El nuevo brote de ébola se expandió sin frenos durante tres semanas
Cuando un sanitario del hospital de Bunia, en el noreste de la República Democrática del Congo, empezó a sudar fiebre y a vomitar sangre en la mañana del 24 de abril, nadie pensó en el ébola. El peligroso virus estaba lejos en el mapa, lejos en el calendario, lejos en la memoria reciente de la región. Tres días después, el hombre estaba muerto. Y tres semanas después, los mismos test que habían descartado el ébola como causa de su fallecimiento seguían dando negativo, una y otra vez, con pacientes sucesivos. No porque el ébola no estuviese allí. Era porque buscaban la cepa equivocada.
Hoy, casi un mes después, se suman 134 fallecidos, más de quinientos casos sospechosos y treinta confirmados por laboratorio. Cifras que las autoridades congoleñas reconocen incompletas por las dificultades de obtener los test necesarios. Y la Organización Mundial de la Salud declaró el pasado domingo emergencia sanitaria internacional, y este miércoles ha elevado su nivel de riesgo a la categoría más alta de su escala a nivel nacional y regional.
Este se trata del decimoséptimo brote de ébola que sufre RDC desde 1976, aunque tiene una particularidad preocupante. No lo causa la cepa Zaire, que es la más común y la que buscaban los test citados más arriba, sino la Bundibugyo, una variante minoritaria y todavía más difícil de identificar. La diferencia no es menor. «El brote es complicado porque es otra cepa, no es Zaire, y la vacuna se hizo para Zaire», explica Luis Flores, veterinario jerezano que actualmente trabaja como veterinario jefe del Centro de Rehabilitación de Primates de Lwiro, en la provincia congoleña de Kivu del Sur, a unos pocos cientos de kilómetros del brote actual. Hoy dirige también el laboratorio de One Health del Centro de Investigación en Ciencias Naturales de Lwiro, donde forma veterinarios congoleños. Flores conoce bien las enfermedades que se incuban en estos bosques. «Esta no se sabe si puede tener una protección cruzada, que seguramente no», añade, «porque los virus de ébola son muy diferentes».
Esta diferencia es la que explica el silencio de tres semanas. Tres semanas donde el virus ha rampado sin barreras. El laboratorio de Bunia, donde se hicieron los primeros tests, no cuenta con los equipos de secuenciación genética adecuados para identificar variantes raras, y su personal archivó las muestras negativas en lugar de enviarlas a la capital. Este fue un fallo colosal, casi inexplicable, cuyos resultados están siendo dramáticos. El virólogo Jean-Jacques Muyembe, jefe de la respuesta congoleña, dijo en una declaración reciente que «algo falló, y por eso hemos terminado en esta situación catastrófica». No sería hasta el 14 de mayo que un laboratorio de Kinshasa consiguió dilucidar que la cepa misteriosa era, en efecto, la Bundibugyo, y esto tuvo que ocurrir veinte días y decenas de muertos después del primer caso registrado en Bunia. Porque, por cierto, no se conoce cuál fue el paciente cero. Es probable que nunca se sepa. Y esto significa que no se puede saber con exactitud cuánto hace realmente que empezó a extenderse el brote.
Mortal, catastrófico
A partir de aquí, todo se aceleró. El 15 de mayo, Uganda confirmó un caso importado por un congoleño que había viajado a Kampala y murió allí. El 16, la OMS declaró la emergencia sanitaria internacional. Y un día después se confirmaba un primer caso en Goma.
Pero lo de Goma merece un párrafo aparte. Es la capital de la provincia de Kivu Norte, una urbe bulliciosa con más de un millón de habitantes que palpita a las orillas del lago Kivu y junto a la frontera ruandesa. Desde el 27 de enero del año pasado, no la gobierna el Estado congoleño, sino la milicia rebelde M23, apoyada por Ruanda, que conquistó la ciudad tras una ofensiva relámpago que dejó cerca de mil muertos en las calles en apenas unos días. La frontera ruandesa ha funcionado con altibajos durante este último año, pero finalmente se cerró esta semana, en cuanto se confirmó el primer caso de ébola en la ciudad. En el resto del perímetro que rodea a Goma, los frentes de guerra contra el ejército congoleño bloquean cualquier corredor humanitario fiable. Goma está, a todos los efectos, sitiada. Por la enfermedad y la guerra.
Ya lo decía Flores: «Después de que (el virus) se ha metido en Goma, vamos a ver qué ocurre allí con el M23 dentro». Su preocupación es válida porque, paradójicamente, es en esta ciudad donde se encuentra uno de los dos únicos laboratorios del país capaces de identificar la cepa Bundibugyo, el Rodolphe Mérieux, ahora mismo custodiado por los fusiles del M23. «No está fácil porque todos los diagnósticos dependen de Kinshasa», insiste el veterinario. Y Kinshasa está a casi dos mil kilómetros del brote.
Las muestras que no quepan en la capacidad del laboratorio bajo dominio rebelde tienen que cruzar un país acribillado por la guerra, la infraestructura precaria y las dificultades económicas hasta llegar al lugar donde se decide qué son o dejan de ser.
La comunidad internacional ha reaccionado a una velocidad desigual. Estados Unidos invocó este lunes y por los próximos treinta días el Título 42 (la misma figura legal que usó durante la pandemia de la Covid) y ha extendido las restricciones de entrada a viajeros sin pasaporte estadounidense procedentes, no solo de la RDC y Uganda, sino también de Sudán del Sur. La OMS desaconseja cerrar fronteras y ha recordado que el brote no cumple aún los criterios de pandemia, pero no debería extrañar que las indicaciones de la OMS no dictan la política de Donald Trump. Un médico misionero estadounidense contagiado en la zona ha sido evacuado junto a seis compatriotas expuestos a un centro especializado en Alemania, en lugar de Estados Unidos.
Y es esta discrepancia la que muestra (una vez más) la asimetría con la que el mundo reacciona ante las emergencias sanitarias africanas. Todo ello mientras las autoridades sanitarias congoleñas están instalando tres centros de tratamiento sobre el terreno y que pretenden aliviar el desbordamiento de los hospitales de Bunia.
Uganda investiga ya un grupo de ciudadanos que regresaron al país con síntomas compatibles tras asistir a un funeral en territorio congoleño, que es una vía clásica de transmisión del ébola y que en el brote de África Occidental de 2014 multiplicó los contagios. República Democrática del Congo espera la llegada de dosis de una vacuna experimental desarrollada en Oxford contra varias cepas de ébola y que se administrarán bajo protocolo de investigación, mientras la OMS estudia además autorizar el uso, fuera de indicación, de Ervebo, una vacuna ya aprobada contra la cepa Zaire con posibilidades de ofrecer alguna protección cruzada. Aunque dicha autorización tardaría dos meses en darse.
Los equipos de Médicos Sin Fronteras desplegados en Ituri calculan que la mortalidad de la cepa Bundibugyo se mueve entre el veinticinco y el cuarenta por ciento. Mortal. Catastrófico. Incierto. Y, en palabras de Luis Flores: grave. Estos son los adjetivos que quedan para el peor brote de ébola en República Democrática del Congo desde hace más de cinco años.