Por circunstancias socioculturales y biológicas que no vienen a cuento, ayer estuve un rato en un chiringuito de mi pueblo. Mi pueblo es un pueblo pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Pero a la que se rasca un poco, como todo pueblo chico, es un sindiós. Yo no me prodigo mucho, por falta de tiempo y de ganas y, además, suelo evitar la política en las conversaciones por varias razones. Una es que, del mismo modo que a mi amiga farmacéutica le pago el ibuprofeno con arginina, yo solo manifiesto mi opinión previo desembolso del importe debido. Otra es que la polarización exacerbada ha permeado a todas las capas, incluído mi pequeño y...
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