El colón fuerte es un síntoma de nuestro éxito
Hace algunos años, caminando por las instalaciones de Amazon, en Calle Blancos, me encontré con un ingeniero de datos de 28 años que estaba diseñando herramientas analíticas para detectar fraude financiero a escala global, desde Costa Rica, para clientes en tres continentes.
Esto me quedó grabado, no como un logro, sino como una pregunta: ¿cuánto más lejos podemos llegar? Hoy, esa pregunta es más urgente que nunca –y la discusión para contestarla brilla por su ausencia–. Más bien nos vemos enfrascados en un debate sobre el tipo de cambio.
Nuestro modelo económico actual, de promoción de exportaciones e inversión extranjera, nació en los años 80, en medio de la que yo recuerdo como la peor crisis económica del país. En 1990 se aprobó la Ley de Régimen de Zonas Francas, con énfasis en la industria y la creación de empleo, como parte de la solución para paliar la crisis.
Adelantemos la película al año 2025: las exportaciones totales sobrepasan los $35.000 millones, un aumento del 11% sobre el año anterior; el país es el segundo mayor exportador de dispositivos médicos de América Latina y el tercero en exportación de servicios. Un verdadero éxito, y uno que tiene sus aristas.
El país ha atraído tanto capital y divisas que su propia moneda se ha fortalecido más allá de lo que los sectores tradicionales pueden absorber. Dicho de otra manera: el problema del tipo de cambio es la sombra del éxito, no del fracaso.
El país parece estar atrapado en esa polémica sobre el valor del colón. ¿Está sobrevaluado? ¿Quién gana y quién pierde? Estamos perdiendo tiempo con la conversación equivocada.
El tipo de cambio es un síntoma, no una causa. En vez de enfocarnos 100% en la política cambiaria, es hora de abrir una discusión seria sobre nuestro modelo de desarrollo.
No soy economista; si hay que hacer cambios en nuestra política monetaria para lograr las metas macroeconómicas del país, esa discusión se la dejo a los profesionales. Lo que sí sé, porque me tocó jinetear una organización sustancial dentro de zonas francas, es que Costa Rica ha sido un país caro desde hace mucho tiempo, aun con el colón llegando a los ¢700 por dólar. Lo que necesitamos aceptar es que mucho del efecto cambiario es porque estamos siendo víctimas de nuestro propio éxito.
Esto no significa que debamos cruzarnos de brazos. Significa que las respuestas correctas no vienen solo del Banco Central. Viven en una pregunta mucho más grande: ¿hacia dónde va el modelo de desarrollo de Costa Rica?
El modelo actual ha funcionado extraordinariamente bien. Durante cuatro décadas, el régimen de zonas francas y la apuesta por el talento humano calificado transformaron un pequeño país agrícola en una plataforma de servicios e industria avanzada de clase mundial. El resultado es visible: más del 60% de las exportaciones son hoy de alto valor agregado. Sectores como las ciencias de la vida, los servicios corporativos globales y la manufactura avanzada son hoy su columna vertebral.
Pero el éxito tiene su propio techo.
Cuando un país sube de nivel –y Costa Rica ha subido–, las reglas del juego cambian. Los competidores que antes exportaban trabajo barato empiezan a competir en sofisticación. Los sectores que no suben a bordo del tren del valor agregado quedan rezagados.
¿Cuál es, entonces, la conversación que Costa Rica realmente necesita tener?
A principios de los años 80, vivimos el impacto de un modelo económico fallido y, en medio de esa emergencia nacional, nos reinventamos. Hoy tenemos el lujo de poder reinventarnos de nuevo, antes de que nuestro modelo empiece a agrietarse.
Es el momento de discutir el próximo paso: cómo se escala desde ser una plataforma de manufactura avanzada hasta ser un ecosistema de innovación; cómo se conecta el dinamismo de las zonas francas con las comunidades que todavía no participan de ese crecimiento, y cómo puede el sistema educativo producir con urgencia el talento que las industrias del futuro (inteligencia artificial, análisis de datos, biotecnología, ciberseguridad) ya están demandando.
Es esta la discusión que los líderes empresariales, políticos y educativos de este país debemos tener con la misma energía con que debatimos sobre el tipo de cambio, para idear alternativas que nos hagan no solo más competitivos, sino también más inclusivos.
Tuve la fortuna de ser parte de un proceso que demostró que sí es posible. Cuando Amazon llegó a Costa Rica en 2008, con 500 colaboradores, nadie habría apostado que, una década después, tendríamos ingenieros de datos, analistas de riesgo transaccional y especialistas en nube atendiendo operaciones globales desde ese mismo edificio.
Subimos la cadena de valor paso a paso, apostando al talento costarricense. Cuando dejé la organización, en 2022, había más de 50 unidades de negocio y 18.000 colaboradores.
La pregunta es cómo convertir ese éxito en el trampolín hacia la siguiente versión de Costa Rica.
Las políticas cambiarias correctas ayudarán. Pero no alcanzarán si no van acompañadas de una estrategia de desarrollo audaz: Costa Rica ya no compite con Vietnam ni con Honduras en costo de mano de obra. Compite con Irlanda, con Israel, con Singapur y con el propio Estados Unidos. Y para ganar ese partido, hay que jugarlo.
El colón fuerte es un síntoma de nuestro éxito. El reto es estratégico. Y el momento de discutirlo es ahora.
Alejandro Filloy fue director de Amazon Latam en Costa Rica durante más de 14 años y lideró el crecimiento de la operación de 500 a más de 18.000 colaboradores. Escribe sobre liderazgo, desarrollo económico y educación en América Latina.