Edadismo y culto a lo joven: ¿por qué nos aterra envejecer?
A finales del siglo XIX, Oscar Wilde imaginó en la novela «El retrato de Dorian Gray» a un joven capaz de conservar intacta su belleza mientras un cuadro absorbía el deterioro de su alma y el paso del tiempo. Más de ciento treinta años después, la directora Coralie Fargeat retomó esa misma obsesión en la película «La sustancia», donde una celebridad madura interpretada por Demi Moore decide recurrir a una misteriosa fórmula para crear una versión más joven, más deseable y más aceptable de sí misma (Margaret Qualley). Un pacto fáustico. Entre ambas obras, separadas por un siglo y por lenguajes radicalmente distintos, se dibuja una misma angustia: el terror a envejecer, hoy tan presente.
Y es que el edadismo –esa discriminación silenciosa basada en la edad– no sólo afecta al mercado laboral o a la representación social de los mayores; también moldea la manera en la que miramos nuestros cuerpos. En una cultura obsesionada con la juventud, las arrugas se interpretan como derrota, la madurez como pérdida de valor y el envejecimiento, especialmente el femenino, como una especie de desaparición pública. Wilde lo convirtió en una parábola moral; Fargeat, en una pesadilla grotesca y sangrienta. Pero ambos relatos señalan la misma contradicción: una sociedad que idolatra la belleza hasta el extremo mientras castiga cualquier huella del tiempo.
El culto a lo joven
El término «edadismo» entró en el diccionario de la RAE en diciembre de 2022. Hasta entonces, una discriminación que afecta potencialmente a toda la población apenas tenía nombre en el debate público español. «Si una discriminación no tiene nombre, no puedes hacer nada», sostiene el artista y ensayista Iñaki Larrimbe en su reciente libro «La dictadura de lo joven. Manual de supervivencia para carrozas» (Katakrak). La OMS ya advirtió de que el edadismo constituye una «plaga global», pero la conversación apenas empieza a darse.
Larrimbe insiste en una idea fundamental: el problema no es la juventud, sino «lo joven» entendido como construcción cultural, estética y comercial. «La juventud es cronológica y puede ser un sujeto político; lo joven es una estética, un marketing, una venta», explica. Esa distinción es clave para entender por qué el mercado de la eterna juventud mueve cientos de miles de millones de euros al año mientras el envejecimiento continúa siendo casi un tabú social.
«El problema no es la juventud, sino lo joven entendido como una construcción cultural y comercial»
En «Dame veneno que quiero vivir: Skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino» (Anagrama), recién salido del horno, la escritora Leticia Sala explora precisamente esa ansiedad contemporánea ligada a los cuidados estéticos, el bótox y la presión por mantenerse eternamente joven. El fenómeno ya no afecta únicamente a mujeres adultas. Las rutinas de «skincare» se han convertido en contenido aspiracional para adolescentes en redes sociales, donde la piel perfecta funciona como símbolo de éxito y aceptación. «Hay chavalas de doce años que se dan cremas porque salen con ojeras en TikTok», lamenta Larrimbe. El mensaje es devastador: envejecer no es natural, sino una enfermedad.
El culto a lo joven convive con una realidad demográfica opuesta. España envejece aceleradamente. Casi un 30% de la población supera ya los 60 años y millones de «baby boomers» se jubilarán en los próximos años. Sin embargo, la representación mediática de esa población sigue siendo mínima. Según los datos que cita el autor de «La dictadura de lo joven», apenas un 4% de los protagonistas de películas y anuncios tienen más de 60 años, y dentro de ese porcentaje las mujeres son prácticamente invisibles. El edadismo se cruza aquí con el sexismo: las mujeres sufren una expulsión simbólica mucho más temprana del espacio público.
Por su parte, la antropóloga Vania de la Fuente, autora de «La trampa de la edad: Cómo los estereotipos edadistas nos perjudican en todas las etapas de la vida» (Ediciones B), define el edadismo como nuestra manera de pensar (estereotipos), sentir (prejuicios) y actuar (discriminación) en función de la edad. Su tesis desmonta otra idea extendida: que el edadismo afecta exclusivamente a las personas mayores. En realidad, atraviesa toda la sociedad. Se discrimina a jóvenes por considerarlos irresponsables o inmaduros; a adultos de mediana edad por «demasiado mayores» para ciertos trabajos; y a ancianos por considerarlos lentos, improductivos u obsoletos.
Larrimbe habla incluso de «autoedadismo»: interiorizar esos prejuicios hasta aplicárselos a uno mismo. «Cuando eres mayor te aplicas eso mismo: ‘‘ya soy muy mayor, no puedo hacer esto’’», explica. Según algunos estudios citados por la OMS, asumir psicológicamente una visión negativa del envejecimiento puede tener consecuencias reales sobre la salud física y mental. El problema no es únicamente simbólico, ojo.
El CV, a la carpeta de spam
El mercado laboral es uno de los territorios donde esa discriminación se vuelve más visible. «A partir de los 45 años tu currículum va automáticamente a carpeta de spam», resume el autor vasco. La paradoja resulta evidente: en una sociedad que envejece y donde la experiencia profesional debería valorarse más que nunca, muchas empresas priorizan perfiles jóvenes bajo la idea de que aportan dinamismo, flexibilidad o adaptación tecnológica. «Lo joven no es un valor en sí mismo», insiste el ensayista. «Imagínate que te tienen que operar a corazón abierto y te dicen que lo hará un cirujano ‘‘emergente’’ porque hay que darle una oportunidad... Te acojonas».
«A partir de los 45 años tu currículum va automáticamente a la carpeta de spam», sostiene Larrimbe
El ejemplo no es casual. En sectores como la medicina, la docencia o la abogacía, la experiencia acumulada puede resultar esencial. Sin embargo, la presión cultural hacia el relevo generacional pone a menudo a la edad bajo sospecha. La jubilación, más que un derecho, parece convertirse en obligación moral. «Muchas veces se trata de echar al viejo para coger al joven y explotarlo», denuncia Larrimbe.
El problema, además, se agrava por la tendencia a interpretar la sociedad como una guerra permanente entre generaciones. Boomers contra millenials. Jubilados contra jóvenes precarios. Padres contra hijos. Para Larrimbe, gran parte de ese conflicto está artificialmente amplificado. «Hay muchísimas diferencias dentro de una misma generación», explica. «Una señora con una pensión bajísima y un joven precario coinciden en muchas problemáticas». La simplificación generacional, sostiene, funciona como un «horóscopo» contemporáneo: etiquetas rápidas aplicadas casi al azar para ordenar el mundo, aunque distorsionen la realidad.
Las redes sociales y los algoritmos contribuyen a esa segmentación. Cada grupo de edad consume contenidos distintos, vive en burbujas digitales diferentes y apenas se relaciona con otras generaciones. «Estamos en islas que no se comunican», lamenta el autor. La consecuencia es una creciente falta de empatía intergeneracional. El pensamiento pausado se caricaturiza como lentitud; la energía juvenil se simplifica como frivolidad. Todo se reduce a estereotipos.
Sin embargo, la edad cronológica cada vez dice menos sobre las capacidades reales de una persona. La propia Vania de la Fuente recuerda que edad biológica y edad cronológica no son equivalentes. Dos personas de 65 años pueden tener estados físicos, cognitivos y emocionales radicalmente distintos. El envejecimiento es mucho más complejo de lo que indican las cifras del calendario.
Quizá por eso el culto obsesivo a la juventud resulta tan contradictorio. Nunca antes habíamos vivido más años, ni habíamos llegado a edades avanzadas en mejores condiciones físicas y mentales. Y, sin embargo, nunca habíamos sentido tanto miedo a aparentar la edad que tenemos. Las canas se tiñen, las arrugas se rellenan y las caras envejecidas desaparecen de la publicidad o se filtran. La industria «antiaging» promete retrasar lo inevitable mientras convierte el envejecimiento en un fracaso personal.
En el fondo, el edadismo revela algo profundamente contemporáneo: la dificultad de aceptar el paso del tiempo. En una cultura basada en la productividad, la velocidad y la novedad constante, envejecer se interpreta casi como perder valor de mercado. La lógica capitalista necesita consumidores permanentemente jóvenes, disponibles y deseables. «No hay que ser mayor, hay que ser joven siempre», resume irónicamente Larrimbe.
Pero la realidad termina imponiéndose. Todos, si tenemos suerte, envejecemos (la alternativa es la muerte). Y ahí reside quizá la gran paradoja de esta discriminación: es la única que, tarde o temprano, alcanza a todo el mundo. El problema no afecta únicamente a «los mayores», sino a la manera en la que toda una sociedad se relaciona con el tiempo, con el cuerpo y con la idea misma de vulnerabilidad.