En el 'Fausto II', el protagonista de Goethe le suelta a su diablo: «Tengo deseos, pero tú has de adivinar, hallar y hacerme descubrir cuál es mi deseo supremo». En esta expectativa de Fausto con Mefistófeles se puede reconocer una cierta filosofía de las revoluciones, una cierta fisiología, por tanto, de nuestro eón histórico. ¿No es la revolución, figura axial de dinamismo político, la que, luego de dos siglos de barricadas, sigue predominando hoy, bajo una nueva faz, en las fantasías y en los discursos de nuestra vida pública? La revolución republicana, burguesa o proletaria, las revoluciones sexuales, animales o científicas, unas cruentas y otras no, en definitiva, todas las revoluciones se han subsumido en la tecnológica, que comenzó siendo industrial, y que ahora es digital y que, tengo entendido, ¡tiene visos de convertirse hasta en poshumana! Sea como sea, entre los tiempos de Hegel y los tiempos de Harari, es el movimiento, el sentimiento de 'big parade', lo que persiste. «El hecho es que, estos días, cada año es revolucionario», señala Harari en el 'best seller' Sapiens. No somos capaces de sustraernos a la atracción de estas marchas. Si hemos olvidado el nombre de los autores intelectuales de estas corrientes, ¿qué? La revolución ha pasado a ser nuestra segunda natura. Las matanzas del siglo XX no han acabado del todo con la vigencia del sentido de progreso o, sobre todo, de la pesada frustración por su falta. Por otro lado, tampoco hay nadie que nos facilite el discurso clarificador. De la mudadiza tectónica de placas en la que nos hallamos viviendo no se nos desvelan más que los avances de la medicina. ¿Se expande realmente nuestro horizonte mental al saber que, simplemente, viviremos más años? Ahora me parece que inquirimos a esta penúltima revolución, la nuestra, la revolución científica y digital y de la IA, como Fausto a su diablo. Aún no conocemos ese «deseo supremo» que realiza el hombre con estos supuestos avances. (Habrá purgas: por el momento, los traductores ya se van buscando otro trabajo). Marchamos un poco a la expectativa. Es sabido que el término «revolución» no proviene de la lengua de la política, sino de la astronomía. Como bisagra sublime entre la concepción antigua de los cielos y la moderna, tenemos este título de mediados del siglo XVI: sobre las revoluciones de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico. Desde el XVI en adelante, la noción fue pasando de designar el movimiento perfecto, el ciclo de los astros, a referirse a las cosas políticas. La revolución pasó entonces de ser lo más regular del mundo a una disrupción, una rebelión, una crisis. Así, por ejemplo, en Inglaterra llamarán Revolución Gloriosa a una alteración de la sucesión monárquica en el país. Pero no, aún en este acontecimiento no reconocemos nuestra 'revolutio'. Habrá que esperar algo más de un siglo en el campo de las ideas, habrá que esperar al siglo XVIII. Es significativo que uno de los padres del concepto de revolución contemporánea fuera uno de sus más fervorosos impugnadores. En 1790, en Londres, se abre paso entre las ideas el ancho cauce del espíritu: entonces, Burke consideró que la, para él odiosa y amenazante, Revolución francesa era el «acontecimiento más asombroso que hasta ahora ha sucedido en el mundo». No estamos ante una mera rebelión. Con razón, los contendientes ideológicos del reaccionario Burke no dejaron de esgrimir contra él mismo su aserto: ¿no habrá que reconocer entonces una grandeza y una significación universal al hecho «más asombroso»? Con Burke deja la revolución de ser una disrupción nacional, ¿qué pasa a ser? Pasa a ser todo, nuestro líquido amniótico. Veamos: la revolución como mera disrupción nacional (la Gloriosa de 1688) restauraba el orden cíclico, pero esta nueva alteración universal de 1789 inserta la novedad radical y la quimera. La revolución como hito del progreso, desde la Revolución francesa en adelante, se eleva y pierde suelo, como 'El castillo en el cielo' de Miyazaki. La revolución política de los franceses y la industrial de los ingleses son el origen de numerosísimas emanaciones hasta nuestros días desorientados. De tan única, la revolución introdujo la irreversibilidad en nuestra panorámica: más de un intelectual ha visto que esta forma del mundo contemporáneo se quiere parecer a la historia de la salvación sin salvación. Esta era de revolución permanente nos inquieta con su último advenimiento: la inteligencia artificial; ¿qué podemos esperar de ella si no sabemos qué de bueno nos traerá? Luego está la poshumanidad: ¿vamos a saludarla con una sonrisa? He escuchado de personas informadas que, en unas generaciones, otra nueva revolución médica va a barrer la muerte de los países elegidos. ¿También en España seremos inmortales? (¡Mefistófeles, dinos en España qué ganamos sin la muerte!) En el campo de las letras, las generaciones de intelectuales pertenecientes al romanticismo inventaron el elenco de las emociones públicas de que disponemos. Aquellos que contemplaron en vivo el curso de la revolución arquetípica (esa misma que preocupó al buen Burke), desde la Bastilla hasta el Terror, y de ahí a la batalla de las Pirámides y de ahí a Waterloo y al Congreso de Viena… Acuñaron en aquel mundo que comenzaba a ser universal e irreversiblemente móvil una emoción de expectativa, una de estupor, otra de decepción, otra de frustración y, además, al final, un ansia de 'revival' conservador: yo diría que se trata de nuestras principales emociones políticas. Uno de los mencionados contendientes de Burke, el grabador Blake, interrumpió su canto a 'La revolución francesa' para elaborar su propia mitología interior. Los dioses, emanaciones y semidioses presentes en la literatura profética de Blake protagonizan el drama de la liberación y de la redención. A medida que fue haciéndose consciente del fracaso del ideal en la política real, en Francia y en el mundo, este profeta romántico trasladó sus grandes expectativas de republicano cristiano a su abigarrado mundo literario. Hoy iré a mi colegio Gaztelueta, en Bilbao, para celebrar junto con algunos condiscípulos los 25 años de mi salida, tan fáustica y llena de expectativas como la de cualquiera. Ahí estará, inmoble, el chalé, los conocidos pabellones, las canchas para mí siempre indiferentes, el verde esmeralda de los pastos y una estatua de la Virgen de la Salve bajo los chopos. Ahí estará, sin duda, el impecable profesor de lengua don Álvaro Alonso. Todos ellos como símbolos de aquel tiempo de ideal y quimera para aquellos jóvenes que salían al mundo, 'perpetuum mobile', demandando que éste les orientara y descubriera, pobrecillos, su deseo supremo en la corriente de la época. Visualiza ese momento que conmemoramos en el colegio: esa interior expectativa desorientada, falta en muchas ocasiones de vocación, del jovenzuelo fáustico superponiéndose a la otra, general, global, de progreso sin norte, propia del siglo, en la era de la revolución permanente.