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María José Llergo: «Los pájaros del sur solemos cantar flamenco»

En apenas seis años, María José Llergo (Pozoblanco, Córdoba, 1994), cantante, compositora y artista entera, se ha hecho un nombre de oro en la música española. Acaba de lanzar «El juego», su tercer disco de estudio, y opina que todos deberíamos adentrarnos en nuestro trabajo, y aun en la vida, como si jugáramos, igual que niños, «sin miedo, porque incluso cuando pierdes –afirma– estás ganando. Lo importante es jugar y sentir que lo has hecho lo mejor que has podido y que te estás recreando en ese juego, que no tiene por qué ser repetitivo o predecible ya que hay muchas cosas en la vida que lo pueden cambiar, desde una sonrisa hasta la decisión de ayudar». Ella se inició en el flamenco a través de su abuelo, José Sánchez Muñoz, fallecido en el otoño del año pasado, pero enseguida le sumó a esa enseñanza instintiva mucha academia: estudió violín durante una década y, después, canto y jazz. ¿Es distinto el cantaor salvaje que aquel que ha pasado por las aulas, quizá este último pierde parte de la esencia del cante? «La academia no te quita la esencia si tú no lo permites –sostiene–. En la academia yo he recibido muchos noes: “No hagas tantos adornos con tu voz, porque eso se va del estilo”. Y yo decía: “No lo puedo evitar, soy un pájaro”. Hay un germen que mi abuelo plantó en mí, que es el divertimento puro y duro de cantar para desahogarte, expresarte, transmitir algo bueno, comunicarte aunque nadie te esté escuchando, en mitad del campo. Esa es la intención desinteresada de cantar como canta un pájaro. Y los pájaros del sur solemos cantar flamenco. Ha habido siempre un tira y afloja entre la naturalidad y naturaleza de aprender a cantar con mi abuelo y lo impostado o lo he enseñado. No creo que la academia te restrinja, pero sí que hay que tener cuidado de que no lo haga. Yo –prosigue– enseñé mi canción “Niña de las dunas” cuando entré en la “uni” y mi profesor me dijo que no le gustaba. Meses después salió y entró en los cinco más virales de España, y ese mismo profesor me dice: “María José, he visto esto”, y yo: “Es la canción que te enseñé el primer día de clase”. No creo que sea la academia… Bueno, no lo sé. Lo que sí creo es que los artistas, desgraciadamente, estamos condenados a ser incomprendidos durante mucho tiempo, hasta que recibimos la aprobación general del público. El arte es, por lo general, un camino de incomprensión».

«La academia no te quita la esencia si tú no lo permites», asegura

Una «época dorada»

María José viaja en la misma autopista que otras grandes cantaoras jóvenes y ya consagradas, como Ángeles Toledano y María Terremoto. Sabemos qué les une, pero ¿qué las hace diferentes? «No lo sé –responde–. Es que me veo tan unida a ellas… He leído un libro que se llama “Sapiens” y que decía algo así como que al encontrarse el sapiens con el neandertal eran demasiado parecidos entre sí para ignorarse, pero lo justamente diferentes como para separarse. Y yo, Dios mío, no quiero que me pase eso. No quiero pensar que parecerse a alguien puede ser algo malo. Este camino del arte es difícil, pero ver que tienes compañeras que están a esa altura te lo hace mucho más fácil. Ayer lloraba de felicidad porque una gran amiga mía está teniendo mucho éxito. Es la capacidad de alegrarte por las cosas buenas de los demás como si te pasaran a ti. Viendo el “Tiny Desk” de Amaia, lloro; o viendo la que está liando Judeline, que me encanta. Rosalía tiene un directazo y ha sacado un disco que es una hermosura. Y lloraba a mares viendo a María Terremoto cantar en el homenaje al pueblo gitano que organizaron en Moncloa. Y mi Ángeles Toledano, que lleva tantos años cantando y que, por fin, está girando por el mundo con su proyecto. Es una época dorada y quiero que sigamos creciendo. Debemos darle la mano a las que vienen detrás y hacer cosas juntas». Y aprovecha para hacer una reivindicación feminista: «Todo esto hace que no seamos solo tres, sino que dentro de cinco años seamos treinta y que más mujeres puedan dedicarse a esto; que su voz sea escuchada y puedan vivir con dignidad y tener la importancia que las mujeres de hace un siglo no pudieron tener porque su voz estaba puramente callada. Mientras más mujeres seamos, mejor para el mundo. Hemos vivido una era donde la mitad de la población estaba totalmente silenciada o recluida en la cocina. Toca que en esta era la mitad de la población también sea escuchada. Y no solamente para el enriquecimiento de la población femenina del mundo, no, para el enriquecimiento de la humanidad entera».

«El arte es, por lo general, un camino de incomprensión», se lamenta

Comprometida con su tiempo, esta artista defiende el poder de la palabra, que considera «transformadora»: «Antes del hecho y del acto viene la palabra. Si a ti te dicen algo malo, tú harás algo malo; si te dicen algo bueno, puede que hagas algo bueno o, en el mejor de los casos, que no hagas nada. Y cuando veo, por ejemplo, cómo se hablan en el Parlamento me digo que eso no trae nada bueno, que solo trae malas acciones». Eso nos lleva, ineludiblemente, a la situación política actual: ¿nos sentimos huérfanos de los políticos porque sus acciones nos llevan a pensar que no nos quieren? Asiente: «¿Cómo no nos vamos a sentir huérfanos? Yo me siento huérfana de educación, de saber estar, de empatía, de comprensión. Si el Parlamento es la representación del pueblo, si somos nosotros los que hemos puesto a esas personas ahí, por lo menos que representen lo que somos: un pueblo que ama, una sociedad cada día más comprensiva y más tolerante. Tenemos una sociedad con una educación exquisita, dicen que la mayor de todos los tiempos, ¿por qué no se refleja eso? Si todos están ahí por y para el pueblo, deberían estar, por lo menos, a la altura de su pueblo. Deberían ser ejemplares y, como mínimo, tratarse con educación entre ellos. Yo no viví esa época –continúa–, pero en la Transición tenían un papel muy duro y no se faltaban al respeto en el Parlamento de esa forma, con insultos. ¿Por qué ahora sí? Como decía Platón y también Aristóteles, los políticos deben estar por un bien común. Esa vocación de servicio público es la que tenemos también los artistas, porque nadie se imagina lo duro que es estar todo el rato viajando. Hay muchísimas cosas que hacemos por puro amor al arte. Eso es por lo que hemos nacido, nuestro propósito de vida, y por lo que estamos aquí. Pues yo quiero esa vocación en los políticos. Que se bajen del pedestal y pisen suelo; que hablen con la gente de a pie, que conozcan a la gente. Creo que están en una burbuja, necesitan pueblo y el pueblo también los necesita a ellos», concluye.

«No te vendas»

Por Javier Menéndez Flores

Que la infancia entera quepa en un trozo de piel es un milagro. Mirar esas coordenadas, rozarlas con un dedo tembloroso y sentirse en el acto en casa, aunque estés en Nueva York o en Los Ángeles o en Dublín, es un tesoro más valioso que el boleto ganador del Euromillones. Pero es que todos los caminos conducen a José Sánchez Muñoz, pues de esa voluntad indestructible partió el futuro que te aguardaba. Y malditos sean los 29 de noviembre con sus pupilas negrísimas y su aliento de guadaña. Y que vivan esos brazos fuertes y esas frentes altas que alimentan a sus familias de aquello que siembran mientras, sin saberlo y ni siquiera imaginarlo, están moldeando una voz que recorrerá el mundo con el único propósito de emocionar, por más que lo haga inocentemente, derramadamente, a la manera luminosa de un juego.

Hay estampas imborrables que cambian el curso de una vida. Kiko vareando los olivos, sin ir más lejos. Cómo los mimaba, cómo les ponía el manto como si fuese el de una Virgen. Y caían las aceitunas igual que lágrimas negras y la mirada se humedecía de puro contento. Él era, lo sabes ahora con una certeza sin fisuras, el mejor artista del mundo. O, al menos, tan bueno como el primero. Y has cantado en cada rincón de tu pueblo, de camino al conservatorio, con el violín como una metralleta que escupía ráfagas de flores y el reloj hundiéndote en la carne sus espuelas. De la infancia no te piensas bajar nunca, no te da la gana. Y para qué, si hay recuerdos que realzan el presente, que lo potencian, que le dan sentido y carta de naturaleza a este ahora.

Ya sé que el mundo, ese estruendo que respira ahí fuera, puede resultar aterrador, que asusta, que intimida e invita a no abandonar el refugio que ofrece la cama. Pero solo si te pones en pie y te lavas la cara con agua helada y te lanzas a la calle con lo puesto conocerás el amor de la gente. Aquí hemos venido a aprender del error desde ese lugar, desde la entrega y la perseverancia, remando con el sol de frente, y no desde la mortificación o la culpa, esa guillotina con aroma a homilía y a naftalina. Construir desde una herida, María José, hay veces que no queda otra. Pero el estímulo de la música bien vale un esfuerzo de coloso porque siempre te ha cuidado y, si me apuras, es tu relación más hermosa.

Disfrutar, disfrutar siempre, o intentarlo. El camino, pues, como un beso lento, como ese sabor exquisito que tratas de retener el mayor tiempo en la boca, aun en las empinadas cuestas y en los declives ásperos del terreno. Gozar mientras construyes la nave, y en el viaje, y cuando llegas, al fin, a la luna y sientes fieramente cada átomo que te envuelve. Disfrutar, incluso, al ver cuán frágil se percibe desde allí nuestra casa. Somos astronautas, me dirías tú, somos náufragos, somos artistas.

Y cantaba Pepe «La Zarzamora», la historia de esa mujer fantasiosa que a todas horas llora por los rincones, y la niña que observaba sentía que una mano entraba en su pecho y le daba un empujón a la sangre. Y canta Billie Holiday «Strange fruit», el relato de esos árboles del sur que dan los más siniestros frutos, y la piel se te encrespa como esa planta que tuerce el cuello para recibir el abrazo del sol. De ahí vienes tú, esa es tu exacta genealogía.

Te está mirando Fosforito y te está escuchando Vicente Amigo. Vaya par. Qué bien que le sienta a Córdoba la corona de laureles. Y te están vigilando, sin parpadear un segundo, María José y Ángel, esa unidad indivisible. A partir de ahí, todo lo demás lo tienes que poner tú. La saliva, el sudor, las lágrimas, la risa resucitadora, el valor que derriba muros y que nace del miedo. Y no lo olvides jamás, «Delirio»: «Canta, cobra, pero no te vendas».

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