Turquía, la potencia imprescindible emerge de la guerra de Irán
Entre Europa y Asia, la OTAN y las tierras y pueblos del antiguo Imperio otomano, lo secular y lo islámico, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan emerge de la guerra de Irán como la potencia imprescindible de la región. A través de una calculada ambigüedad y cinismo que son marca de la casa, Ankara quiere evitar una victoria total de Israel y EE UU que pudiera acabar con el desmantelamiento de la República Islámica, al igual que una nueva escalada que ponga en peligro la estabilidad de su patio trasero y arrastre a la economía mundial -y a la turca, muy castigada por la inflación- a una nueva crisis, y, al tiempo, aspira a seguir consolidando su papel protagónico en la diplomacia y la mediación regional.
Como ocurriera en Gaza -Ankara es uno de los países fundadores de la Junta de Paz para la Franja el pasado enero-, la diplomacia turca estuvo siempre ahí desde el principio de la ofensiva israelo-estadounidense contra el régimen de los ayatolás. Aunque jugando un papel más discreto que Pakistán, Turquía ha sido clave en la mediación entre Teherán -país con el que siempre ha mantenido canales de diálogo a pesar de la rivalidad geopolítica- y Washington, y la relevancia de ese rol ha venido aumentando con el paso de las semanas.
“No queremos volver a la guerra. La guerra no es, sin duda, una solución. Trae consigo inestabilidad, privaciones económicas y una posible destrucción no solo para la región, sino para el mundo entero”, advertía recientemente el ministro turco de Exteriores Hahan Fidan.
“En la actual coyuntura, Turquía se está posicionando como un mediador clave en la competencia entre Omán, Pakistán, Rusia y China por lograr la paz y busca llenar este vacío diplomático ofreciendo un marco trilateral más estructurado”, asegura LA RAZÓN la socióloga y especialista en política exterior turca Nilüfer Narli.
“Los objetivos estratégicos de Ankara en el proceso de mediación son cruciales para Turquía, la UE y la región. Su motivación en asumir un papel protagónico no se limita al prestigio regional; es una cuestión de seguridad nacional y estabilidad económica. Un mayor aumento en los precios del petróleo y cualquier escalada adicional que dañe la infraestructura iraní o conduzca a un bloqueo total podrían tener consecuencias muy negativas para la economía turca”, explica la directora del Departamento de Sociología de la Universidad de Bahçeşehir.
Por su parte, el investigador doctoral en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid Pol Mauri subraya la relevancia de la interlocución de Ankara con Teherán: “El intercambio de propuestas con la mediación pakistaní ha tenido un resultado agridulce en lo relativo al enriquecimiento de uranio. Por su parte, Turquía ha intentado mostrarse como un país favorable a un acuerdo a través del contacto directo con interlocutores iraníes”.
“Aun así, la ‘potencia media’ no ha perdido el tiempo y está planteando vías energéticas y de comercio, entre las que destacan las conexiones de gas con Siria y el proyecto del ferrocarril de Hejaz, que conectaría Europa con Arabia Saudí”, apunta a LA RAZÓN el especialista en el movimiento nacionalista kurdo y miembro del Grupo de Estudios sobre Pueblos Iranios de la Universidad Autónoma de Madrid.
Pero una República Islámica de Irán -y su red de influencia regional- debilitada favorece a las otras grandes potencias medias de Oriente Medio como la propia Turquía de Erdogan, que ha oscilado entre las ambición neootomana, la doctrina de la profundidad estratégica del excanciller Davutoğlu (“cero problemas con los vecinos”) y el kemalismo clásico, y a la que miran con cada vez más respeto e interés, además de la nueva Siria de Ahmed al Sharaa, las petromonarquías del Golfo, desconcertadas después de la sensación de vulnerabilidad vivida en los casi tres últimos meses. Y también un Donald Trump perfectamente consciente del papel central de Ankara, segundo ejército de la OTAN, para la estabilidad de la región.
A corto plazo, en cualquier caso, las grandes preocupaciones de las autoridades turcas son las consecuencias en el ámbito doméstico que ha dejado la guerra y, cómo no, la cuestión kurda y ante el temor de una insurgencia armada -hoy por hoy prácticamente descartada- desde suelo iraquí hacia el interior de la República Islámica. La frontera turco-iraní ha recibido ya a miles de desplazados y con una situación económica precaria en Irán, el flujo podría incrementarse en las próximas semanas y meses. “La situación económica podría causar una crisis de refugiados. Turquía se desenvuelve con habilidad, manteniendo un equilibrio entre la OTAN y la autonomía regional, por lo que puede actuar de forma independiente para prevenir una catástrofe regional y desempeñar un papel positivo”, concluye la especialista en política exterior turca Nilüfer Narli.