Toda época levanta sus propias utopías. La nuestra, paradójicamente, trae la utopía de resucitar cosas que ya tuvimos. Ahí van algunos prodigios perdidos, tan humildes y recónditos: dormir sin interrupciones, comer sin fotografiar el plato, caminar sin consultar un mapa de internet, hablar con alguien sin que una pantalla interrumpa la conversación bajo el susto parpadeante de las notificaciones. Ahora, también se abre paso otra ambición de delicia que antes hubiera sido hábito de nulo reconocimiento: reunirse con desconocidos para no mirar el móvil. Los llaman clubes de desconexión . Y van en auge, porque ahí vamos al remedio de conectarnos a nosotros mismos. El móvil viene sirviendo para escribirnos con cualquiera y para investigar a la secretaria de Zapatero,...
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