercano. Si recuerdas, a los Stones les gustaba hacer eso...», sonríe Martí. Los precios del Botánico han subido («porque todos nuestros proveedores lo hacen», se quejan) pero mantienen entradas a 35 euros para artistas nacionales. «Eso es un regalo. Ni en La Riviera. Y aquí tenemos a 250 personas trabajando cada día». Son, de hecho, un festival enorme: según sus previsiones, despacharán en torno a las 170.000 entradas y superarán el 90 por ciento del aforo vendido.
Un consejo
«El mercado es irreal. Hay quien paga más del doble de lo que valen los artistas. Pero es que claro, hay mil festivales, y tantos ayuntamientos... es un entorno muy agresivo y desmadrado», apunta Martín. «Pero, al final, todo se sabe. Si tú a un grupo que vale 200 le has pagado 400 porque te lo has querido llevar, todo el mundo sabe que sobrepagas. Nosotros, después de tantos años, ofrecemos credibilidad. Cabe tanta gente, tanto se puede cobrar, esto es lo que hay. ¿A que lo entiendes? Pues eso debe hacer un promotor y si se quiere llegar a un acuerdo, se llega. Porque ofrecemos un lugar donde el artista va a lucir. Nosotros hemos hecho algún artista, que vendrá el año que viene, probablemente. Le pagamos en su día un dinero y ahora está cobrando mucho más. Cuando nos pidió venir por ese dinero, le contestamos: ‘‘Hay otros sitios donde puedes tocar’’. Aquí es tanto dinero. Puedo subir el precio, porque han pasado tres años, y si cobrabas 150 ahora puedo pagar 180, pero no 250». Un conocido grupo estadounidense quiere volver al Botánico. «Se fueron a otro festival cobrando el doble y ahora me han vuelto a llamar para venir. Y yo les he dicho que ese dinero no lo voy a pagar. Ni por asomo», explica Julio Martí, que solo se atreve a dar un consejo a los jóvenes promotores. «No paguéis por encima de lo que hay que pagar. Porque eso altera el ecosistema, no funciona. Y no hacen ni puto caso –sonríe–. Yo quiero que le vaya bien a todo el mundo y eso hace que nos vaya mal a todos. Si un grupo entra en subasta, yo salgo. Eso para Sotheby’s». Artistas que no son nadie y luego piden un millón, aguilillas y despistados. Hablamos de muchos nombres propios, interioridades y detalles que no pueden contarse, estrategias comerciales y vicios y costumbres del negocio. El festival tiene fama y rentabilidad. Sorprende que un fondo de inversión no haya intentado comprarles. «Bueno, es que lo han intentado», revela Martí, que mantiene viva su pasión. Médico de profesión, cumple en octubre 70 años y 50 como promotor de conciertos y ha visto situaciones de todos los colores. Muchas insospechadas: «Algunos brindan con champán a las puertas de entrar en concurso de acreedores», señala Martín.
La «irreales» cifras del directo
Cada año, los datos globales de la industria de la música en directo, anuncia sus cifras globales. En los últimos años, el crecimiento es exponencial. «Parece que todo es boyante porque hay tres o cuatro giras bestiales, ya sea de Taylor Swift, de Bad Bunny o de Karol G. Aitana, Dani Martín... Pero claro, son excepciones, casi situaciones irreales. Y el mercado está convulso –apunta Ramón Martín–. Los artistas han encarecido, los costes han subido. Es realmente complicado mantener el equilibrio», dice el codirector del festival, que matiza que eso no sería posible sin los ingresos de la hostelería en el recinto y de patrocinios. «Pero claro, el patrocinador viene si ve nombres grandes, así son los directores de marketing...», se encoge de hombros. «Siempre nos preguntan si este año no traemos a Bisbal o Alejandro Sanz... (risas). No es nuestro estilo, pero claro, no podemos decir de este agua no beberé...».